Trotalibros | Miguel Ángel Pérez | 2023 | 282 págs.
#Narrativa #Escocia #1933
Segget empezaba a despertar cuando Chris Colquohoun bajó por el sendero de guijarros de la casa parroquial. Allí los tejos eran espesos, y en ellos había murmullos de estorninos y un piar somnoliento al filo del amanecer, pero abajo en la oscuridad, al llegar al camino, ya se veían luces que titilaban aquí y allá, en las casas de Segget, en las callejuelas de los tejedores, y olía a estiércol y gachas. Pero poca atención prestó a todo eso Chris, que iba deprisa mirando al cielo del este, con el cálido aire de mayo en el rostro, y giró en dirección norte por el camino de los Meiklebogs. Este tenía tantos surcos y porquería de los carros que había un dicho en Segget que decía: Hay un camino al cielo y otro al infierno, pero maldito sea el camino a los Meiklebogs.
Valle de nubes, Lewis Glassic Gibbon
Lo primero que tengo que decir —con toda la sinceridad que merece un clásico escocés— es que «Valle de nubes» me dejó un poco en las nubes… pero no precisamente flotando de emoción. No me malinterpreten: la novela tiene momentos brillantes, pasajes de una lírica punzante y un estilo narrativo tan particular que es casi imposible confundir a Gibbon con otro autor. Pero si «Canción del ocaso» me tocó la fibra, me revolvió las entrañas y me hizo querer abrazar a Chris Guthrie con cada página, Valle de nubes me mantuvo un poco más a distancia. Como si Chris se hubiera encerrado en su propia nube y yo tuviera que leerla con prismáticos.
Para quienes no lo sepan (aunque si están aquí probablemente sí), esta es la segunda parte de la trilogía escocesa, que sigue la vida de Chris Guthrie, una mujer escocesa tan compleja como el clima de las Highlands. En «Canción del ocaso», Chris era tierra, era raíz, era dolor y resistencia encarnados. Aquí, en cambio, la encontramos ya instalada en la ciudad de Segget, como esposa de un ministro socialista que predica la igualdad en un púlpito lleno de vecinos hipócritas que parecen más preocupados por el té de las cinco y los rumores del domingo que por cualquier tipo de reforma real.
Y este es uno de los aciertos de Gibbon: retratar ese pequeño mundo de Segget con una mirada aguda, irónica, a veces cruel y otras casi tierna. El autor no se corta un pelo a la hora de desmontar la religiosidad hueca, el clasismo camuflado y la doble moral de las comunidades cerradas. A ratos, parece que estamos leyendo una sátira disfrazada de novela realista. Pero claro, el estilo de Gibbon no ayuda precisamente a que uno se relaje: sigue escribiendo en ese híbrido de inglés literario y dialecto escocés que, aunque bello, puede ser tan fácil de digerir como una sopa de avena con piedras. Hay que tomarse su tiempo y estar dispuesto a saborear cada frase, incluso cuando uno no está del todo seguro de haber entendido lo que acaba de leer.
Lo curioso es que, a pesar de esa barrera lingüística, «Valle de nubes» tiene momentos de una claridad emocional impresionante. Chris, aunque algo más contenida que en la novela anterior, sigue siendo una protagonista fascinante: observadora, crítica, resistente. Se ha hecho más silenciosa, más introspectiva, como si el dolor y la experiencia la hubieran llevado a guardarse algunas palabras para sí misma. Ya no grita contra el mundo: ahora lo observa en silencio, con una ceja levantada.
La novela toca muchos temas que siguen siendo relevantes: la lucha de clases, la fe y sus contradicciones, el papel de la mujer en un entorno hostil a cualquier tipo de autonomía femenina. Pero lo hace desde una perspectiva íntima, sin grandes discursos, casi como si nos invitara a sacar nuestras propias conclusiones mientras Chris cruza calles empedradas y asiste a sermones cada vez más incómodos.
Ahora bien, si tengo que ser honesto —y lo voy a ser—, la historia en «Valle de nubes» no avanza con la misma fuerza ni la misma tensión emocional que en «Canción del ocaso». A ratos se vuelve más una atmósfera que una trama, más un ejercicio de estilo que un avance narrativo. Se siente como si Gibbon hubiera querido detenerse a examinar la textura de la niebla antes de decidir hacia dónde caminar. Y eso, aunque tiene su encanto, también deja momentos de desconexión.
En resumen: una novela con grandes momentos, pasajes para subrayar con lápiz y guardarlos bajo la almohada, y un retrato social afilado como una guadaña. Pero también con cierto aire estancado, como una nube que no termina de llover. Recomendable, sí, especialmente si ya se ha leído «Canción del ocaso» y uno quiere seguir acompañando a Chris en su viaje. Pero aviso: la emoción aquí es más cerebral que visceral. Y si yo tuviera que quedarme con una nube… sería la del ocaso.