Impedimenta | 2023 | 144 págs.
#Narrativa #España #2023
Las balas de Los Que Ríen volaban sobre el agua, recibían salpicaduras, atravesaban olas encrespadas, destripaban caballas, salían de las olas, brillaban con los rayos del sol, se cruzaban con otras balas, tantas que formaban bruma, buscaban su blanco, se acercaban al hombre con barba, ojos enrojecidos, pelo alborotado y pasaban de largo, atemorizadas, hacia mar abierto, hasta perder impulso y descender, rebotar en la superficie, una, dos veces y hundirse, o volvían a la refriega, perforando túneles en la humareda, e impactaban contra un bandido. Había más balas en el aire
Araña, Jon Bilbao
Hay libros que te atrapan, otros que te acarician suavemente, y otros —como «Araña» de Jon Bilbao— que te escupen encima una sensación de incomodidad sutil mientras tú sigues leyendo con media sonrisa torcida, pensando: «sí, Bilbao, venga, destrozame el ánimo, yo te lo permito».
Bilbao se monta una atmósfera tan densa y cargada de tensión que uno acaba leyendo con el ceño fruncido incluso cuando los personajes solo están tomando un café. Lo cotidiano se vuelve raro, lo raro se vuelve incómodo, y lo incómodo… bueno, ahí es donde Bilbao se frota las manos. La novela se mete de cabeza en temas como las grietas en la pareja, las crisis de identidad, los miedos que preferirías barrer debajo de la alfombra y esas amenazas difusas que nunca sabes si son reales o solo paranoia (espóiler: las dos cosas a la vez). Y el título, «Araña», no es solo porque haya un bicho (ojalá fuera solo eso, te lo digo yo), sino porque resume perfectamente esas redes invisibles —emocionales, familiares, existenciales— que nos tienen a todos bien atrapados, colgando del hilo, y esperando que nadie nos dé el zarpazo final.
El protagonista, Jon (sí, se llama igual que el autor, y sí, eso ya nos pone en el territorio de los juegos metaliterarios), está en Asturias con su esposa Katharina, aparentemente intentando pasar unos días tranquilos. Pero claro, Jon Bilbao no escribe sobre la tranquilidad, escribe sobre esa punzada que te mete el mundo bajo la piel cuando menos te lo esperas, esa sensación de que algo anda mal aunque no sepas qué. O, como dice el propio Jon en la novela:
Yo lo llamo así. Al malestar. A una melancolía que no sé de dónde viene.
Y allí entra la famosa araña: ese bicho invisible que no es bicho, sino símbolo, metáfora, demonio personal, o simplemente el nombre que Jon le pone a su propio vacío existencial. Y aquí es cuando tú, lector, te das cuenta de que no estás leyendo un thriller sobre primos misteriosos ni un drama doméstico sobre parejas al borde del colapso (aunque también), sino una reflexión brutalmente honesta sobre lo pegajosa que puede ser la angustia vital.
Lo que hace brillante (y francamente, un poco cabroncete) a Jon Bilbao es cómo introduce lo extraño en lo cotidiano. Aparece un primo lejano, Dunbar, que viene con su propio cargamento de rarezas y secretos, y pronto Katharina y Jon ya no saben si tienen un invitado en casa o una bomba emocional a punto de estallar. Y tú, como lector, te sumerges en conversaciones en las que uno suelta perlas como:
¿Tienes miedo de que alguien te oiga? Te advierto de que siempre lo hay. Alguien a la escucha y que nunca duerme.
¡Maravilloso! A estas alturas, el lector ya ha dejado de lado cualquier intento de encontrar una trama convencional. Este no es un libro para saber «qué va a pasar» sino para dejarse atrapar por la tela de araña de la atmósfera, de los silencios, de las tensiones que nunca llegan a explotar del todo. Y mientras te mueves por esa red pegajosa, Jon Bilbao te hace preguntas incómodas: ¿de verdad crees que puedes proteger a tus seres queridos de tu propio malestar?, ¿de verdad hay alguna forma de no contaminar a los demás con tus heridas? Espóiler: no.
La melancolía en Araña es contagiosa, y eso es parte de su magia. Incluso cuando aparece un niño que carga las bolsas de basura y ve que todos se han olvidado de su cumpleaños, no puedes evitar sonreír de forma amarga:
Todos se habían ido a dormir sin acordarse de su cumpleaños.
¡Toma, lector! Un mazazo emocional directo, sin anestesia. Bilbao tiene un talento especial para retratar lo gris, lo agrietado, lo que se esconde debajo de la apariencia de normalidad. Es como si nos dijera: mira, en la vida no hay grandes monstruos, ni giros dramáticos hollywoodienses; lo que te atrapa es una araña que no ves, una tristeza que no sabes explicar, una red invisible que todos tejemos sin querer.
Su prosa es contenida, precisa, nada de florituras. Bilbao escribe con una elegancia seca, como quien no quiere llamar la atención pero sabe que te va a dejar tocado. Y lo logra. Es un libro breve, sí, pero cada página es como una pequeña carga explosiva bien colocada. Cuando lo terminas, no sabes muy bien qué ha pasado, pero tienes la sensación de que algo dentro de ti se ha desplazado medio milímetro. Y eso, en literatura, no es poca cosa.
En resumen, «Araña» no es para lectores que busquen acción, ni respuestas fáciles, ni finales cerrados. Es para quienes disfrutan explorando los pliegues incómodos del alma humana, riéndose (con cierto aire fatalista) de nuestras miserias cotidianas, y reconociendo que, al final, todos cargamos con nuestras propias arañas invisibles.
¿Lo recomiendo? Sí, pero con advertencia: prepárate para leer algo que se te mete bajo la piel, que te hace rascarte un poco por dentro, y que, en lugar de darte respuestas, te deja solo con preguntas y silencios. Y, francamente, eso es lo que lo hace tan bueno.