«Mariana», Monica Dickens

Puntuación: 4 de 5.

El olor a sábanas limpias le recordó a lo que de niña llamaba el «olor a Charbury». Era lo primero que se percibía al entrar por la puerta principal, una mezcla indefinible de todas las cosas aromáticas de la casa: rosas, humo de leña, suelos encerados, pan y lavanda guardada entre la antigua ropa de cama. Solo se notaba al principio, al llegar de Londres. Unos días después se convertía en parte del propio yo campestre, como las prendas viejas de vestir, los rasguños en las rodillas y despertarse los sábados por el ruido que hacían los jardineros al barrer el camino de grava con escobas de retama

Mariana, Monica Dickens

Leer «Mariana», la primera novela de Monica Dickens —bisnieta de Charles Dickens—, es como sumergirse en un álbum de fotos de la vida interior de una joven británica con aspiraciones (y desilusiones) perfectamente humanas. Es 1940, el mundo está al borde del abismo, y Mary Shannon —nuestra protagonista— espera en una casa de campo inglesa alguna noticia sobre su marido, cuya vida pende de un hilo en plena guerra. ¿Y qué decide hacer? Lo más razonable: repasar su vida entera. Porque si algo hace bien Monica Dickens en esta novela es hacernos ver cómo, cuando todo parece colapsar, la memoria puede convertirse en refugio, o incluso en arma de resistencia.

La estructura de la novela es sencilla, pero tremendamente eficaz: un flashback monumental que se despliega desde la infancia de Mary hasta ese presente tenso, sin que sepamos durante casi todo el libro quién es ese esposo al que teme haber perdido. ¿Una excusa para crear suspense romántico? Sin duda. ¿Funciona? Como un reloj suizo (aunque uno bastante sentimental y con una leve tendencia al melodrama encantador).

Mary Shannon es, desde niña, una mezcla perfecta de ingenuidad, sensibilidad, torpeza y dignidad silenciosa. Criada entre adultos excéntricos, escuelas decepcionantes y veranos dorados en Charbury (una casa de campo tan arquetípica que uno puede oler el pasto húmedo entre las páginas), Mary no es tanto una heroína como una antiheroína encantadora. Se enamora con facilidad, tropieza con frecuencia, quiere ser actriz (y no se le da del todo bien), luego diseñadora (peor todavía), y termina —como muchas mujeres de su tiempo— buscando algo que dé sentido a su vida en un mundo que no se lo pone nada fácil.

Dickens, con su humor afilado, se burla de las pretensiones, de las convenciones sociales y —por encima de todo— de las tragedias domésticas disfrazadas de épica. Si Jane Austen y Nancy Mitford tuvieran una hija literaria ligeramente más melancólica, probablemente sería esta novela.

Uno de los temas centrales es la evolución emocional y psicológica de Mary, quien pasa de ser una niña que adora a su familia y quiere hacer el bien, a una joven insegura que busca desesperadamente su lugar en el mundo. Hay momentos en que su dolor es tan vívido que nos deja sin aire. Como cuando escribe:

En algunos momentos de la vida, cuando el dolor o la incomodidad física son tan grandes que anulan todas las demás sensaciones, uno deja de vivir y solo existe.

No es poca cosa para una novela que, en la superficie, parece ligera. Dickens se permite el lujo de tocar con gracia la soledad, la identidad, el fracaso, la maternidad frustrada, y hasta los peligros de enamorarse de hombres cuyo principal atractivo es que son un desastre con cara bonita.

Y, sin embargo, «Mariana» nunca se hunde en el drama. Hay una sabiduría que se asoma en los momentos menos esperados. Como ese consejo que la tía Lou da a Mary, digno de ser bordado y colgado en cualquier pared:

¡Por Dios, no te tomes la vida tan en serio, pase lo que pase! Tienes que sacarle el jugo a cada minuto; lo comprenderás cuando seas tan vieja que ya no puedas disfrutarla como ahora.

Y aquí está el truco maestro de Dickens: nos hace reír cuando Mary fracasa (y fracasa mucho), nos hace rodar los ojos cuando se enamora de idiotas, y luego —sin darnos cuenta— nos lanza una frase que nos desarma por completo. Porque lo que realmente nos está contando es cómo se forma una mujer. Cómo se sobrevive al ridículo, a la pérdida, a los sueños frustrados. Cómo la soledad puede ser una fuerza, no una debilidad:

Mary oía a menudo la expresión: No soporto estar sola, y nunca llegó a entenderla. Toda su vida había necesitado refugiarse en la soledad de vez en cuando, y ahora más que nunca.

Dickens escribe con un tono íntimo, irónico y profundamente empático. No pretende dar lecciones, pero su prosa rebosa humanidad. «Mariana» no es un manifiesto feminista (aunque tiene mucho de ello, a su manera discreta), ni una novela política, ni un canto épico a la juventud. Es más bien un mapa emocional de lo que significa ser joven, ser mujer y equivocarse sin perder el alma en el intento.

En resumen, si te gustan las historias con sabor a vida vivida, con personajes que no son heroicos pero sí honestos, y con una voz narrativa que combina melancolía y sarcasmo como quien mezcla ginebra y tónica, «Mariana» es una joya olvidada que merece una lectura lenta, con una taza de té al lado —o una copa de vino, según el tipo de día que estés teniendo.

Porque como Mary, todos necesitamos de vez en cuando mirar atrás, reírnos de lo que fuimos… y seguir adelante, renacuajos sin cabeza y todo.