«Memorias del subsuelo», Fiódor M. Dostoievski

Puntuación: 5 de 5.

¿Qué es mejor? La felicidad banal o un sufrimiento sublime. ¿Qué es mejor?

Memorias del subsuelo, Fiódor M. Dostoievski

Siempre me ha dado reparo decir que me gusta Dostoievski, es como si al decirlo la gente te señale como pedante o esnob. Sin embargo, no puedo evitarlo, me encantan todas sus novelas; y «Memorias del subsuelo» es una de mis grandes favoritas. Tal vez, «Los hermanos Karamázov», «Los demonios» y la archiconocida «Crimen y castigo» sean mis preferidas, pero esta la he disfrutado tanto como aquellas e incluso me ha parecido una obra maestra.

Mientras leía «Memorias del subsuelo», sentía que estaba escuchando a alguien que ha pensado demasiado, ha sentido demasiado y, en el proceso, se ha vuelto su peor enemigo. No es una novela para quien busca una historia con una estructura clásica: principio, nudo y desenlace. Es más bien un monólogo confesional, una disección de la mente humana cuando se despoja de toda ilusión.

El protagonista, un funcionario retirado sin nombre, es el epítome del resentimiento y la autoconciencia extrema. Es un hombre atrapado en sus pensamientos, incapaz de encajar en la sociedad y, al mismo tiempo, incapaz de existir sin ella. Se burla de la lógica, de la razón, de las ideas optimistas sobre el progreso humano. No busca redención ni justificación, solo se expone con una honestidad brutal.

Dostoievski escribió este libro como una respuesta a las visiones idealistas del siglo XIX, mostrando que el ser humano no siempre actúa por beneficio propio ni por lógica, sino por impulsos contradictorios, por el placer de la autodestrucción. Y lo hace con una escritura que es casi un ataque directo al lector. A veces sientes que el protagonista te está hablando a ti, desafiándote, acusándote de compartir su mismo caos interno.

La segunda parte, más narrativa, muestra cómo su miseria se traduce en actos fallidos, en relaciones rotas y en una incapacidad absoluta para ser feliz o hacer feliz a alguien. Su encuentro con Liza, la joven prostituta, es quizás el punto más crudo de la historia, un momento en el que parece haber un atisbo de conexión humana… solo para ser destrozado por su propio orgullo y su odio.

No es un libro que se disfrute en el sentido convencional: es incómodo, oscuro y, además, enredado. No obstante, también es fascinante porque retrata con una claridad aterradora una parte del ser humano que muchas veces preferimos ignorar: esa voz interna que nos sabotea, que nos dice que no merecemos ser felices, que encuentra placer en el sufrimiento.

Si buscas una lectura que te sacuda y te haga cuestionarte, «Memorias del subsuelo» es una experiencia intensa y perturbadora. No hay finales felices, ni moralejas claras, solo la sensación de haber mirado demasiado tiempo dentro del abismo… y de que, de algún modo, el abismo te ha devuelto la mirada.