dÉpoca | Susanna González | 2022 | 270 págs.
#NovelaNegra #ReinoUnido #1936
— Siempre he querido una asistenta que evite que mis mascotas se amolden unas a otras.
— ¿Qué se amolden, lady Penmore?
— Sí; el canario cabe dentro del gato y el gato cabe dentro del perro.
El enigma Dartmoor, Basil Thomson
Hay algo casi terapéutico en dejarse arrastrar por una novela policíaca británica de principios del siglo XX: esas tardes grises, la lluvia golpeando los cristales, y alguien –generalmente un desgraciado con secretos—apareciendo muerto en un lugar remoto. «El enigma Dartmoor», de Basil Thomson, cumple con todos esos requisitos y añade un plus: un inspector jefe que no tiene prisa, pero tampoco pierde el norte, y un crimen que parece sacado directamente del manual «cómo complicarle la vida a la policía».
La historia empieza, como no podía ser de otra manera, con un cadáver. Hasta aquí, todo normal. Pero ojo: no cualquier cadáver. Estamos hablando de una mujer hallada en medio de Dartmoor, ese páramo inglés que ya de por sí da mal rollo sin necesidad de asesinatos. Uno esperaría fantasmas, lobos, quizá un sabueso infernal (hola, Conan Doyle), pero Thomson nos planta un misterio mucho más terrenal y, por tanto, más inquietante: ¿quién la mató y, sobre todo, por qué diablos fue a morir en un sitio tan incómodo?
El inspector jefe Richardson, que viene siendo el Poirot de Thomson pero sin las manías belgas ni el bigote de competencia olímpica, se hace cargo del caso. Richardson es un tipo práctico: no pierde el tiempo con intuiciones esotéricas ni con flirteos dramáticos con las sospechosas. Lo suyo es el método, la deducción fría y, por qué no decirlo, un talento especial para aguantar a toda una galería de personajes que mienten más que hablan.
Y aquí está una de las fortalezas (y, según se mire, también una de las pequeñas torturas) de «El enigma Dartmoor»: los personajes secundarios. Todos tienen algo que ocultar, todos tienen coartadas más o menos sospechosas, y todos parecen sacados de un catálogo de estereotipos british deliciosamente anticuados. Tenemos al campesino hosco, la dama de sociedad con secretos inconfesables, el criado que escucha detrás de las puertas… un desfile que haría las delicias de Agatha Christie, pero que aquí se presenta sin esos giros melodramáticos tan característicos de ella. Thomson es más sobrio, más contenido, más… británico, si cabe.
¿La ambientación? De matrícula. Dartmoor no es solo un decorado, sino un personaje en sí mismo: nieblas espesas, caminos que desaparecen entre las zarzas, y ese clima que hace que uno agradezca no ser inglés. Thomson sabe jugar con esos elementos y consigue que cada página huela a humedad y peligro. Ideal para leer con una manta y una taza de té (negro, por supuesto).
En cuanto al estilo, Thomson no se anda con florituras. Nada de largas descripciones poéticas ni monólogos internos que se pierdan en divagaciones filosóficas. Aquí lo que hay es un caso y un detective que hace su trabajo sin aspavientos. Algunos podrán decir que esto lo hace menos emocionante, pero yo diría que es precisamente esa sequedad, esa falta de dramatismo gratuito, lo que le da su encanto. Uno lee a Thomson no para que le exploten los nervios en cada página, sino para disfrutar de una investigación sólida, lógica, casi terapéutica en su precisión.
¿Y el final? Pues mire usted, satisfactorio. Nada de resoluciones que caen del cielo ni asesinos que confiesan porque les ha dado la ventolera. Thomson cierra el caso como debe ser: con pruebas, deducciones y ese toque de sobriedad que hace que, al terminar el libro, uno sienta que ha presenciado una verdadera investigación policial y no un truco de prestidigitador.
En resumen, «El enigma Dartmoor» es como ese amigo callado pero fiable, que no brilla en las fiestas, pero siempre está ahí cuando más lo necesitas. Una novela policíaca clásica, sin estridencias, que ofrece exactamente lo que promete: un buen misterio, un escenario inolvidable y una resolución lógica. ¿Emocionante? No en el sentido más explosivo. ¿Satisfactoria? Mucho. Ideal para quienes disfrutan de la vieja escuela y no necesitan un cadáver en cada capítulo para mantenerse enganchados.
Y si al terminar la lectura le entran ganas de visitar Dartmoor… piénselo dos veces. Mejor quedarse en casa, con la manta y otro té.