«La edad de la inocencia», Edith Wharton

Puntuación: 2 de 5.

Quizá esa facultad de negligencia era lo que les daba transparencia a sus ojos, y a su rostro el arte de representar a un tipo de gente más que a una persona; como si hubiera sido escogida para podar para una diosa griega

La edad de la inocencia, Edith Wharton

Confieso que no he podido terminar «La edad de la inocencia». Ahí lo dejo. Y me sabe fatal. Porque es un clásico. Porque todo el mundo parece amarla. Porque Edith Wharton me gusta —me gusta de verdad— y me parece una escritora brillante. Pero esta novela… me ha aburrido. Mucho. No sé si ha sido el momento, si las energías estaban puestas en otra parte o si simplemente este no es mi tipo de esnobismo literario. El caso es que la lectura me ha resultado más larga que una cena con la familia Welland.

La historia, para quien no la conozca, gira en torno a Newland Archer, un joven neoyorquino prometido a la angelical (léase: predecible) May Welland, cuya vida da un vuelco emocional cuando aparece Ellen Olenska, prima de May, exiliada emocional y social por haber osado —¡horror!— dejar a su marido europeo. Ahí empieza el drama contenido, las miradas significativas en salones cargados de porcelana cara, y la lucha interior entre el deber y el deseo, que en manos de Wharton podría haber sido vibrante… pero aquí se me hizo como ver una partida de ajedrez en cámara lenta.

Y ojo, que Wharton escribe de forma impecable. Su estilo es elegante, irónico, pulcro. Tiene ese talento tan sutil para diseccionar la sociedad con bisturí y guantes de seda. De hecho, los temas que trata me interesan muchísimo: la hipocresía social, el encierro emocional, las expectativas que la sociedad impone, sobre todo a las mujeres. Hay reflexiones punzantes escondidas entre tazas de té y bailes de gala. Algunas incluso me hicieron marcar la página, como esta joya:

Las mujeres deberían ser libres, tan libres como nosotros.

¡Gracias, Edith! Ahí sí me atrapaste. O esta otra, que me hizo sonreír:

¡En mi juventud los jóvenes no se alejaban de las mujeres bonitas a menos que los obligaran!

Pero entre frase buena y frase buena hay páginas enteras donde no pasa nada. Absolutamente nada. Todo son gestos insinuados, emociones reprimidas y discusiones que jamás llegan a serlo. Que sí, que eso es parte del mensaje: cómo una sociedad puede asfixiar incluso el deseo más genuino con un corsé de normas, silencio y culpa. Lo entiendo, lo respeto… pero no lo disfruté.

Y eso me molesta. Porque sé que hay profundidad aquí, hay crítica social, hay personajes bien construidos. Pero el ritmo es tan deliberadamente pausado, tan contenido, tan «nos miramos pero no decimos nada porque sería inapropiado» que terminé cerrando el libro y diciendo: bueno, ya lo intentaré otro año.

Así que eso, «La edad de la inocencia» es, para mí, la edad del bostezo. Pero con frases brillantes. Quizás vuelva a ella más adelante y me sorprenda. Quizás entonces me sienta tan atrapado por su sutil melancolía como tantos otros lectores. Por ahora, me quedo con las citas… y con otras novelas de Wharton que no me dejen con la sensación de haber sido invitado a un baile donde no pasa absolutamente nada.