De Conatus | Nórdica | Cristina Gómez | 2023 | 112 págs.
#Narrativa #Noruega #2023
Las personas desaparecen mientras que las cosas permanecen
Mañana y tarde, Jon Fosse
Leer «Mañana y tarde» de Jon Fosse es como sentarse en una barca desvencijada en un lago de niebla espesa: no estás muy seguro de hacia dónde vas, pero, extrañamente, tampoco tienes prisa. El propio Fosse, con esa prosa suya tan hipnótica, tan de quedarse mirando una mancha en la pared durante horas, consigue que acompañemos a Johannes, nuestro protagonista, desde el primer suspiro hasta el último (literalmente), en una especie de excursión metafísica donde nada —y todo— ocurre.
Debo decir, antes de seguir, que este ha sido mi primer libro de Jon Fosse, el reciente ganador del Nobel. Me lancé a leerlo con una mezcla de respeto reverencial y curiosidad morbosa, como quien prueba un plato raro recomendado por un chef estrellado. Y no voy a mentir: al principio me ha chocado su narrativa. Esa forma de repetir frases, de dar vueltas sobre sí mismo como un niño mareándose en un parque, me dejó preguntándome si el señor Fosse me estaba gastando una broma noruega. Me costó engancharme. Me costó acostumbrarme a esa marea de palabras pausadas y frases medio susurradas.
Pero, como suele pasar con las cosas buenas, acabé entrando en su ritmo. Dejé de luchar contra la corriente y, de repente, algo hizo clic. Y cuando hizo clic, el libro me encantó. Tanto, que ahora mismo ya estoy planeando qué otras obras suyas quiero leer.
Volviendo a «Mañana y tarde»: el libro empieza con el nacimiento de Johannes, narrado con ese ritmo lento, casi ritual, que nos prepara para lo que viene: una larga meditación sobre la vida, la muerte y lo que hay entre medias (espóiler: no mucho más que pensar y caminar). Luego saltamos directamente al otro extremo: Johannes está mayor, algo confundido, y empieza a sospechar que las cosas no son del todo normales, aunque tampoco se alarma mucho. Ya sabéis, noruegos.
Lo brillante de «Mañana y tarde» no es la trama —básicamente, un hombre dándose cuenta de que ha muerto mientras va paseando—, sino cómo Fosse convierte esa revelación en algo casi doméstico, como darse cuenta de que has dejado una ventana abierta. De repente, aparece Peter, su viejo amigo, y le suelta, con la naturalidad de quien comenta el tiempo:
Ahora tú también estás muerto, Johannes, dice Peter Te moriste esta mañana, dice Y como yo era tu mejor amigo, me enviaron a recogerte, dice Pero ¿por qué hemos pescado cangrejos? dice Johannes Tenías que desacostumbrarte a la vida, algo teníamos que hacer, dice Peter Conque es así, dice Johannes Así es, dice Peter
Nada como una buena cangrejada para preparar el espíritu para la eternidad.
Y aquí es donde Jon Fosse, el maestro de los silencios, de las pausas y las repeticiones, consigue atraparnos: porque sí, su estilo puede llegar a ser desesperante si uno entra buscando acción trepidante o diálogos chispeantes. Pero si decides dejarte arrastrar por su corriente lenta y a veces desorientada, descubres algo profundamente humano y extrañamente reconfortante. La muerte, en el universo de Fosse, no es un drama, sino un paso más, ligeramente absurdo, tan cotidiano como olvidarse de por qué entraste en una habitación.
Además, el retrato de la divinidad que hace Fosse a través de Olai, el padre de Johannes, es de una sabiduría descreída que sólo puede venir de alguien que ha pasado largas horas mirando la lluvia caer:
Existe un Dios, sin duda, piensa Olai. Pero está muy lejos, y muy cerca, aquí mismo está. Y no es ni omnisciente ni omnipotente. (…) No cabe duda de que se despistó mientras creaba el mundo, piensa Olai…
Una imagen divina que combina presencia, ausencia y una pizca de despiste cósmico. No puedes evitar sonreír y pensar: bueno, eso explica muchas cosas.
«Mañana y tarde» no es un libro para todo el mundo. Si uno entra con la energía de quien abre una lata de refresco buscando burbujas y estruendo, se va a encontrar con un vaso de agua tibia servido con mucha solemnidad. Pero si entras sabiendo que vas a escuchar el sonido de los remos en el agua, que vas a perder la noción del tiempo y que puede que ni siquiera llegues a ninguna parte concreta, entonces, amigo mío, estás en el lugar correcto.
Como resumen, Jon Fosse ha escrito un libro donde no pasa nada y, al mismo tiempo, pasa todo. Y lo hace con una sencillez y una ternura casi cósmicas. Perfecto para leer en una tarde tranquila… o en el purgatorio, mientras esperas a que te vengan a recoger para pescar cangrejos.
Y yo, que empecé dudando, he terminado rendido ante el nuevo ganador del premio Nobel. Quiero más Fosse. Mucho más.