Alba | Alejandro Palomas | 1999 | 882 págs.
#Relatos #NuevaZelanda #1918
Porque la cualidad especial y emocionante de su amistad residía en su completa entrega. Como dos ciudades abiertas en medio de una vasta llanura, sus mentes se abrían la una a la otra. Y no era como si él entrara en la de ella como un conquistador, armado hasta las cejas y sin ver nada más que un alegre aleteo de seda, ni ella entrara en la de él como una reina caminando sobre suaves pétalos. No, eran viajeros ávidos y serios, absortos en comprender lo que se veía y descubrir lo que se ocultaba, aprovechando al máximo esta extraordinaria y absoluta casualidad que le permitía a él ser completamente sincero con ella y a ella ser completamente sincera con él.
Cuentos completos, Katherine Mansfield
No sé muy bien en qué momento me metí en este embrollo literario, pero la culpa la tiene «Los Burnell», ese librito aparentemente inocente que recopila tres cuentos de Katherine Mansfield: «Preludio», «En la bahía» y «La casa de muñecas». Yo, tan campante, pensé: «Ah, mira qué bien, un par de cuentos sobre una familia neozelandesa de principios del siglo XX… esto seguro es ligero y entretenido, algo para desconectar». Craso error. Lo que encontré fue una inmersión brutal y sin anestesia en la maraña de emociones humanas, camuflada tras tazas de té, jardines soleados y niños que juegan a las casitas mientras el mundo emocional de los adultos se desmorona en silencio.
Y claro, como quien no quiere la cosa, terminé lanzándome de cabeza a «Cuentos completos». ¿Por qué conformarse con un pellizco cuando puedes comerte el pastel entero? Ahora sé que Mansfield no escribe «cuentos» en el sentido cómodo de la palabra. No, lo suyo son pequeños bisturís literarios, afilados y elegantes, que diseccionan las relaciones humanas con una precisión quirúrgica, mientras tú estás ahí, desprevenido, pensando que todo es muy bonito porque la señora Sheridan ha organizado una fiesta en el jardín.
Lo que me fascina de estos relatos es cómo Mansfield consigue hacer de lo cotidiano un campo de minas emocionales. Te presenta escenas triviales —un almuerzo, un paseo, una fiesta infantil— y de pronto, zas, te da una bofetada existencial que te deja tambaleando. En «Felicidad», por ejemplo, uno empieza creyendo que la protagonista es la mujer más dichosa del universo y termina dándose cuenta de que la felicidad, en realidad, es una criatura frágil y caprichosa que puede desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos (y de cortinas).
Su estilo, sutil y delicado como un encaje, esconde ironías salvajes y verdades incómodas. Mansfield no necesita grandes dramas ni explosiones de trama: le basta con un gesto, una pausa o una frase para dejarte pensando durante días. Me atrevería a decir que es la reina absoluta de eso que los expertos llaman «subtexto» y los lectores comunes llamamos «ese no sé qué que me deja con un nudo en la garganta sin saber por qué».
Además, hay que aplaudir su forma de retratar las tensiones de clase y las dinámicas familiares con una lucidez pasmosa. Los niños en sus cuentos no son angelitos ingenuos, sino esponjas que absorben las injusticias y las diferencias sociales sin filtros, y que a veces son más crueles que los adultos. En «La casa de muñecas», por ejemplo, Mansfield pone sobre la mesa, sin decirlo nunca del todo, cómo la división social cala hasta en los juegos infantiles.
Y si hablamos del paisaje emocional de los adultos, ahí la cosa se pone aún más jugosa: matrimonios insatisfactorios, ansias de libertad, soledades mal disimuladas y esa constante sensación de que algo esencial está a punto de romperse… o ya está roto y todos hacen como que no lo ven. ¿Qué más se puede pedir?
Lo curioso es que, a pesar de la melancolía y la crudeza que destilan muchos de sus relatos, nunca se siente como una lectura deprimente. Hay algo en la mirada de Mansfield —quizá su humor sutil, su ironía afilada o su empatía sin sentimentalismos— que convierte cada cuento en una pequeña joya que te deja pensando: «Ah, así es la vida. Cruel, absurda y maravillosa a la vez».
En resumen, si «Los Burnell» fue para mí la puerta de entrada, «Cuentos completos» ha sido como mudarme a una casa encantada llena de espejos deformantes: cada cuento te muestra una cara distinta de la realidad, y cuando crees haberlo entendido todo, aparece un nuevo matiz que te desmonta las certezas. Mansfield no solo escribe cuentos; ofrece experiencias completas en miniatura. Y si te dejas atrapar, como me ha pasado a mí, es probable que ya no puedas (ni quieras) salir de su universo.
Así que cuidado: abrir este libro es meterse en un jardín… y no precisamente uno de esos en los que simplemente florecen las rosas.