«El principito», Antoine de Saint-Exupéry

Puntuación: 5 de 5.

—Nada es perfecto —suspiró el zorro—. Mi vida es monótona: cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen entre sí. Por lo tanto, me aburro un poco. Pero si tú me domesticaras, mi vida sería radiante y cálida. Conocería un ruido de pasos diferente al que me obliga a refugiarme en mi cubil. Los tuyos, en cambio, me harían salir de mi madriguera; serían como una música. Y, además, ¿ves esos campos de trigo? Yo no como pan y el trigo es inútil para mí, los campos de trigo no me dicen nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes los cabellos de color de oro, y si me domesticaras, ¡sería maravilloso!, pues los campos de trigo me recordarían tus cabellos de oro, y amaría el rumor del viento entre las espigas…

El principito, Antoine de Saint-Exupéry

«El Principito» es ese libro mal llamado «para niños» que hace cuestionarte la vida mientras un dibujo de un sombrero (o una serpiente comiéndose un elefante) te deja pensando más de lo necesario. Publicado en 1943 por Antoine de Saint-Exupéry, este pequeño gran libro parece infantil, pero en realidad esconde más verdades sobre la existencia que cualquier manual de autoayuda.

La historia comienza con un aviador que se estrella en medio del desierto y, en lugar de preocuparse por su situación, es interrumpido por un niño rubio que le pide que le dibuje un cordero. Así de normal todo. A partir de ahí, el Principito le cuenta sobre su pequeño planeta, sus viajes por otros asteroides y los personajes absurdos que ha encontrado en el camino: un rey sin súbditos, un vanidoso que solo quiere ser aplaudido, un bebedor que bebe para olvidar que bebe… básicamente, una radiografía de los adultos que todos conocemos.

Pero lo verdaderamente valioso de esta historia no está solo en sus excéntricos personajes, sino en las lecciones que deja caer con una sencillez aplastante. Desde la importancia de ver con el corazón y no solo con los ojos, hasta el verdadero significado de la amistad y el amor, cada encuentro del Principito nos deja una enseñanza que, aunque parece sencilla, da para reflexionar toda la vida. El rey que solo desea ser obedecido, el vanidoso que busca admiración constante, el bebedor atrapado en su propio ciclo de autodestrucción y el hombre de negocios obsesionado con poseer estrellas representan, de forma casi dolorosa, las contradicciones del mundo adulto. Sin embargo, es en la Tierra donde el Principito aprende las lecciones más valiosas, en especial a través de su amistad con el zorro (que, siendo sinceros, se roba el protagonismo con frases dignas de ser tatuadas en la piel), quien le enseña que «lo esencial es invisible a los ojos».

Lo mejor de «El Principito» es que cada vez que lo lees, encuentras un significado diferente. De niño, parece una aventura bonita con dibujos curiosos. De adulto, te golpea con reflexiones sobre lo que realmente importa en la vida. Y en ambos casos, terminas cuestionándote si, en el fondo, no te has convertido en uno de esos adultos serios que el Principito tanto critica.

En definitiva, es un libro corto, entrañable y lleno de frases que te harán sonreír, suspirar y quizá soltar una lagrimita. Una obra magistral que trasciende generaciones y fronteras, recordándonos la importancia de no olvidar nunca al niño que llevamos dentro. Perfecto para reafirmar que, a veces, lo esencial es invisible a los ojos… pero no a una buena relectura.