«El misterio de la luna creciente», Valentine Williams

Puntuación: 4.5 de 5.

—Recuerdo los trabajos de Breasted y Winlock y de alguno de sus compatriotas británicos que colaboraron con Howard Carter, como Newberry y Alan Gardiner. Pero no tengo la menor idea de quién es ese profesor Carruthers. ¿Es muy conocido?
—¡Digamos que tan conocido como la célebre señora Harris! —respondió mirándome fijamente.
—La amiga imaginaria de Sarah Gamp, ¿verdad?

El misterio de la luna creciente, Valentine Williams

Leer «El misterio de la luna creciente» es como entrar en una casa antigua: cruje, huele a polvo de misterio clásico, y en cualquier momento esperas que alguien con monóculo y acento afectado te acuse de asesinato. Y eso, sinceramente, es parte del encanto.

Valentine Williams, a quien podríamos llamar uno de esos caballeros que sabían cómo liar un buen embrollo antes de que la televisión arruinara el arte de la intriga lenta, nos invita a un escenario donde nada es lo que parece… salvo, quizás, la evidente mala idea de confiar en cualquiera que sonría demasiado. Bajo el ominoso y siempre presente símbolo de una luna creciente (que uno termina sospechando que es más bien una advertencia para los incautos), se despliega una historia de secretos, complots y miradas furtivas en pasillos oscuros.

La trama avanza como un elegante vals (uno donde de vez en cuando alguien te pisa el pie): por momentos fluida y en otros, un poco atropellada por detalles y diálogos que suenan tan grandilocuentes que uno casi espera que alguien saque un pergamino y lea sus sospechas en voz alta. Sin embargo, si uno se entrega al tono teatral de todo el asunto, la recompensa es una experiencia de misterio auténticamente «vintage», de esas que huelen a papel amarillento y té con whisky.

El protagonista (ese clásico modelo de «hombre decidido pero atormentado por su propia inteligencia») se ve atrapado en una red de enigmas que parece complicarse más cada vez que alguien intenta aclararla. Para cuando crees que tienes todo resuelto, Williams te recuerda, con un golpecito en el hombro y una risita apenas contenida, que no, que eres tan crédulo como todos los demás.

Y sobre los personajes secundarios… bueno, digamos que si hubiese un campeonato mundial de «Quién parece más culpable por omitir información crucial», aquí habría más competencia que en unos Juegos Olímpicos. Todo el mundo actúa como si estuviera guardando un secreto mortal, lo cual, en la mejor tradición del género, es exactamente lo que pasa.

El estilo de Williams es delicioso en su propio estilo anticuado: elegante, irónico y, en ocasiones, tan detallado en describir una ceja alzada o un vaso de jerez servido con sospechosa puntualidad, que uno podría olvidar brevemente que alguien podría ser asesinado en la próxima página. ¿Que algunos diálogos son un poco melodramáticos para los gustos actuales? Sí. ¿Que ciertas revelaciones parecen depender más de la casualidad que de la lógica deductiva pura? También. ¿Que lo disfruté como quien se entrega a una caja de bombones pasada de moda? Definitivamente.

En conclusión, «El misterio de la luna creciente» no es solo un libro; es una pequeña máquina del tiempo que nos transporta a una época en la que los misterios se cocinaban a fuego lento, los sospechosos tenían bigotes perfectamente recortados, y una pista importante podía estar escondida detrás de una cortina bordada. Es el tipo de historia que uno lee con una sonrisa irónica, un poco de cariño, y una inmensa gratitud por los autores que sabían cómo hacer que incluso la luz de la luna pareciera cómplice de un crimen.

¿Recomendado? Sí, si amas el misterio clásico. Pero sobre todo, si disfrutas cuando los libros te guiñan un ojo entre sus páginas.