«House of cards», Michael Dobbs

Puntuación: 4 de 5.

La política requiere sacrificios. El sacrificio de los demás, por supuesto. No importa qué pueda conseguir un hombre sacrificándose por su país, siempre se saca mayor provecho dejando que otros lo hagan primero. Elegir el momento adecuado, como dice siempre mi esposa, lo es todo.

House of cards, Michael Dobbs

«La política es casi tan emocionante como la guerra y no menos peligrosa. En la guerra podemos morir una vez; en política, muchas veces». Lo dijo Churchill, que de guerras y cuchilladas por la espalda sabía un rato. Y si alguien tomó esa frase como inspiración casi profética, fue Michael Dobbs. Porque «House of Cards» no es solo una novela sobre política: es un campo de batalla elegante, con alfombra roja, whisky caro y puñaladas perfectamente sincronizadas. Dobbs no solo nos quiere contar una historia. Nos quiere demostrar —con una sonrisa de lado y una ceja levantada— que la política es ese sitio donde uno puede morir mil veces… y encima aplaudir al que te apuñaló por hacerlo con estilo.

«House of Cards», me ha hecho mirar al Parlamento británico como si fuera el plató de una telenovela con trajes caros y sonrisas afiladas. Dobbs, que además de escribir sabe un par de cosas sobre política real (trabajó con Margaret Thatcher, nada más y nada menos), nos regala aquí una historia que es más una confesión disfrazada de novela. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿cuánto de esto es ficción y cuánto es simplemente la agenda del martes?

El protagonista, Francis Urquhart (nombre que ya suena a villano de opereta), es el tipo de político que si te sonríe, lo más probable es que ya haya vendido tu alma en algún portal de segunda mano, bien conocido por las traiciones modernas, y esté redactando un discurso conmovedor para justificarlo. Dobbs no pierde el tiempo intentando hacernos creer que hay héroes en esta historia. No, aquí el poder es el único dios, y la ética… bueno, eso es para los perdedores que pierden las elecciones.

La narrativa es ágil, casi peligrosa. Uno empieza el libro diciendo «solo un capítulo» y termina tres horas después buscando si es legal chantajear a un periodista en el Reino Unido. Y aunque Urquhart es, con perdón, un manipulador sin escrúpulos, uno termina «admirando» (con preocupación) lo eficiente que es. Porque vamos, si vas a vender tu alma, al menos hazlo con estilo.

Claro, hay momentos en los que todo se siente un pelín exagerado, como si Shakespeare se hubiera puesto a escribir después de ver una sesión del congreso de diputados y tomarse tres gin tonics. Porque si vas a contarnos una historia sobre ambición desmedida, traiciones con una sonrisa y ascensos al poder que harían palidecer a Macbeth, ¿por qué no hacerlo con todo el drama posible? «House of Cards» es básicamente una tragedia moderna vestida de sátira política, y lo hace con tanto descaro que uno no puede evitar aplaudir… y revisar que nadie esté grabando lo que uno hace o dice.

Y sí, si te suena el nombre, es porque esto inspiró la famosísima serie de Netflix, donde Kevin Spacey mira a cámara con mirada de lagarto y te hace sentir que deberías esconder la vajilla de plata. Pero el libro, ojo, tiene su propio encanto: menos glamour hollywoodense, pero más veneno político servido en tacitas de porcelana. Elegante, frío, británico hasta la médula… y aún más peligroso.

¿Mi veredicto? Una lectura deliciosa si disfrutas viendo a personajes moralmente grises jugar al ajedrez con la democracia. Si todavía eres de esos ingenuos que creen en políticos honrados y esperas encontrar algo bueno en la política, este libro no es para ti. Pero si lo que quieres es un tour guiado (y algo cínico) por las alcantarillas del poder británico, entonces adelante. Solo recuerda: si Urquhart te dice que puedes confiar en él… no puedes.

Y si después de leerlo sientes que necesitas una ducha, no te preocupes: es señal de que lo has entendido todo.