«La muerte del sol», Yan Lianke

Puntuación: 4 de 5.

Me acordé de cómo el llamado caminar en sueños es en realidad el resultado de la forma en que todo lo que piensas durante el día queda grabado en tus huesos, de modo que después de irte a dormir por la noche continúas con tus pensamientos en tus sueños.

La muerte del sol, Yan Lianke

Mientras leía «La muerte del sol», tenía la sensación de que me había metido en una sauna metafórica: al principio parecía que me iba a relajar, pero pronto me di cuenta de que estaba sudando existencialismo por todos los poros. Yan Lianke parece que es experto en convertir lo surrealista en costumbre y lo trágico en rutina. Aquí nos lanza de cabeza a un pueblecito chino donde la gente decide encerrarse para protegerse… y, sorpresa, acaba todo bastante mal. ¡Quién lo hubiera imaginado!

La novela combina realismo mágico con un sentido del humor tan negro que a veces te ríes y enseguida te preguntas si deberías sentirte mal por hacerlo. Porque aquí, mientras el sol literalmente parece rendirse y la cordura colectiva hace las maletas, lo que brilla (cuando no está muriéndose el astro rey) es la crítica feroz: al aislamiento, a la represión, y a esa cabezonería humana de creer que si ignoras un problema lo resuelves por arte de magia.

Lianke no se corta un pelo: sus personajes son entrañables y patéticos a partes iguales, como nosotros cuando intentamos organizar una reunión familiar sin acabar a gritos. La prosa es elegante y cargada de simbolismos, pero no dejes que eso te engañe: debajo hay una bomba de relojería sobre el poder, la ceguera ideológica y lo absurdo de la condición humana.

En resumen, «La muerte del sol» no es una lectura ligera para la playa (a menos que te guste torturarte bajo el sol moribundo), pero es una obra brillante, incómoda y tremendamente lúcida. Yan Lianke consigue, una vez más, hacernos reír un poco, llorar bastante y, sobre todo, replantearnos si no estamos todos, de algún modo, encerrados en nuestro propio pueblito absurdo. ¡Quiero más Lianke!