Acantilado | Anagrama | Núria Petit | 2023 | 168 págs.
#NovelaNegra #Bélgica #1950
No opinaba nada. La miraba, con los ojos un poco enturbiados y el sol jugando entre los dos. Una sonrisa vaga flotaba en sus labios —la señora Maigret habría dicho que estaba alelado— mientras se preguntaba, sin tomarse nada a lo trágico, como en un juego, si era posible desmontar a una mujer como aquélla.
Maigret y la vieja dama, Georges Simenon
Confieso que tengo debilidad por el comisario Maigret. Ese señor corpulento, silencioso, que fuma en pipa como si de ello dependiera el equilibrio emocional del universo y que resuelve asesinatos no por deducción lógica al estilo de Sherlock Holmes, sino más bien por una especie de compasión empática que lo lleva a meterse en la piel de los sospechosos como si fuera un actor de método venido a menos. Pues bien, en «Maigret y la vieja dama», Georges Simenon nos regala una de las historias más deliciosamente ambiguas y entrañables de la saga, con un crimen discreto, una sospechosa de 82 años y un mar de pequeños detalles que nos hacen cuestionar si lo que importa es quien mató a quién… o por qué la gente llega a un punto en que ya ni se molesta en esconder sus miserias.
Todo comienza en Étretat, esa localidad normanda tan pacífica que parece sacada de un catálogo turístico para jubilados franceses con buen gusto. Maigret es llamado por la señora Valentine Besson, una dama de la alta burguesía que, a sus más de ochenta años, sigue moviéndose con un bastón, un carácter de acero y una lengua más afilada que una hoja de afeitar. Su doncella ha muerto tras beber de una botella de agua que, casualmente, estaba destinada a la señora Besson. ¿Ha intentado alguien asesinar a esta matriarca formidable? ¿O acaso hay alguien más sediento de justicia (o de herencia) en esa mansión vetusta donde todos parecen odiarse educadamente?
Lo que podría parecer un típico misterio doméstico rápidamente se transforma en un retrato ácido de una familia en decadencia, con hijos y nueras que desfilan por la historia, dejando una estela de egoísmo, aburrimiento y reproches. Y ahí está Maigret, tragándose su coñac en silencio, observando con esa paciencia bovina que lo caracteriza, como si esperara que todos los personajes, por pura vergüenza existencial, acabaran confesando sus pecados sin necesidad de ser interrogados.
Lo que más me fascina de Simenon es que, en realidad, no escribe novelas policiacas. O mejor dicho: sí lo hace, pero usa el crimen como excusa para diseccionar almas. Aquí no hay persecuciones trepidantes, ni giros imposibles de guion. Lo que hay es una narración sobria, casi minimalista, que se detiene en lo que realmente le interesa al autor: los gestos, los silencios, la forma en que una persona baja la mirada cuando miente o el modo en que una anciana manipula a su familia con la misma habilidad con que dobla las servilletas de lino.
La estructura de la novela es lineal y bastante sencilla. Maigret llega, observa, pregunta poco, fuma mucho, y al final, como si todo fuera evidente desde el principio (que no lo es), resuelve el caso. Pero el verdadero placer está en el camino: en las conversaciones sutiles, las descripciones precisas y ese tono tan típicamente simenoniano donde lo trágico y lo ridículo se entrelazan como los hilos de una colcha vieja.
Valentine Besson es, sin duda, el alma de la novela. Una señora mayor que ha visto demasiado mundo como para fingir que le interesa lo que dicen sus propios hijos. Se mueve entre el cinismo y la lucidez, y su carácter domina cada escena. No es la víctima (aunque lo intenta), ni la culpable (aunque uno llega a desear que lo fuera), sino más bien el eje alrededor del cual gira toda esa familia patéticamente humana. Su hija Arlette, que se pasea como una sombra resentida; su yerno que parece arrastrar un tedio existencial del tamaño de Normandía; y la pobre criada que muere sin hacer mucho ruido, son parte del cuadro familiar desmoronado que Simenon pinta con mano firme y sin sentimentalismos.
Y luego está Maigret. Ay, Maigret. Nunca cambia. Siempre entra en las casas como si no quisiera molestar, y termina descubriendo los secretos más sucios escondidos bajo la alfombra. Su evolución es casi inexistente, pero esa es precisamente su fuerza. Maigret es una constante moral en un mundo en ruinas. Observa, entiende, y rara vez juzga. El psicólogo de barrio que todos querríamos tener cerca, si no fuera, porque su sola presencia sugiere que, probablemente, alguien ha sido envenenado.
«Maigret y la vieja dama» es una novela sobre la vejez, la hipocresía familiar, y el modo en que las personas se acomodan a la mediocridad moral con una naturalidad pasmosa. No hay grandes revelaciones ni discursos filosóficos, pero cada página destila una melancolía lúcida: el amor que se enfría, la familia que ya no sabe cómo hablarse, la soledad envuelta en costumbres de salón. El crimen, al final, es solo un reflejo de lo que todos los personajes llevan dentro: un cansancio vital que apenas disimulan.
Si buscas una novela policiaca repleta de acción, tiroteos y giros que te dejen sin aliento, esta no es tu lectura. Pero si te interesa asomarte a la psicología humana a través de una historia breve, ágil y punzante, «Maigret y la vieja dama» es una pequeña joya. No resuelve el misterio de la vida, pero te deja con la sospecha de que todos, en algún momento, podríamos acabar encerrados en una mansión normanda con una botella sospechosa de agua mineral y demasiadas cuentas emocionales pendientes.
Y si no te convence nada de esto, al menos te aseguro que pasarás un rato agradable leyendo a uno de los personajes más carismáticos de la novela negra europea. Con pipa, por supuesto.