Edelvives | Mauro Fernández | 2019 | 80 págs.
#Infantil #ReinoUnido #1906
Es terriblemente difícil saber mucho sobre las hadas, y casi lo único seguro es que hay hadas dondequiera que haya niños.
Peter Pan en los jardines de Kensington, James Matthew Barrie
Si pensabas que conocías a Peter Pan por sus aventuras en el País de Nunca Jamás, lleno de piratas, sirenas y niños perdidos, déjame decirte algo: en «Peter Pan en los jardines de Kensington», Peter ni siquiera ha aprendido a empuñar una espada. Aquí, Peter es básicamente un bebé fugitivo que decide escapar volando de su cuna para irse a vivir… ¡a un parque! Sí, un parque, no una isla mágica.
Barrie nos cuenta que todos los bebés son medio pájaro y que, si no estamos atentos, un día cualquiera pueden echar a volar. Y así lo hace Peter, quien se instala en los jardines de Kensington rodeado de hadas, cuervos sabios y otros personajes de parque. Pero ojo, que no es todo diversión: cuando intenta volver a casa, descubre que su madre ha cerrado la ventana. Traducción: creías que eras especial, Peter, pero resulta que mamá no puede esperarte eternamente.
El tono del libro es encantadoramente irónico. Barrie no escribe como si estuviera leyendo un cuento de hadas a su hijo pequeño, sino más bien como si se lo contara a otro adulto con una sonrisa sarcástica, lleno de guiños sobre lo ridículos que podemos ser los humanos (y las hadas también). Si eres de los que disfruta con frases irónicas sobre la maternidad, el tiempo y la fragilidad de la infancia, aquí vas a encontrar material para subrayar.
Eso sí, que nadie venga buscando acción trepidante. Aquí no hay duelos ni cocodrilos ni campanas tintineantes de celos enfermizos. Aquí hay paseos por el parque, reflexiones sobre los jardineros, y hadas que organizan votaciones sobre si dejar entrar a Peter o no. Es más un suspiro melancólico que un estallido de aventuras. Pero ese suspiro es bello, extraño, y un poquito perturbador.
En resumen, «Peter Pan en los jardines de Kensington» es como ese primo bohemio del Peter Pan de Disney: más poético, más triste, más filosófico, y definitivamente menos comercial. ¿Es para niños? Sí… pero más para el niño interior de los adultos que todavía creen que los parques tienen algo de magia (y que vigilan de reojo las ventanas de sus casas, no vaya a ser que un día se cierren para siempre).