Alba | Carme Francí | 2012 | 952 págs.
#Clásico #ReinoUnido #1857
Descendieron a una vida sencilla, útil y feliz. […] Descendieron silenciosamente al bullicio de las calles, inseparables, dichosos, y, mientras avanzaban bajo el sol y en la sombra, los ruidosos y los impetuosos, los arrogantes y los impenitentes y los vanidosos se exaltaban, acalorados, armando el alboroto de siempre.
La pequeña Dorrit, Charles Dickens
Ah, «La pequeña Dorrit». Dickens en modo sombrío, Dickens en modo satírico, Dickens en modo «vamos a arrastrar al lector a través de las alcantarillas emocionales de la sociedad victoriana… ¡y que disfrute!». Este no es un Dickens para los débiles de corazón ni para quienes esperan un paseo ligero por los suburbios del melodrama. No, aquí tenemos una novela que es, a la vez, novela social, drama familiar, sátira política y, en más de un sentido, una oda a la paciencia del lector.
¿La trama? Bueno, decir que la trama es enredada es quedarme corto. Tenemos a Amy Dorrit (la pequeña Dorrit del título), nacida en la cárcel de Marshalsea porque su padre, William Dorrit, ha sido encarcelado por deudas desde hace tanto que podría haber fundado su propio sistema carcelario. Amy, puro corazón, va por la vida tratando de mantener a flote a una familia que vive de ilusiones y apariencias mientras, claro, ella misma se pasea por las ruinas de Roma pensando no en emperadores ni gladiadores, sino en las ruinas emocionales de su propia vida:
Las ruinas del antiguo anfiteatro, de los antiguos templos […] eran para ella las ruinas de la vieja cárcel de Marshalsea, las ruinas de su antigua vida, ruinas de los rostros y formas que la habitaban antaño, ruinas de sus amores, esperanzas, deseos y alegrías.
Si eso no te da una idea de cuán alegre es el tono, te lo resumo así: Dickens no está aquí para que uno se sienta mejor sobre la vida.
A la pobre Amy se le cruza Arthur Clennam, un tipo bien intencionado pero tan perdido como un turista sin mapa en Londres, quien regresa a casa tras años fuera para resolver un misterio familiar. Arthur es uno de esos personajes dickensianos atrapados en una red de burocracia absurda y secretos familiares opresivos. Si alguna vez has tenido que lidiar con un papeleo estatal infinito, «La pequeña Dorrit» es tu novela, porque Dickens te da una sátira despiadada de la famosa Oficina de Circunlocución: un lugar donde nada se resuelve y todo se posterga.
¿Y qué decir de los personajes secundarios? Como siempre en Dickens, son un festival de extravagancia. Está el señor Flintwinch, un tipo que se pavonea con tanto aire de importancia que uno casi puede escuchar el chirrido de su ego inflándose:
La jactancia y cierto aire de legítima superioridad consiguen tantas cosas que el señor Flintwinch ya había empezado a considerar todo un caballero a aquel personaje.
Dickens se ríe de estos pavos reales victorianos con una ironía que sigue funcionando hoy: el respeto que inspiran no tiene nada que ver con méritos reales, sino con la pompa, la arrogancia y el volumen de su voz.
Ahora bien, si vienes buscando una heroína fuerte al estilo moderno, Amy Dorrit puede desconcertarte. Ella es bondadosa, sí, pero también resignada. Vive apagando fuegos emocionales y sacrificándose en silencio, y a veces uno como lector quiere sacudirla y gritarle: ¡mujer, reacciona! Pero entonces recuerdas que Dickens sabe perfectamente lo que está haciendo. Amy encarna a esa clase de personaje atrapado no solo por su situación social, sino por una falta radical de esperanza:
¿Voluntad, objetivos, esperanza? Todas esas luces se apagaron antes de que pudiera pronunciar esas palabras.
Es desgarrador, sí, pero también terriblemente humano. Amy no es una heroína de novela rosa: es una sobreviviente de un sistema diseñado para aplastar a los vulnerables.
La prosa de Dickens aquí es densa, barroca, llena de humor negro y momentos de brillante observación social. El ritmo no siempre es ágil, hay tramas secundarias que parecen (y son) irrelevantes, y más de una vez uno siente que está caminando en círculos, como Arthur Clennam por los pasillos de la burocracia. Pero cuando Dickens acierta (y lo hace a menudo), lo hace con una lucidez brutal, como un autor que no te deja escapar de las injusticias que retrata.
¿Recomendaría leer «La pequeña Dorrit»? Absolutamente. Pero prepárate. Este no es Dickens liviano ni Dickens de buenas. Es Dickens en su fase de furia moral, de sátira despiadada, de retrato social pesimista, envuelto en una historia que, a pesar de sus enredos y divagaciones, tiene un centro emocional poderoso.
Si lo lees, hazlo como Amy recorre las ruinas de Roma: sabiendo que cada piedra y cada sombra cuenta una historia de esperanza rota, pero también de resiliencia. Y si te desesperas con los lentos avances de la trama, recuerda que, como la Oficina de Circunlocución, Dickens también sabe que las vueltas y rodeos son parte del viaje.