Impedimenta | Diana Bass | 2016 | 328 págs.
#Narrativa #RepúblicaCheca #1960
En la azotea el asunto era bien distinto. Esta vez se trataba de una estatua, de una estatua judía. Y derribando la estatua de un judío, para colmo compositor, no se cometía ningún pecado.
Mendelssohn en el tejado, Jiří Weil
«Mendelssohn en el tejado» es uno de esos libros que, cuando terminas, te dejan mirando al techo (no necesariamente al compositor) pensando: «¿Cómo puede algo tan breve golpearme tan fuerte?». Jiří Weil, con su humor ácido y su estilo casi quirúrgico, logra lo que muchos otros no: narrar el horror del Holocausto sin grandes discursos, sin lloriqueos de violín, sin convertir a sus personajes en santos ni mártires de postal.
Todo arranca con un detalle grotesco: los nazis deciden quitar la estatua de Mendelssohn del techo del Rudolfinum porque, bueno, era judío. Pero, oh sorpresa, nadie sabe cuál es. Solución: la estatua con la nariz más grande. Y sin saberlo escogen la estatua de Wagner, uno de los compositores más representativos de Alemania, y más queridos de los nazis. Así, entre incompetencia y fanatismo, empieza una historia que no es exactamente una historia: es una colección de escenas, retazos, momentos donde vemos a los judíos de Praga intentando sobrevivir mientras el mundo que conocían se desmorona pieza por pieza.
Weil no nos regala héroes musculosos ni villanos de caricatura. Aquí hay funcionarios pequeños haciendo pequeñas maldades, artistas desesperados, mujeres aferradas a sus muebles como si resistirse pudiera salvarlas. Todo contado con una prosa seca, filosa, cargada de ironía. La voz narrativa es sobria, contenida, casi fría, lo que aumenta el impacto emocional, porque no hay dramatización gratuita ni heroísmo decorativo: sólo el retrato seco de la degradación, la humillación y la pérdida.
Weil, que sobrevivió escondido tras escapar de un campo de trabajo, logra evitar caer en la moralina o la denuncia directa. El humor negro es el combustible de este libro. Y ojo: no es que uno se ría porque la situación sea graciosa; uno se ríe porque, frente al horror, la única reacción humana posible (aparte de llorar) es reconocer lo grotesco. Que los nazis confundan a Mendelssohn con Wagner porque «es el de la nariz grande» es sólo el comienzo de una cadena de absurdos burocráticos que aplastan vidas como si fueran papeles en una oficina.
«Mendelssohn en el tejado» no es una lectura fácil ni cómoda. Tampoco es un melodrama ni una epopeya. Es un puñado de páginas que te lanza un puñetazo seco al estómago y se va, dejándote solo, preguntándote cómo diablos seguimos vivos como especie. pide perdón sin saber por qué.