«Peter Pan y Wendy», James Matthew Barrie

Puntuación: 4.5 de 5.

—Pan, ¿quién sois? ¿Qué sois? —exclamó roncamente.

—Soy la juventud, soy la alegría —contestó Peter, sin pensárselo mucho—. Soy un pajarillo que acaba de romper el cascarón.

Peter Pan y Wendy, James Matthew Barrie

Voy a ser honesto desde el principio: Peter Pan me ha caído fatal. No, no hablo del encantador muchachito rubio de Disney que canta alegremente; hablo del verdadero Peter Pan, el de James Matthew Barrie, ese niño eterno que, sinceramente, es un egoísta egocéntrico de campeonato. Me esperaba una lectura ligera, llena de aventuras y polvo de hadas, pero lo que encontré fue una historia mucho más oscura, ambigua y, en muchos momentos, dolorosamente humana.

La novela comienza en el hogar de los Darling, donde Wendy, John y Michael llevan una vida bastante normal hasta que aparece Peter, que entra por la ventana como quien no quiere la cosa. Como nos cuenta Barrie:

Al viajar por la mente de sus hijos había veces en que la señora Darling encontraba cosas que no lograba comprender, y de todas ellas la que le parecía más desconcertante era la palabra Peter.

Y vaya si es desconcertante. Peter Pan no solo roba niños para que lo acompañen a su mundo, sino que los mantiene atrapados en una especie de bucle infantil donde nadie crece, nadie madura y, sobre todo, nadie cuestiona su liderazgo.

Sí, Peter Pan es encantador a primera vista: vuela, lucha contra piratas, habla con sirenas y tiene su propio grupo de seguidores, los Niños Perdidos. Pero bajo esa superficie, es un personaje increíblemente narcisista. Él mismo lo dice (¡y con orgullo!):

Wendy, una chica vale más que veinte chicos.

¿Quién no se enamoraría de un líder que te valora solo como madre sustituta? Peter no busca compañera ni amiga, busca una figura materna que lo cuide mientras él sigue jugando al héroe.

El contraste entre Wendy y Peter es doloroso. Wendy sueña con crecer, con enamorarse, con tener una familia. Peter sueña con, bueno… seguir soñando. Para Peter, incluso morir es solo otra aventura:

Morir será una aventura terriblemente grande.

Esta frase resume a la perfección su superficialidad emocional: no hay profundidad real en sus pensamientos, porque nunca ha enfrentado las consecuencias de la vida real.

Y aquí viene la parte que más me dolió. Porque sí, he dicho que Peter me cayó fatal, pero también confieso que me rompió el corazón el final. Cuando Wendy crece, cuando Peter vuelve y apenas se acuerda de ella, y sobre todo cuando ni siquiera se acuerda de Campanilla, que lo amaba con toda su diminuta alma… uf. Ahí me dolió. ¿Cómo puede un personaje ser tan ciego emocionalmente? Es aquí donde Barrie nos muestra la crueldad del niño eterno: quien nunca crece, nunca aprende a amar de verdad. El olvido es su arma y su maldición.

Por supuesto, el libro está lleno de frases hermosas que han sobrevivido a los años. Mi favorita es probablemente:

El mundo entero está hecho de fe, confianza y polvo de hadas.

¡Qué irónico! Porque si algo demuestra la historia es que, sin madurez y sin memoria, la fe y el polvo de hadas solo te llevan a un eterno retorno vacío, donde nadie importa más que tú mismo.

En resumen, «Peter Pan y Wendy» no es el cuento dulce que recordaba de mi infancia. Es una historia sobre la fragilidad de los vínculos, sobre lo que perdemos cuando nos negamos a crecer, y sobre cómo incluso el polvo de hadas más brillante se desvanece si no se alimenta con amor y memoria. A pesar de mi rechazo por Peter, el libro me atrapó por su ironía, por su humor sutil y, sobre todo, por la tristeza escondida bajo sus aventuras. Es una lectura que recomiendo, pero aviso: aquí no hay finales Disney ni héroes perfectos. Solo niños, muy perdidos, jugando a no ser adultos.