«El beso de la mujer araña», Manuel Puig

Puntuación: 3 de 5.

… una mujer inteligente, una mujer hermosa, una mujer educada, una mujer con conocimientos de marxismo, una mujer a la que no es preciso explicarle todo desde el abc, una mujer que con preguntas inteligentes estimula el pensamiento del hombre…

El beso de la mujer araña, Manuel Puig

Confieso que llegué a «El beso de la mujer araña» con cierto escepticismo. Ya saben, esa mezcla de «esto es un clásico, seguro es denso y deprimente» y «¿para cuánto dan dos tipos encerrados en una celda?». Pues resulta que muchísimo, sobre todo si los personajes tienen la lucidez, la fragilidad y el fuego interno que Manuel Puig les da a Molina y Valentín. Lo que en manos de otro autor podría haber sido una obra claustrofóbica y estática, aquí es una exploración compleja, viva y desbordante sobre el deseo, la política, el cine, el poder, la ternura y —por qué no decirlo— el derecho a la fantasía cuando todo lo demás se ha derrumbado.

Por cierto, y sin venir a cuento con la reseña, qué raro me resulta pronunciar «Puig» en castellano… no sé, es como si estuviera traicionando a un amigo de toda la vida que se llama igual, pero se pronuncia como «Puch», con acento de paella y brisa mediterránea.

La premisa es tan simple como brillante: Molina, un preso homosexual encarcelado por «corrupción de menores» (aunque hay matices que uno va descubriendo poco a poco), comparte celda con Valentín, un activista político de izquierda que está siendo torturado y vigilado por el régimen. Lo que sigue no es una historia de conversión ni un «cuento de hadas carcelario», sino un retrato de la intimidad nacida a pesar de (o gracias a) las paredes. Puig logra que el lector se olvide de los barrotes, de la suciedad y del encierro, porque nos lleva directamente al interior de las mentes y almas de estos personajes, usando como vehículo algo tan inesperado como el cine de antaño.

Una de las joyas del libro es que Molina narra películas enteras a Valentín para matar el tiempo, pero también como un acto de amor, de consuelo, de resistencia. Porque Molina no es simplemente un relator: es un intérprete, un filtro emocional que transforma los melodramas cursis de Hollywood en verdaderos mapas de afecto. A través de estos relatos cinematográficos —que incluyen panteras humanas, espías nazis y mujeres fatales con tacones de charol— vamos descubriendo lo que a cada uno le falta, lo que sueñan y lo que temen.

En medio de una historia que podría ser desoladora, Puig nos dice con descaro: «Mirá, el dolor se sobrelleva mejor con una película de amores imposibles». Y tiene razón.

Narrativamente, Puig se lanza a la pileta sin salvavidas. La novela está compuesta principalmente por diálogos sin marcas convencionales —ni guiones, ni nombres, ni acotaciones—, lo que al principio puede parecer un caos. Pero muy pronto uno se da cuenta de que es la forma más orgánica de escuchar a Molina y Valentín: como si uno estuviera ahí, en un rincón de la celda, observando en silencio. Esta técnica, lejos de ser un capricho experimental, acerca los personajes al lector de una manera brutalmente íntima.

Además, Puig intercala informes pseudo-científicos, anotaciones carcelarias y hasta informes policiales, como si el Gran Hermano estuviera vigilando no solo a los personajes, sino también al lector. Ironía pura.

Y aquí viene lo jugoso: el verdadero drama no está en la celda, sino en el contraste entre sus ocupantes. Valentín es todo ideología, militancia y abstinencia; cree que el deseo carnal es un lujo burgués. Lo dice con toda la solemnidad del caso:

Mientras dure la lucha, que durará tal vez toda mi vida, no me conviene cultivar los placeres de los sentidos, ¿te das cuenta?, porque son, de verdad, secundarios para mí. El gran placer es otro, el de saber que estoy al servicio de lo más noble, que es… bueno… todas mis ideas…

Molina, por el contrario, es todo emoción, intuición y cuidado. Al principio parece superficial, incluso algo frívolo. Pero con cada página va dejando claro que su aparente «fuga» en el cine es, en realidad, una forma de resistencia emocional. Es quien cuida a Valentín cuando este está enfermo, quien se entrega con una ternura casi escandalosa. Y sí, a veces es cursi, pero es el tipo de cursilería que a uno le dan ganas de abrazar, no de corregir.

Hay un momento en que Molina dice, casi como una filosofía de vida:

Es que habría que saber aceptar las cosas como se dan, y apreciar lo bueno que te pase, aunque no dure. Porque nada es para siempre.

Y ahí uno entiende que Molina no es ningún iluso: es un sobreviviente que ha aprendido a encontrar belleza incluso entre los escombros.

Puig no se casa con ninguna ideología, aunque las explora todas. Valentín está convencido de que su causa lo es todo. Pero, poco a poco, la presencia de Molina lo va ablandando. No porque renuncie a sus ideas, sino porque empieza a preguntarse qué pasa cuando la revolución deja de lado lo humano. En un momento, el texto lanza una frase que suena más actual que nunca:

El hombre honesto no puede abordar el poder político, porque su concepto de la responsabilidad se lo impide.

Y eso, dicho por un personaje ficticio en una celda en los años setenta, se siente como un baldazo de verdad sobre el presente.

En el fondo, lo que Puig hace con este duelo de almas es una especie de experimento emocional: ¿puede el amor surgir entre dos personas aparentemente incompatibles? ¿Puede una ideología sobrevivir al roce del cuerpo? ¿Puede una fantasía romper el candado de una prisión? Espóiler sin espóileres: sí, pero el precio no es barato.

Sin entrar en detalles, el desenlace de la novela no es feliz, pero es profundamente transformador. Lo que estos dos hombres comparten no puede llamarse de otra forma más que milagro. Un milagro en clave laica, política, carcelaria, melodramática y sí, también profundamente espiritual.

El amor que late en las piedras viejas de esta casa ha hecho un milagro más: el de permitir que, como si fueran ciegos, no se vieran el cuerpo sino sólo el alma.

No hay frase que capture mejor lo que Puig consigue con esta historia: sacar el alma del cuerpo del lector y dejarla flotando por ahí, entre películas, recuerdos y suspiros.


En conclusión, «El beso de la mujer araña» no es una novela fácil, ni cómoda, ni moralizante. Es una obra provocadora, irónica, dulce y brutal, que nos obliga a repensar nuestras ideas sobre el amor, la masculinidad, la política y la dignidad. Manuel Puig demuestra que la subversión no siempre viene con panfletos o bombas, sino también con un beso tierno entre dos hombres, una película de los años 40 y una celda donde caben todos los matices del alma humana.

No me queda más que decir que este libro es como Molina: te habla bajito, te cuida, te cuenta historias hermosas… y cuando te das cuenta, ya te cambió por dentro.