«El abuelo», Aleksandr Chudakov

Puntuación: 3 de 5.

El mundo no tenía existencia no verbal, las cosas no poseían corporeidad objetiva —estaban dibujadas con letras, pero no era una literalidad silenciosa— sonaban con la integridad de la palabra. Y no sólo una, sino una serie de ellas, toda la serie sinónima.

El abuelo, Aleksandr Chudakov

Llegué a «El abuelo», de Aleksandr Chudakov, con grandes expectativas: Premio Booker ruso a la mejor novela de la década, excelentes críticas y editada por una editorial de confianza como es Automática. Sin embargo, ha sido una lectura que me ha generado sensaciones encontradas. Tiene momentos de gran profundidad y belleza, pero también pasajes en los que cuesta seguir el hilo o conectar emocionalmente con lo que se narra. Es una historia sobre las generaciones que nos preceden, sobre los sacrificios, las tradiciones y el inevitable paso del tiempo. A través de la figura de Antón, un historiador que se enfrenta al peso de su pasado, y su abuelo, un hombre venerable que, al acercarse al final de su vida, se prepara para reunir a su familia, Chudakov no solo nos presenta un relato familiar, sino que también nos sumerge en el contexto social y político de la Unión Soviética.

Lo que más me cautivó de la novela fue cómo Chudakov logra darle una voz tan humana a cada personaje, especialmente al abuelo, que representa esa figura sabia y a la vez compleja, marcada por la historia, pero también por el amor y la pérdida. Hay algo en la forma en que se describen los recuerdos, los pequeños momentos de la vida cotidiana, que me hizo sentir una conexión emocional profunda con los personajes.

La obra es también una reflexión sobre la familia y el legado. A pesar de estar inmersa en una época de represión y lucha, la novela logra transmitir una sensación de esperanza, de que las raíces familiares pueden perdurar más allá de las adversidades. Chudakov nos invita a pensar sobre cómo nos relacionamos con nuestras propias raíces y cómo el paso del tiempo nos transforma.

Sin embargo, no he llegado a meterme del todo en la historia. No sé si es porque había oído tantas maravillas de esta obra, y sabiendo que había ganado el Premio Booker ruso, mis expectativas han hecho que tuviera una pequeña decepción. O puede que sea que me haya perdido en ciertas partes, sin poder saber dónde estaba el «yo» y dónde estaba «Antón», quién se exilió antes de la guerra y quién se exilió después; y el desglose de capítulos tampoco ayuda mucho. Esa estructura fragmentaria, que en algunos momentos aporta belleza y profundidad, en otros me desconectó de la narración.

Al final, «El abuelo» me deja con una sensación de admiración por su ambición y el trasfondo histórico que aborda, pero también con la conciencia de que no logré entrar completamente en la narrativa de la manera en que esperaba. Aunque la obra tiene mucho que ofrecer, la manera en que se presenta la historia y los saltos entre tiempos y personajes hicieron que fuera difícil sumergirme de lleno. Tal vez esa fragmentación era precisamente el punto, pero personalmente me desconcertó un poco. Sin embargo, sigue siendo una novela que invita a la reflexión y que, con el tiempo, puede lograr una conexión más profunda con quien se atreva a adentrarse en sus capas más complejas.