Valdemar | Marta Lila | 2023 | 320 págs.
#Western #EstadosUnidos #1977
Sé trabajadora como la araña, sabia como la tortuga, alegre cómo la alondra.
Mujer búfalo, Dorothy M. Johnson
Al oír novela del Oeste, lo primero que le viene a la cabeza a la gente es que trata de tiroteos, tabernas llenas de humo, hombres rudos con nombres como Buck o Tom, y mujeres de mirada dulce y papel decorativo. «Mujer búfalo» no es una de ellas. Lo cierto es que ninguna de las novelas de la colección Frontera de la editorial Valdemar son así. Pero en especial las novelas de Dorothy M. Johnson. Gracias al cielo que Johnson se atrevió a romper la norma cuando nadie más se molestaba en hacerlo. Johnson, que ya había desafiado al canon en Un hombre llamado Caballo, se mete aquí en terreno aún más pantanoso: el alma de una mujer indígena en tierra de nadie. Literalmente.
La protagonista, Teal Eye (que no es un apodo exótico para vender perfumes, sino su nombre real), es una joven de la tribu pies negros. A lo largo de la historia la veremos pasar por un catálogo bastante desagradable de experiencias: es capturada por un grupo de hombres blancos, tratada más como equipaje que como persona, y finalmente «entregada» como esposa —sin preguntarle, claro— a Jim Deakins, un cazador con más instinto de supervivencia que habilidades sociales. Si esto ya te pone los pelos de punta, bienvenido a la frontera del siglo XIX.
Y, sin embargo, «Mujer búfalo» no es una novela sobre el sufrimiento pasivo. Es una historia de resistencia silenciosa, de observación, de dignidad sostenida incluso cuando el mundo alrededor se cae a pedazos. Teal Eye no grita, no golpea la mesa, no suelta discursos empoderados (no es ese tipo de novela). Pero cada decisión suya, cada silencio, cada paso dado en dirección contraria al rumbo que otros han elegido por ella, está cargado de una fuerza que desarma.
La novela se construye como un relato cronológico bastante contenido —Johnson no se anda con rodeos— pero que va transformando el foco emocional desde la mirada blanca del principio hacia el universo interior de Teal Eye. Es una especie de western revisionista comprimido en unas pocas páginas, que funciona como crítica social disfrazada de historia de aventuras.
La narración en tercera persona es seca, casi neutra, como si Johnson estuviera jugando a no meterse demasiado… pero lo hace, por supuesto. Hay una ironía constante en cómo se describen las acciones masculinas, especialmente las de Jim, que cree estar haciendo lo correcto cuando en realidad va tropezando con su ignorancia y su paternalismo como quien pisa charcos con botas nuevas.
Johnson escribe como quien corta madera: sin florituras, con precisión y con respeto por el material. Su prosa no necesita adornarse para dejarte helado. Lo que no dice, lo dice el silencio. Y en esta novela, los silencios son más elocuentes que cualquier monólogo interior. De hecho, los diálogos son escasos, los malentendidos son frecuentes, y la barrera del idioma se convierte en un protagonista más. Esto, lejos de ser un obstáculo, es una de las mayores virtudes del libro: la incomunicación como forma de explorar la otredad.
Jim Deakins, el cazador de búfalos y héroe a su pesar, empieza siendo un hombre con buenas intenciones, lo que en el siglo XIX era una excusa muy útil para ser condescendiente. Cree que está «salvando» a Teal Eye, como si ella fuera un animal herido que necesita cuidados. Lo fascinante es que a lo largo del relato empieza a intuir —a regañadientes, claro— que no está a la altura, que no la entiende, que su visión del mundo es tan limitada como su vocabulario emocional. Y eso, en el universo masculino del western, ya es un milagro de desarrollo personal.
