«El problema final», Arturo Pérez-Reverte

Puntuación: 4 de 5.

Nos inclinamos a infravalorar lo fácil, estimado amigo. A menudo nos dejamos deslumbrar por lo enrevesado, cuando lo simple suele estar más cerca de la realidad. El mundo está lleno de simplezas que nadie observa. No hay nada tan importante como un detalle pequeño cuando se sitúa en el lugar adecuado.

El problema final, Arturo Pérez-Reverte

Confieso que empecé «El problema final» con la misma mezcla de escepticismo y curiosidad con la que uno mira un remake de su película favorita: esperando lo peor, pero secretamente deseando que le sorprendan. Porque, vamos a ver, un homenaje a Sherlock Holmes firmado por Arturo Pérez-Reverte, ambientado en un pueblo costero francés donde se rueda una película de serie B… ¿Qué puede salir mal? La respuesta es: absolutamente todo, y precisamente por eso, la novela es un placer.

La historia arranca con Hopalong Basil, un guionista británico en la fase madura (léase: cínica y algo achacosa) de su carrera, que es contratado para supervisar un desastroso rodaje. No sabemos si Basil es un homenaje o un castigo viviente, pero está claro que no tiene pelos en la lengua ni demasiadas esperanzas en la humanidad. Y es aquí donde Pérez-Reverte, con esa elegancia borde y divertida que le caracteriza, empieza a jugar con nosotros, a desmontar mitos y a recordarnos, entre sorbo y sorbo de ginebra literaria, que:

El verdadero arte del narrador policial no consiste en contar una historia, sino en hacer que el lector, equivocado o no, se la cuente a sí mismo.

Y vaya si lo hace. La novela es un juego de espejos donde lo que parece evidente nunca lo es tanto. Porque, como nos recuerda en otro de esos guiños con aroma a Baker Street:

Nada hay más engañoso que un hecho obvio.

Aquí, cada mirada, cada frase, cada plano de la película dentro de la novela es una trampa, y nosotros, lectores que nos creemos muy listos por haber visto todas las temporadas de Sherlock, caemos como principiantes.

Lo que más me ha divertido es cómo Pérez-Reverte convierte lo que podría ser un mero homenaje en una disección irónica y lúcida del poder de los mitos. No se trata solo de Holmes, claro, sino de lo que Holmes representa: ese deseo colectivo de encontrar sentido en el caos, de que haya un genio que nos explique por qué la tostada siempre cae del lado de la mantequilla.

Es increíble cómo puede funcionar un mito en el imaginario de la gente.

Dice un personaje, y uno siente que el autor nos está guiñando el ojo desde la página.

La trama, que no voy a destripar porque eso sería peor que decirte quién muere en la última temporada de tu serie favorita, está bien armada y juega justamente a eso que Pérez-Reverte destaca en un momento:

En las buenas novelas con enigma, la solución está a la vista desde el principio.

Y por supuesto, nosotros miramos, y remiramos, y no vemos un pimiento hasta que el autor decide darnos el último empujoncito.

Pero lo que más me ha gustado —y esto lo digo desde el corazón, o al menos desde la zona donde aún me queda algo de romanticismo literario— es el retrato de la mentira. Porque «El problema final» es también una novela sobre eso: sobre lo que decimos para protegernos, para engañar (a otros y a nosotros mismos), y sobre cómo, a veces:

Las mentiras pueden revelar tanto como la verdad, si se las escucha con atención.

Don Arturo sabe que la buena literatura está hecha tanto de verdades como de mentiras bien contadas, y aquí se divierte mezclándolas hasta que ya no sabemos qué creer. Y nos encanta.

En definitiva, «El problema final» no es solo un guiño a los amantes de Holmes ni un libro sobre cine cutre (aunque también), sino una especie de artefacto literario que juega con nuestras expectativas, nuestras ganas de resolver misterios y nuestra necesidad de seguir creyendo en los mitos, incluso cuando sabemos que son pura filfa. Lo he disfrutado muchísimo, y si tienes debilidad por los detectives, las historias dentro de historias y las ironías bien servidas, este libro te va a atrapar igual que un acertijo bien planteado.

Y si no… bueno, al menos te servirá para soltar alguna cita brillante en la próxima cena. Porque Pérez-Reverte, incluso cuando se pone juguetón, sigue teniendo la puntería de un francotirador literario.