Alba | 2010 | 88 págs.
#Clásico #EstadosUnidos #WashingtonIrving1820
El maestro había pasado una vida agradable —pese al diablo y todos sus manejos— si en su camino no se hubiera cruzado una mujer, ente que causa más confusión al hombre mortal que cualquier fantasma, duende o la estirpe entera de las brujas.
La leyenda de Sleepy Hollow, Washington Irving
Imagínate que vas de excursión por el campo y el pícnic acaba con un jinete sin cabeza persiguiéndote por el bosque. Pues algo así ocurre en «La leyenda de Sleepy Hollow». Washington Irving nos regala un cuento clásico que mezcla folclore, humor y una pizca de terror… aunque, siendo honestos, el verdadero terror es lo crédulo que puede llegar a ser el protagonista.
Antes de continuar, aviso que esta reseña contiene spoilers, así que si eres de esos quisquillosos que aún no sabe cómo acaba una novela más conocida que la calabaza de Halloween, mejor deja de leer aquí. Luego no digas que no te lo advertí.
Ichabod Crane, nuestro héroe (bueno, más bien protagonista, porque de héroe tiene entre poco y nada), es un maestro de escuela flacucho, ambicioso y terriblemente supersticioso. Imagínate a alguien que le tiene más miedo a un búho que a una hipoteca. Llega al idílico y brumoso valle de Sleepy Hollow con la intención de hacerse con la mano —y, sobre todo, la herencia— de Katrina Van Tassel, una joven rica con cara de no haberse creído nunca el interés de Ichabod.
Pero claro, todo plan tiene su némesis, y en este caso es Brom Bones, un bromista local que probablemente habría sido tiktoker si hubiera nacido dos siglos después. Brom no es tonto, y rápidamente convierte a Ichabod en el hazmerreír del pueblo. Y cuando aparece el famoso Jinete Sin Cabeza —o cuando dicen que aparece—, Ichabod huye tan rápido que ni deja dirección de reenvío. Ni una nota. Ni un «gracias por todo». Nada. Fantasma uno, maestro cero.
Lo mejor de todo es que Irving jamás nos aclara si el Jinete era un espectro de ultratumba o simplemente Brom con una capa, una calabaza y mucho tiempo libre. Así que nos deja ahí, con la duda flotando como niebla en el valle: ¿fantasma vengativo o bromista profesional con madera de actor?
Y aunque la historia tenga su cuota de misterio, lo que realmente brilla es esa crítica velada (o no tanto) a la vanidad, la codicia y la facilidad con la que la gente se cree cualquier cosa si se la cuentas con cara seria y en un cementerio. Sleepy Hollow, con sus supersticiones, su gente chismosa y sus arbolitos tenebrosos, se convierte casi en otro personaje, tan encantador como poco confiable. Como el vecino que siempre tiene una teoría rara para todo.
El estilo de Irving es elegante, sí, pero con esa elegancia que te clava el puñal con una sonrisa. Escribe con una pluma afilada, repleta de sátira, y se nota que se lo pasa en grande tomando el pelo a sus propios personajes. Y nosotros, encantados. Porque aunque la historia es breve, te deja con esa sensación de haber leído algo más profundo de lo que aparenta… o al menos de haberte reído de un tipo que cree que puede conquistar a una heredera con su colección de refranes bíblicos y su amor por las gachas.
¿La recomiendo? Por supuesto. Es corta, encantadora, tiene aroma a otoño, calabazas, y sarcasmo del bueno. Ideal para leer con una taza de té caliente y una vela encendida (preferiblemente en un lugar donde no haya jinetes decapitados… por si acaso). Irving no solo crea una historia memorable, sino que nos recuerda, con mucho estilo, que a veces el verdadero monstruo no es el que lleva una capa negra, sino el que cree que puede salirse con la suya solo por saberse todas las reglas del catecismo.
Y al final, ya sea que te compadezcas de Ichabod o que celebres su huida con un brindis silencioso, una cosa es segura: el cuento funciona como espejo, advertencia y broma. Todo en uno. Qué más se puede pedir.