Pero la joya de la corona es, sin duda, Teal Eye. Su evolución es más bien una revelación: no cambia, sino que se revela al lector poco a poco. Johnson se niega a occidentalizar su psicología. Teal Eye no quiere ser rescatada, no quiere casarse, no quiere aprender inglés, ni explicar sus sentimientos al lector blanco. Quiere vivir. Y quiere volver. Así de simple. Así de radical.
La tensión entre ambos personajes no es romántica ni heroica, es existencial. Cada uno vive en un universo simbólico distinto, y Johnson retrata eso con una maestría desarmante. Cuando Teal Eye finalmente toma sus decisiones, lo hace sin ceremonia. Como todo en esta novela, la revolución viene sin fuegos artificiales.
Entre los muchos hilos que «Mujer búfalo» entreteje con una precisión que asusta, destaca una crítica feroz —pero contenida— al colonialismo y la apropiación cultural. Johnson no necesita levantar la voz ni recurrir a grandes declaraciones: le basta con mostrar, con la crudeza de los hechos, cómo el mundo blanco impone sus reglas con la firme convicción de estar haciendo lo correcto, sin detenerse a entender, y mucho menos a respetar, aquello que arrasa en el camino. Es un relato donde la imposición no viene solo por la fuerza, sino por la estructura misma de lo que se da por sentado: el idioma, las normas sociales, el concepto de propiedad, incluso el amor romántico. Todo en esta historia funciona como una maquinaria civilizadora que no sabe que está aplastando.
El lenguaje, en este sentido, no es un puente entre culturas sino una trinchera. Teal Eye y Jim no se entienden, literalmente. Y esa incomprensión se convierte en símbolo: el idioma del otro es un misterio, pero también una cárcel. Nadie traduce correctamente, nadie explica del todo, y lo que se cree entendido está, en realidad, lleno de grietas. Johnson utiliza este silencio, esta barrera lingüística, como una forma de mostrarnos que el verdadero abismo entre sus personajes no es físico, sino simbólico. Lo que no se dice es, muchas veces, lo más brutal.
Pero si hay algo realmente poderoso en la novela, es cómo Johnson convierte a la mujer indígena en sujeto. Teal Eye no es ni víctima decorativa ni musa pasiva; es una presencia que incomoda precisamente porque se escapa de las categorías con las que el mundo blanco intenta definirla. No es salvaje, ni sumisa, ni domesticable. Es alguien con deseos propios, con lealtades que el lector no siempre comprende, con una lógica interna que no necesita ser explicada para ser legítima. Frente a ella, el mito del héroe blanco se desmorona sin necesidad de que nadie le empuje. Jim, que empieza creyendo que es el salvador de la situación, acaba reducido a un hombre que no entiende nada, y que, por una vez, tiene la decencia de admitirlo.
Al final, lo que brilla con más fuerza en «Mujer búfalo» es esa libertad interior que se impone, a pesar de todo, frente a la dominación simbólica. Teal Eye no tiene armas, ni aliados, ni discursos. Pero tiene algo aún más subversivo: una voluntad intacta. Y con eso, Johnson nos recuerda que la verdadera resistencia no siempre grita. A veces, simplemente se va caminando, en dirección contraria.
Para concluir, «Mujer búfalo» es un relato que te desmonta sin levantar la voz. Te hace reír con amargura (sobre todo cuando los hombres piensan que están siendo nobles), te incomoda con su honestidad y te deja pensando en todo lo que no dijo. Es una obra breve, sí, pero más incisiva que muchas novelas de quinientas páginas.
Si esperas un western clásico con caballos galopando al atardecer y discursos heroicos, sal corriendo. Pero si estás dispuesto a adentrarte en el lado incómodo, bello y feroz del Oeste —el de los silencios, la alteridad, la lucha invisible—, esta novela es un puñetazo suave pero certero en el estómago.
Y Teal Eye, sin decir ni una palabra de más, probablemente ya se haya marchado mientras tú aún estás tratando de entender lo que pasó. Como debe ser.