Booket | Peraire del Molino | 2025 | 224 págs.
#NovelaNegra #ReinoUnido #1955
Hercule Poirot frunció el entrecejo.
— Miss Lemon.
— Diga, monsieur Poirot.
— En esta carta hay tres errores.
Su voz mostraba incredulidad. Miss Lemon, aquella mujer antipática pero eficiente, jamás cometía errores. Nunca estaba enferma, cansada contrariada ni desacertada. A todos los efectos prácticos no era una mujer, sino una máquina :la perfecta secretaria. Lo sabía todo, lo resolvía todo.
Asesinato en la calle Hickory, Agatha Christie
Hay quienes dicen que el crimen perfecto no existe. Agatha Christie, en cambio, parece haber hecho carrera intentando demostrar lo contrario. Y en «Asesinato en la calle Hickory», lo intenta de nuevo… con una mezcla tan peculiar de objetos robados, estudiantes neuróticos y medias desapareadas, que uno empieza a sospechar que el asesino no es el culpable más peligroso, sino la decoradora de interiores de la residencia estudiantil.
La historia se desarrolla en una casa de estudiantes en Londres, dirigida por la carismática (y algo sospechosamente eficiente) Mrs. Hubbard. Todo va razonablemente bien —si uno no cuenta con el caos habitual de veinteañeros encerrados con sus respectivas neurosis, egos y agendas secretas— hasta que una serie de robos ridículos empiezan a inquietar a Miss Lemon, la infalible secretaria de Hercule Poirot. Y digo «infalible» con ironía, porque aquí la vemos tan distraída que comete errores mecanográficos. ¡Errores! ¡Ella! ¡La mujer que debe de tener la mente más cuadriculada al este del Támesis!
Esto, claro, es una señal de que algo anda realmente mal, y no solo en el mundo de la ortografía. Cuando Poirot se entera de que en casa de la hermana de Miss Lemon están desapareciendo cosas como una pantufla, una lámpara rota, un broche y, sí, una media, se le activa el bigote detector de problemas. Porque en el universo Christie, donde cada detalle importa, si una media desaparece, no es porque alguien tenga frío en un pie: es porque alguien va a terminar con un puñal en la espalda.
Y efectivamente, no tarda en aparecer el primer cadáver. A partir de aquí, el caos se desata como en una obra de teatro donde cada personaje tiene algo que ocultar (porque lo tiene), y Poirot hace lo que mejor sabe: sentarse con expresión altiva, hacer preguntas aparentemente inofensivas y luego desenmascarar a todos como si estuviera en un programa de talentos para asesinos.
Christie no se anda con rodeos. Como en muchas de sus novelas, presenta los hechos con una engañosa simplicidad. El estilo es claro, directo, y con esa economía de palabras que, si no conocieras su astucia, te haría pensar que estás leyendo algo inocente. Pero no: todo lo que parece trivial es clave. Desde una discusión sobre cómo hervir espaguetis hasta el número de veces que un estudiante pestañea frente a Poirot, todo tiene una intención, una sombra, una amenaza escondida entre líneas.
La estructura juega con la expectativa clásica del «whodunit»: se introduce el misterio, se presentan los sospechosos, se lanzan pistas falsas como si fueran confeti, y al final Poirot se pone de pie, junta las manos como si rezara a los dioses del crimen, y expone la verdad. Pero en «Asesinato en la calle Hickory» hay algo más caótico, menos pulcro que en otras novelas suyas. Tal vez es el ambiente estudiantil, lleno de pasiones, rebeldía, y personajes que parecen más emocionales que racionales. O tal vez es que incluso Christie se estaba divirtiendo un poco más de lo habitual, haciendo malabares con personajes de todas las nacionalidades y tramas paralelas que rozan el espionaje internacional.
Como siempre, Christie no desperdicia espacio con psicología de manual. No, no hay monólogos interiores de veinte páginas ni sueños simbólicos. Pero cada personaje tiene pequeños gestos, reacciones o detalles que revelan su carácter. Lo que hace que los lectores atentos disfruten como Poirot cuando nota que alguien se pone nervioso al ver una botella vacía.
Resumiendo, «Asesinato en la calle Hickory» no es la novela más famosa de Agatha Christie, pero tiene una personalidad encantadora. Es como ese primo raro en las reuniones familiares: puede que no destaque a primera vista, pero tiene las mejores historias, las más turbias anécdotas, y un talento particular para señalar al asesino entre risas.
Es una novela entretenida, con giros inesperados, diálogos ágiles y un Poirot en forma, afilado como su bigote. Si te gusta el crimen envuelto en humor británico, tensión psicológica y un toque de caos estudiantil, esta novela te va a dar más de una satisfacción.