Trotalibros | Rufino Cuesta | 2023 | 257 págs.
#Narrativa #Grecia #1965
Hasta ahora no ha despertado la más mínima sospecha de haber actuado en contra del Régimen ni ha dado muestras de tener pensamientos o sentimientos contrarios al Régimen o de no estar simplemente de acuerdo con el Régimen… Claro que tampoco se ha manifestado a favor del Régimen.
El fallo, Antonis Samarakis
Si alguna vez has tenido la sensación de que el mundo moderno funciona como una gran maquinaria absurda que en cualquier momento puede tragarte por error, entonces «El fallo» de Antonis Samarakis te va a sonar inquietantemente familiar.
Este librito —porque sí, es breve, apenas unas 250 páginas, ideal para los que ya no tenemos paciencia para los tochos de 800 páginas sobre guerras infinitas— es uno de esos relatos que te hacen reír, encogerte de incomodidad y darte cuenta, mientras cierras las tapas, de que te ha dado una bofetada filosófica de las buenas.
La historia parte de algo que a simple vista parece sencillo: un hombre es detenido por error en un Estado opresivo (y ojo, digo «error» porque el propio título nos lo grita: «El fallo»). El protagonista es un tipo cualquiera, un «sospechoso» sin nombre, atrapado en una situación donde la culpa no depende de lo que hayas hecho, sino de que el sistema haya decidido que encajas en la categoría correcta para ser culpable. Como bien dice el libro:
No ser culpable no implica necesariamente ser inocente.
Y ahí, amigo lector, empieza el desfile de ironías.
Samarakis juega con nosotros. Uno podría pensar que está leyendo una novela policial, un interrogatorio clásico entre agente e interrogado. Pero pronto te das cuenta de que lo que realmente se está desmenuzando aquí no es un crimen, sino el absurdo de los sistemas totalitarios, donde la lógica se convierte en enemigo y donde:
Pensar es el enemigo público número uno.
Sí, eso lo dice el propio libro, y cuando lo lees te ríes —hasta que te acuerdas de cuántas veces en tu propia vida has visto a alguien ser castigado no por lo que hizo, sino por atreverse a cuestionar.
Lo que me atrapó de «El fallo» es su tono: mezcla de sátira, humor negro y un aire kafkiano que hace que sientas que podrías estar tú mismo sentado en esa silla, frente al interrogador. Porque, en realidad, todos conocemos a ese «funcionario» que no entiende razones, que solo sigue procedimientos; ese que ante una explicación razonable frunce el ceño porque lo que estás haciendo, en el fondo, es pensar demasiado.
Los diálogos entre el sospechoso y el interrogador tienen algo tragicómico: son veloces, secos, a veces absurdos, y otras veces sorprendentemente tiernos. Hay momentos en que el lector se pregunta: ¿quién es aquí el más atrapado, el prisionero o el hombre que hace las preguntas? Samarakis no nos lo da servido: nos deja flotando en esa ambigüedad donde el verdadero «fallo» parece estar no solo en el sistema, sino en las grietas humanas que lo sostienen.
Otro punto a favor: el libro no sermonea. No es de esos textos densos que te apabullan con conceptos filosóficos altisonantes. En cambio, te lanza pequeñas frases que se te quedan pegadas, como anzuelos. Frases como esas que he citado arriba, que lees y piensas «¡ja!», pero que luego te muerden por dentro cuando menos lo esperas.
Y si eres de los que valoran un final bien armado: prepárate. El desenlace de «El fallo» es como una carcajada amarga; un giro que cierra la historia con una mezcla de ironía, desesperanza y una pizca de ternura muy humana. No voy a destriparlo aquí (tranquilo, no espóiler), pero sí te diré que, cuando lo termines, te quedarás mirando al techo un buen rato.
En resumen, «El fallo» es una joya escondida en la literatura europea: pequeño, inteligente, afilado, y tan vigente hoy como en los años 60 cuando fue publicado. Un verdadero acierto de la editorial Trotalibros al rescatar esta novela que parecía perdida en el tiempo. Es un libro para leer en una tarde, pero que probablemente te acompañará en la cabeza mucho tiempo después, sobre todo cuando te encuentres atrapado en alguna absurda cola administrativa, o discutiendo con un algoritmo que te ha bloqueado una cuenta «por error».
¿Te atreves a enfrentarte a tus propios pequeños totalitarismos cotidianos? Entonces léelo. Solo cuidado: acuérdate de que aquí pensar es el enemigo público número uno.