Acantilado | 2001 | 424 págs.
#Narrativa #Hungría #LászlóKrasznahorkai1989
… se veían en este mundo y se oían y se percibía su existencia y, sin embargo, no existían, pues todo apuntaba a ellos, los movimientos y los sonidos y los olores, pero no se podía demostrar que estaban, que eso de allí eran ellos, ya que su existencia siempre transcurría en el ámbito espectral de la mediación más profunda, ya eran evidentes pero inalcanzables…
Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, László Krasznahorkai
Lo primero que llama la atención de «Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río» es su título, tan largo que parece contener ya en sí mismo un pequeño poema o el mapa del tesoro. Desconocía el estilo de László Krasznahorkai, y la verdad es que no sabía del todo qué esperar. Había oído que era un autor complejo, exigente, de esos que no te lo ponen fácil. Pero lo que encontré fue algo completamente inesperado y hermoso: una obra que no se parece a nada que haya leído antes, y que me dejó con esa sensación tan rara y valiosa de haber descubierto algo importante.
El libro no tiene una trama tradicional. Acompañamos a un monje anciano que camina por Kioto en busca de un jardín que quizás ni siquiera exista. Al recorrer los barrios, templos y callejones de la ciudad, no solo busca un lugar físico: busca algo perdido e inasible, algo que tal vez nunca estuvo allí. Esa incertidumbre es el corazón de la novela. Pero lo esencial no es el jardín, sino el modo en que lo busca, la manera en que percibe cada rincón de la ciudad, cómo su mente salta de pensamiento en pensamiento sin pausa, con una cadencia que más que narrativa, parece musical o meditativa.
Tuve la sensación de que, al adentrarse en cada sala del templo, el monje en realidad recorría su propia mente, buscándose a sí mismo, tanteando respuestas que no llegaban. Como si ese entrar y salir por las diferentes estancias del monasterio fuese en realidad un tránsito interior, una metáfora de la búsqueda de una sabiduría que, por más que se intente, nunca llega a alcanzarse del todo.
Me sorprendió muchísimo la forma en que Krasznahorkai escribe: frases larguísimas, sin interrupciones, sin capítulos ni diálogos, como si estuviéramos inmersos en un único y extenso pensamiento que se resiste a romperse. Al principio no sabía muy bien cómo leer algo así; me sentía un poco fuera de lugar. Pero en cuanto dejé de intentar dominar el ritmo y simplemente me dejé llevar, el libro me atrapó por completo.
Lo que más me impactó fue esa mezcla entre lo íntimo y lo universal. El monje no habla de grandes temas, y sin embargo, todo lo que dice parece tener una profundidad inmensa. Incluso cuando reflexiona sobre el desconcierto, la pérdida o lo inalcanzable, lo hace con una ternura resignada que conmueve. Otro aspecto que me fascinó fue la calma que transmite. Es un libro lento, sí, pero no aburrido; es silencioso, pero está lleno de ecos. Me hizo pensar en la belleza de las búsquedas sin final, en la serenidad que a veces solo aparece cuando uno deja de esperar respuestas.
Me ha gustado tanto que ya quiero leer todo lo que ha escrito Krasznahorkai. Hay algo en su forma de mirar el mundo —y de hacérnoslo mirar a nosotros— que me tocó profundamente. Si este es solo el comienzo, no puedo imaginar todo lo que me espera en sus otras obras.
¿Lo recomendaría? Sí, pero no a cualquiera. Solo a quien esté dispuesto a dejarse arrastrar por la lentitud, por el silencio, por la poesía escondida en lo cotidiano.
Si ese es tu tipo de viaje, este libro es un destino en sí mismo.