«Expiación», Elizabeth von Arnim

Puntuación: 4 de 5.

Las mujeres eran unas románticas incurables, reflexionó en un tono desapasionado, obligada a ver con claridad porque su desolación la forzaba a ello; unas románticas incurables, siempre gimoteando tras el amor y más amor y aún más amor. Pero solo iban tras el amor tal y como ellas consideraban que debía ser y como estaban seguras de que podían ser en algún lugar si lograban dar con él. Por supuesto, nunca daban con él. No había nacido el hombre que pudiera satisfacerlas para siempre.

Expiación, Elizabeth von Arnim

Hay libros que uno empieza con la sospecha —a veces temida, a veces deseada— de que le van a meter el dedo en la llaga. «Expiación», de Elizabeth von Arnim, no solo mete el dedo, sino que le da vueltas con elegancia, sarcasmo y un té en la otra mano. Esta novela, publicada en 1929 (cuando ya todo el mundo debería haber aprendido a no meterse en los asuntos de los demás, pero claramente no lo había hecho), es una especie de drama moral disfrazado de novela doméstica, o tal vez lo contrario: un drama doméstico con aspiraciones de filosofía. Sea como sea, es brillantemente escrita, profundamente humana, y sí, también un poco perversa, porque nos hace reír justo cuando deberíamos estar llorando.

La historia comienza con la señora Catherine —una viuda en apariencia respetable— que, en un impulso que nadie (ni siquiera ella misma) termina de entender del todo, invita a pasar el verano a su hermana menor, el reverendo Jenkyns y su esposa. Hasta aquí, todo muy civilizado. Pero pronto nos enteramos de que Catherine ha cometido un «pecado» en su juventud —un desliz amoroso que arruinó su vida tal como la sociedad (y ella misma) la concebía. ¿Y qué ha decidido hacer? Expiar. Claro, como corresponde a toda señora bien educada: no hablando de ello, no perdonándose, sino organizando cenas incómodas y veraneos morales. Porque aquí el pecado no es el problema; el problema es lo que uno hace después con él.

Lo fascinante es que «Expiación» no se construye como una novela de grandes acciones, sino más bien como una sucesión de pequeños pensamientos, observaciones, dudas y autocastigos mentales que harían sonrojar de envidia a cualquier terapeuta moderno. El pecado de Catherine —del que apenas se nos dan detalles— no es tanto un hecho como una atmósfera. Y el verdadero protagonista no es un amante ni un juicio social, sino la culpa, esa vieja amiga que se sienta a tomar el té y no se va más.

Catherine es una protagonista fascinante. No porque haga grandes cosas, sino precisamente porque no las hace. Se debate en su propia prisión emocional como una mosca elegante dentro de una campana de cristal. Y lo hace con una lucidez brutal que a veces roza el humor involuntario. Cuando piensa, por ejemplo:

Como si dos errores pudieran sumar, alguna vez, un acierto…

Uno no puede evitar asentir con una carcajada triste, recordando todas esas decisiones pésimas que uno ha intentado justificar con lógica emocional de saldo.

Pero si Catherine es la santa atormentada de esta historia, el reverendo Jenkyns es su contrapunto irónico: un hombre que, por su santidad (y rigidez), se vuelve casi cómico. Catherine reflexiona en un momento con desconcierto:

…descartó que Jenkyns fuese un pecador porque, si lo fuera, es posible que hubiera sido menos duro. Entonces, ¿el pecado ablandaba a la persona? ¿Lo hacía a uno generoso? ¿Haber pecado lo inclinaba a uno a la compasión, a la comprensión?

Este pasaje es clave para entender no solo el arco de la protagonista, sino el corazón mismo de la novela. Porque «Expiación» no es tanto una condena del pecado como una crítica al juicio sin empatía. Von Arnim parece decirnos, con una media sonrisa, que tal vez pecar no sea tan terrible, y que lo verdaderamente peligroso es no haber pecado nunca y sentirse superior por ello.

Los demás personajes orbitan en torno a Catherine como satélites morales: están quienes la juzgan, quienes la ignoran, quienes la usan de espejo. Pero todos funcionan, sobre todo, como excusas narrativas para explorar las diferentes formas en que una sociedad reprime —o romantiza— la culpa femenina.

Von Arnim escribe con una prosa que es, a ratos, de una belleza hipnótica. Su descripción del crepúsculo, por ejemplo:

…todos los días salía sola en los impresionantes crepúsculos, cuando la noche llenaba el lejano valle como si fuera un cuenco, subiendo poco a poco y desbordando el rojo destello de la puesta de sol…

Es poesía embotellada. Y no está ahí solo por estética. Esa imagen del valle que se llena de noche como un cuenco funciona también como metáfora del alma de Catherine: un espacio donde la luz se va retirando lentamente, donde la oscuridad entra sin violencia, pero de forma inexorable.

La autora maneja el tono con maestría: combina introspección con ironía, dolor con distancia, y siempre deja espacio para la ambigüedad. No hay sermones aquí, ni respuestas fáciles. Lo que hay es una mente que da vueltas sobre sí misma con una mezcla de honestidad feroz y un sentido del humor tan británico que uno casi puede oír el tintinear de la porcelana.

La novela trata de la culpa, sí, pero también del tiempo, de la soledad, de la maternidad no ejercida, del deseo reprimido y del peso aplastante de las expectativas sociales. Es, en el fondo, una meditación sobre lo que hacemos con nuestros errores: los enterramos, los narramos, los repetimos. «Expiación» plantea una tesis peligrosa (y hermosa): que tal vez no haya expiación posible si no va acompañada de amor, y que el juicio sin ternura solo engendra resentimiento.

Y también es una obra sobre el autoengaño. Catherine no solo expía; también interpreta, reconstruye, se justifica y se castiga a sí misma como si fuera la única que puede —o debe— juzgarse. En ese sentido, es una novela profundamente moderna, casi existencialista, en la que la conciencia moral es un personaje más. Un personaje que, por cierto, no calla nunca.

«Expiación» es una novela que, aunque ambientada en el mundo contenido de casas con jardín y reverendos con corbata, nos habla directamente a nosotros, lectores del siglo XXI, aún atrapados en nuestras propias ideas de culpa, virtud y castigo. Es una obra que no da lecciones, pero sí lanza preguntas como dardos: ¿Es posible la redención? ¿Nos volvemos mejores por haber hecho daño? ¿Puede un acto de amor —o deseo— condenarnos para siempre?

No es una lectura rápida, ni ligera. Pero es una de esas novelas que se quedan contigo como una vieja carta que no te atreves a tirar. O como esa tía elegante que te dice verdades incómodas con una sonrisa y una taza de té.

Léanla con paciencia. Y con un poco de humor. Porque como Von Arnim sugiere (aunque nunca lo diga del todo): no hay culpa más absurda que la que se cultiva con esmero, como si fuera una planta de interior.