«Yerma», Federico García Lorca

Puntuación: 5 de 5.

Es así. Claro que todavía es tiempo. Elena tardó 3 años, y otras antiguas, del tiempo de mi madre, mucho más, pero dos años y veinte días, como yo, es demasiada espera. Pienso que no es justo que yo me consuma aquí. Muchas veces salgo descalza al patio para pisar la tierra, no sé por qué. Si sigo así, acabaré volviéndome mala.

Yerma, Federico García Lorca

Confieso que cuando abrí «Yerma» por primera vez, me preparé para enfrentarme a otro drama rural español donde la gente habla mucho de campos, honra, y las mujeres suspiran bajo pañuelos negros mientras miran al horizonte. Y sí, eso está ahí, pero lo que no me esperaba era encontrarme con una obra tan intensa, desesperada y llena de frases que parecen escritas para tatuarse en la piel (o al menos para poner en la bio de Instagram si eres de los intensos).

La historia gira en torno a Yerma, una mujer casada que desea con toda su alma tener un hijo, pero su esposo, Juan, es como esos cactus de interior: decorativo, silencioso y absolutamente incapaz de generar vida. Mientras Yerma se marchita, él está feliz regando su finca (literal y metafóricamente hablando) y cuidando su reputación.

Lo impresionante de «Yerma» no es solo su tragedia, sino la manera en que Lorca nos mete en su cabeza, en ese hervidero de emociones donde la desesperación y el deseo chocan como cabras montesas. Cuando Yerma dice:

Te busco a ti. Te busco a ti, es a ti a quien busco día y noche sin encontrar sombra donde respirar.

No está hablando solo de su marido: está hablando del vacío existencial, del hambre de sentido, del deseo frustrado que la consume entera. Y uno, al leerla, no puede evitar pensar: «¡Madre mía, qué intensidad tiene esta mujer!». Pero luego te das cuenta de que no es intensidad gratuita: es la intensidad de alguien atrapado en una sociedad que la define solo como madre potencial y nada más.

Lorca juega mucho con la idea del encierro. Yerma no solo está atrapada en su casa, en su matrimonio, en su destino, sino que parece que está atrapada dentro de sí misma, como cuando dice:

Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo.

Vamos, que si Yerma viviera hoy tendría una terapeuta, un grupo de WhatsApp para madres en espera, y probablemente un podcast donde gritara al mundo su rabia. Pero en la España rural de principios del siglo XX, lo único que tiene es su amargura, sus vecinas chismosas y un marido que le suelta frases tipo «lo importante es mantener la honra».

Hay momentos en que la obra bordea lo surreal por la desesperación: Yerma grita:

Quiero beber agua y no hay vaso ni agua, quiero subir al monte y no tengo pies, quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.

Es como si la vida se le deshiciera entre los dedos, como si todo estuviera incompleto, roto, imposible. Lorca no necesita grandes decorados ni efectos especiales: su tragedia se sostiene solo con palabras que desgarran.

Algo que me gusta mucho (y aquí va el toque irónico) es que aunque Yerma vive en un universo donde todos parecen aceptar su destino con resignación, ella se convierte en una especie de heroína trágica. Si esto fuera una película de Hollywood, Yerma habría quemado la casa, se habría ido a recorrer mundo, y habría terminado abriendo un taller de cerámica en Berlín. Pero no: estamos en una tragedia lorquiana, y aquí los finales felices no existen.

Al final, lo que más me impresionó de esta obra es cómo Lorca consigue que el público (o el lector) no pueda apartar la mirada del desastre. Nos hace testigos incómodos del dolor que no está en las carnes, como dice Yerma:

Lo mío es dolor que ya no está en las carnes.

Ese dolor invisible que no sangra pero que mata igual. Y aunque todo el pueblo susurre y murmure, nadie hace nada: porque es más fácil encerrar a una mujer en su silencio que ayudarla a romperlo.

En resumen, «Yerma» es intensa, preciosa, brutal. Es un canto desgarrador sobre el deseo imposible, sobre lo que significa ser mujer cuando tu valor se mide solo por la maternidad, y sobre cómo el vacío puede volverse tan grande que acaba tragándoselo todo. Y aunque te pueda parecer un dramón, te garantizo que después de leerlo, algo de Yerma se te queda dentro. Así que adelante: abre el libro, prepárate para el torbellino, y disfruta de Lorca en su máximo esplendor.