«El museo de la rendición incondicional», Dubravka Ugrešić

Puntuación: 4 de 5.

… cuando el bando malo se convirtió en bueno, y el bueno de golpe en malo; cuando unos empezaron a tener miedo de sus propios nombres, cuando otros no tenían miedo por primera vez; cuando los unos masacraban a los otros y los otros masacraban a los unos;(…) cuando la mentira se convirtió en ley y la ley en mentira;…

El museo de la rendición incondicional, Dubravka Ugrešić

Si alguna vez te has sentido perdido, desarraigado o como un objeto fuera de lugar en un museo del que nadie pidió ser parte, entonces «El museo de la rendición incondicional» de Dubravka Ugrešić es una novela hecha para ti. Y si no, igual te sorprenderá, porque pocas novelas capturan el exilio y la memoria con tanta ironía, melancolía y brutal sinceridad.

Ante todo, no es una novela (o sí, pero no como imaginas). Olvídate de una trama convencional. Aquí no hay héroes ni villanos, ni un conflicto claro con su respectiva resolución. Lo que Ugrešić nos da es un rompecabezas de recuerdos, listas, anécdotas y citas, armado como si la memoria fuera una caja de zapatos llena de fotos viejas y billetes de tren caducados. La narradora es una yugoslava exiliada en Berlín que, como tantos otros, intenta reconstruirse con lo poco que queda: objetos, historias y la sensación constante de estar en un sitio que nunca será su casa.

Es como esas esculturas modernas en las que el artista junta todo lo que encuentra y después inventa una explicación sofisticada para justificar el caos. En la novela, Ugrešić hace algo similar, aunque quizás sin molestarse demasiado al explicarlo del todo:

Richard investiga el amor de materiales incompatibles, casa cosas incasables, en una almohada blanda, enfundada en un almohadón del mejor y más exquisito lino, pone una ruda pala de albañil. Bajo una alfombra suave Richard mete una ruda barra de metal, a menudo mima la hojalata con seda.

—Me gustaría poder hacer lo mismo —digo.

—No sé cómo se hace esto con palabras —responde..

El título es ya toda una declaración: se refiere a un museo real en Berlín que conmemora la rendición alemana en la Segunda Guerra Mundial, pero aquí funciona como metáfora de algo mucho más devastador: la rendición del exiliado ante el tiempo, el desarraigo y la certeza de que el hogar, tal y como lo recuerda, ya no existe.

Una de las grandes genialidades de Ugrešić es su uso de los objetos como depósitos de la memoria. Fotografías, cartas, un pez dorado disecado… todos estos elementos, aparentemente insignificantes, son los verdaderos protagonistas del libro. Son los restos de un naufragio que la narradora y otros exiliados intentan conservar para no perderse por completo. Porque, cuando tu país deja de existir, ¿qué te queda? Exacto: recuerdos desordenados y sensación permanente de extranjería. Es como si el exilio cupiese en una caja de postales.

La novela no trata directamente la guerra en Yugoslavia, pero su sombra está en cada página. En cada objeto cargado de nostalgia, en cada historia de un personaje que intenta encontrar su sitio en un mundo donde ya no encaja. Y lo peor (o lo mejor, depende de cómo lo veas) es que Ugrešić no se deja atrapar por el sentimentalismo fácil. Su visión es más bien irónica, con esa mezcla de ternura y cinismo que sólo alguien que ha perdido un país puede permitirse.

La escritura de Ugrešić es una maravilla. Poética, fragmentaria, a ratos brutalmente honesta y ratos sutilmente irónica. No se molesta en darte respuestas ni en hacerte la lectura fácil. Si esperas una historia con principio, desarrollo y final, prepárate para frustrarte. Pero si te dejas llevar por su ritmo, te encontrarás con una obra que, como la memoria misma, está hecha de trozos dispersos que sólo tienen sentido cuando los ves en su conjunto.

«El museo de la rendición incondicional» es un libro sobre la pérdida, el exilio y la imposibilidad de volver a casa. Pero también es una meditación sobre la identidad, la memoria y la absurda tendencia humana a aferrarse a cosas que ya no existen. Es triste, es bella y, en muchos momentos, te hará sonreír con esa risa amarga de quien sabe que el pasado siempre se las arregla para conseguirnos.

¿Realmente me ha gustado? Sí, y no. Hay momentos en los que me he aburrido, y en otros lo he disfrutado. Curiosamente, no he parado de subrayar párrafos y párrafos. Así que, como entretenimiento, no creo que funcione; sin embargo, es un gran libro, una obra de arte.

No es un libro para todos; pero si eres de los que disfrutan perdiéndose en el laberinto de la memoria, bienvenido al museo. Creo que realmente lo gozarán aquellos que les gusta la literatura experimental, los nostálgicos sin remedio y aquellos que saben que el exilio no siempre implica cambiar de país, sino de vida.