«La felicidad conyugal», Lev Tolstói

Puntuación: 5 de 5.

Su eterna tranquilidad me irritaba. No es que lo amara menos que antes, ni que fuera menos feliz que antes con su amor; pero mi amor se estancó, ya no crecía, y amén del amor, un sentimiento desasosegado, nuevo para mí, comenzó a infiltrarse en mi alma. Me parecía poco amar una vez conocida la felicidad de amarlo. Quería inquietudes, peligros y sacrificio en aras del sentimiento. Había un exceso de energía en mí que no encontraba lugar en nuestra vida apacible.

La felicidad conyugal, Lev Tolstói

Ah, el amor. Ese fuego que arde, quema y —como aprenderás si lees esta novela— a veces simplemente se apaga, dejando una tibieza que apenas alcanza para calentar el desayuno. «La felicidad conyugal», esa pequeña gran obra que León Tolstói publicó a mediados del siglo XIX, es un estudio de caso sobre el deterioro paulatino del romanticismo, disfrazado de relato sentimental. O, mejor dicho, sobre la lenta pero segura descomposición del «felices para siempre».

La historia comienza con nuestra protagonista y narradora, María Aleksándrovna —o Masha, como la llaman todos—, una jovencita huérfana que se enamora perdidamente de su tutor: Serguéi Mijáilovich, un hombre mucho mayor, tranquilo, reflexivo, y básicamente el equivalente ruso a un té de tilo con una mantita en las rodillas. ¿Qué puede salir mal? Pues bastante.

El inicio de la novela es como una taza de chocolate caliente con nata: Masha lo idealiza todo, a él, al amor, a su futuro.

¡Amar! ¡Acaso es posible no amar! ¡Sin amor no hay vida! Hacer de la vida una novela es lo único que vale la pena.

Dice Masha, completamente embriagada por la pasión adolescente y por una visión del amor que, como es natural, ha sacado más de los libros que de la vida real. La relación comienza como una historia romántica clásica: él es paciente y protector, ella se siente admirada, especial, el centro de su mundo. Nos prometen amor eterno, ternura, comprensión mutua. Alerta espóiler (que no lo es tanto para los adultos): dura poco.

A través de una narración en primera persona —lo cual es un gran acierto, porque permite ver cómo Masha evoluciona (o involuciona, según se mire)— vamos asistiendo al desarrollo y posterior derrumbe del matrimonio. La estructura es lineal y aparentemente sencilla, pero lo interesante está en los matices: Tolstói no grita, susurra. Y lo hace con una precisión quirúrgica en la descripción emocional. Nada de escenas escandalosas ni rupturas dramáticas: aquí lo que hay es una lenta deriva afectiva, como un barco que se va alejando de la costa sin que nadie lo note hasta que ya está demasiado lejos para nadar de vuelta.

Masha, que al principio cree que su vida ha llegado al clímax romántico absoluto, pronto descubre que hay vida más allá del samovar y la mantita. Empieza a salir, a frecuentar la sociedad, a interesarse por el mundo más allá del sofá con bordado. Y ahí comienza el declive. Una de las citas más demoledoras del libro lo resume todo con una frialdad brutal:

Para cada uno de nosotros fueron surgiendo nuevos intereses, nuevas preocupaciones propias que ya no intentábamos hacer comunes. Dejó de inquietarnos que cada uno de nosotros tuviese un mundo propio, ajeno al mundo del otro.

El estilo de Tolstói aquí es menos grandilocuente que en «Guerra y paz» o «Anna Karénina», pero igualmente punzante. No necesita muchas páginas para dejarte con el corazón encogido. Utiliza un lenguaje sobrio, melancólico, con un humor muy fino que se cuela entre líneas, como una risa resignada ante lo inevitable. La ironía está en los contrastes: entre el amor idealizado y el amor real, entre la juventud de Masha y la serenidad casi inmóvil de Serguéi, entre lo que se sueña y lo que se vive. Es una novela de silencios, de miradas que no se cruzan, de habitaciones separadas (emocionalmente, al principio; no descarto que también físicamente más adelante).

Uno de los momentos más cínicos y geniales es cuando Masha habla de su maternidad:

Al principio, el instinto maternal se apoderó de mí con tanta fuerza y me produjo un entusiasmo tan grande que pensé que una nueva vida comenzaría para mí; pero al cabo de dos meses, cuando empecé a salir de nuevo, esa sensación, que cada vez se reducía más, acabó por convertirse en un hábito y en el frío cumplimiento de la responsabilidad.

Si eso no es el testimonio más honesto (y tristemente reconocible) de muchas maternidades modernas, no sé qué lo será. Aquí Tolstói se adelanta siglos a la literatura contemporánea de la crisis posparto.

Y por si fuera poco, también retrata con crudeza el efecto de la falta de comunicación, pero no desde el conflicto sino desde la distancia. Masha, que al principio se desespera ante la falta de sinceridad de su marido, termina resignándose:

Al principio me ofendía ese temor frente a la sinceridad, pero luego me hice a la idea de que no se trataba de falta de sinceridad, sino de la no necesidad de sinceridad.

¿Quién necesita sincerarse cuando ya no hay nada que compartir?

Para concluir, «La felicidad conyugal» es una novela breve, melancólica y cruelmente lúcida. No esperes fuegos artificiales ni declaraciones grandilocuentes al final. Es un retrato —casi un diagnóstico clínico— del desencanto, del paso del amor romántico al cariño resignado, de cómo el matrimonio puede volverse un contrato silencioso entre dos personas que simplemente han dejado de ser la prioridad del otro. ¿Es deprimente? Sí. ¿Es realista? También. ¿Vale la pena leerla? Sin duda. Sobre todo si eres de los que creen que el amor todo lo puede. Esta novela te hará replantearte esa idea… o al menos mirar de reojo a tu pareja mientras lees la última página.