Alba | Miguel Temprano | 2024 | 640 págs.
#Clásico #ReinoUnido #1859
Ésta es la historia de lo que puede soportar la paciencia de una mujer, y de lo que puede lograr la determinación de un hombre.
La mujer de blanco, Wilkie Collins
Si alguna vez has pensado que la literatura victoriana es un páramo interminable de solemnidad y corsés demasiado apretados, «La mujer de blanco» de Wilkie Collins está aquí para desmontarte esa idea… aunque los corsés, eso sí, siguen bien ajustados. Publicada por entregas entre 1859 y 1860, esta novela no solo cimentó las bases del thriller psicológico y la novela detectivesca moderna, sino que también lo hizo con un tono delicioso que mezcla la tensión con la ironía más fina. Algo así como si Agatha Christie y Jane Austen hubieran tenido un hijo literario criado en una mansión un poco tenebrosa.
La historia arranca con Walter Hartright (nombre que es un espóiler andante sobre su honestidad y nobleza), un profesor de dibujo con más corazón que malicia, quien, en plena noche londinense, topa con la ya legendaria figura de una mujer vestida de blanco. Desde ese momento, lo trivial y lo terrible empiezan a bailar una sardana sin tregua, porque, como bien apunta Collins
A través de todos los caminos de nuestro mundo incomprensible, lo terrible y lo trivial siempre caminan juntos.
Y vaya si caminan juntos en esta historia, donde hay amores imposibles, suplantaciones de identidad, asilos psiquiátricos más bien poco éticos y un villano tan carismático que uno casi desearía invitarlo a tomar el té (pero solo casi).
El misterio gira en torno a Laura Fairlie, la damisela por excelencia —bella, rubia, más dulce que una cucharada de mermelada—, y su hermanastra Marian Halcombe, que es, de lejos, el verdadero motor de la historia. Marian es todo lo que Laura no se atreve a ser: lista, irónica y capaz de ponerse el mundo (o al menos a los hombres) por montera. En un despliegue de autoconciencia maravillosa, Marian misma suelta una joya que resume a la perfección la visión victoriana sobre la mujer:
Las mujeres somos tan tontas que no sabemos entretenernos solas durante las comidas.
Espóiler: Marian es tan tonta como un zorro con un máster en estrategia. Es ella quien, en más de una ocasión, saca a flote a los demás personajes, todos tan ocupados desmayándose o sudando la gota gorda de la preocupación.
El estilo de Collins es de esos que te hacen querer subrayar cada dos páginas. Su narración polifónica —con distintos personajes dando su versión de los hechos— mantiene la intriga fresca y tensa, como ese momento en que alguien empieza a contarte un cotilleo y se va por las ramas, pero de forma magistral. Además, Collins no puede resistirse a salpicar sus páginas con observaciones filosas sobre las convenciones sociales de su tiempo. Un ejemplo delicioso:
Nuestras palabras parecen gigantes cuando pueden perjudicarnos y resultan pigmeos cuando intentan prestarnos un buen servicio.
En otras palabras: las meteduras de pata son universales y atemporales, algo que me reconforta mucho.
Y por si alguien pensaba que Collins se iba a poner tímido a la hora de hablar de la eterna batalla de sexos, lanza esta perla que aún resuena con verdad incómoda:
No hay hombre en sus cabales dispuesto a enzarzarse sin preparación en un duelo verbal con una mujer.
Aquí no hay más que decir, salvo que es probable que Collins lo aprendiera por las malas.
En cuanto a los temas, la novela es un buffet de obsesiones victorianas: la locura (o mejor dicho, la facilidad para etiquetar a alguien de loco si molesta), la fragilidad legal de la mujer casada, la lucha de clases y, cómo no, la incesante pregunta sobre la identidad y la verdad. La figura de la mujer de blanco, un espectro casi gótico pero muy terrenal, encarna la idea de que la verdad puede estar oculta a plena vista, y que la justicia a menudo necesita un empujoncito —o un par de heroínas decididas— para abrirse paso.
En definitiva, «La mujer de blanco» es un festín para quienes disfrutan de las historias de misterio con un toque literario, personajes vibrantes y más de una sonrisa cómplice ante la ironía de la vida. No es solo un relato de crímenes y enigmas, sino también un espejo, bastante punzante, de su tiempo… y, si me apuras, del nuestro. Porque, seamos sinceros, ¿qué novela moderna puede presumir de tener un misterio espeluznante, un villano que casi eclipsa a todos y una Marian Halcombe que les pasa la mano por la cara a todos los héroes masculinos?
Si aún no lo has leído, hazte un favor y sumérgete en este clásico. Solo un aviso: después de conocer a Marian, todos los demás personajes femeninos de la época te sabrán un poco… insípidos.