dÉpoca | Susanna González | 2019 | 208 págs.
#NovelaNegra #Francia #1921
Es increíble lo insignificantes que somos al lado de las mujeres. Gracias a su extraordinario instinto, ellas perciben, presienten y predicen el devenir de los minutos venideros que permanecen en la más absoluta oscuridad incluso para el más fuerte y astuto de los hombres.
Un misterio en París, Gaston Leroux
Confieso que me lancé a leer «Un misterio en París» de Gaston Leroux con una mezcla de escepticismo y entusiasmo: escepticismo porque la novela es menos conocida que «El fantasma de la ópera» (¡vamos, esa sí que tiene marketing con máscara!), y entusiasmo porque sé de lo que es capaz Leroux cuando se pone en modo detective. Y, queridos lectores, déjenme decirles que este libro es una joyita escondida entre la hojarasca de la literatura policial clásica, donde París deja de ser la ciudad del amor para convertirse, sin miramientos, en la ciudad de los líos.
La trama: más vueltas que una rotonda sin señales
Como todo buen misterio que se precie, «Un misterio en París» comienza con… bueno, un misterio, claro. Un asesinato que nadie parece poder explicar, salvo quizás un gato con vocación de inspector o, afortunadamente, uno de los personajes más excéntricos y brillantes que Leroux pudo regalarnos. Aquí no hay fuegos artificiales ni asesinos enmascarados que cantan óperas bajo la luna. Hay pistas falsas, callejones oscuros (literal y figuradamente) y una París que huele a perfume caro y a secretos rancias.
Sin hacer demasiado espóiler —porque eso sí que no se hace, ni siquiera en una reseña irónica—, diré que el crimen parece inicialmente irresoluble. Nadie entra, nadie sale, todos juran que son inocentes, y aún así hay un cadáver más frío que la cortesía de un camarero parisino a las 6 de la mañana. ¿Cómo es posible? Ah, Leroux te lo cuenta, pero no sin antes darte mil razones para sospechar de todos. Incluso de ti. Sí, tú también podrías haberlo hecho.
Estructura y estilo: el juego del autor con el lector (y cómo caemos cada vez)
Lo que me encanta de Leroux —y me irrita con igual intensidad, como quien admira a un jugador de ajedrez que siempre le da jaque mate en dos movimientos— es cómo construye sus historias como una especie de truco de magia. Nos muestra la baraja, la mezcla, sonríe, y cuando nos queremos dar cuenta, el conejo ya está fuera del sombrero y el asesino ha sido descubierto… y nosotros aún buscando las instrucciones del truco.
La novela alterna entre una narración externa, clara y bien ritmada, y momentos de lucidez investigativa dignos del mismísimo Sherlock Holmes, pero con un toque más teatral y retorcido, al estilo francés. Porque si Conan Doyle es precisión británica, Leroux es drama con acento parisino, copa de vino en mano, y una bufanda lanzada al viento con misterio.
El estilo es ágil pero detallista, lleno de descripciones pintorescas y con un sentido del humor fino, casi burlón, que te hace sonreír incluso cuando están describiendo cómo alguien ha muerto misteriosamente en una habitación cerrada por dentro (¡una especialidad de la casa!).
Personajes: todos sospechosos, todos encantadores (o irritantes, lo mismo da)
Una de las grandes virtudes de «Un misterio en París» es su galería de personajes, todos diseñados con bisturí: el detective con pasado tormentoso y métodos poco ortodoxos, el aristócrata con cara de no haber roto un plato (pero que probablemente rompió la vajilla entera), la dama misteriosa que parece saber más de lo que dice, y el clásico personaje que solo aparece para levantar sospechas y luego desaparecer en una nube de perfume y ambigüedad.
Lo interesante es que ninguno de ellos es lo que parece, y eso no es solo una frase hecha. Leroux se divierte con nosotros como el gato con el ovillo: nos da un personaje para amar, luego lo hace sospechoso; nos da uno odioso, y luego lo humaniza con una frase, una reacción o una confesión que nos hace preguntarnos: ¿de verdad creía yo que este imbécil era el asesino?
La evolución psicológica de los personajes es lenta pero constante. A medida que el misterio avanza, se desnudan sus motivaciones, sus debilidades, sus traumas. Y aunque no todos acaban redimidos (esto no es una telenovela), sí se sienten más humanos al final, lo cual es más de lo que puedo decir de muchos thrillers modernos donde los personajes parecen cortados con molde de PowerPoint.
Temas: más allá del crimen
Aunque en la superficie es una novela detectivesca, «Un misterio en París» toca temas más hondos: la doble moral de la alta sociedad, la corrupción institucional, la fragilidad de la verdad cuando todos tienen algo que esconder. Hay una crítica sutil (y a veces no tanto) al clasismo, a las apariencias y a la forma en que el poder distorsiona la justicia.
Leroux también reflexiona sobre la obsesión por la lógica en un mundo que a menudo es ilógico, y sobre cómo el deseo de saber la verdad puede ser tan peligroso como el crimen mismo. Porque, como descubrirás si lees hasta la última página —y créeme, lo harás—, hay veces en que resolver el misterio no es lo más difícil… lo más difícil es vivir con la respuesta.
Conclusión personal (y un poco emocional, lo admito)
«Un misterio en París» no es solo una novela de crímenes, es una experiencia detectivesca con sabor a croissant envenenado. Tiene ese encanto de las novelas antiguas donde la inteligencia importa más que la violencia, y donde el autor se atreve a guiñarte un ojo entre líneas mientras te lanza al vacío de la duda.
¿Es perfecta? No. A veces se enreda en sus propios trucos, y alguna que otra descripción puede parecer más larga que el propio crimen. Pero el viaje es delicioso. Leroux logra lo que pocos: sorprender, confundir, divertir y, al final, hacerte cerrar el libro con una sonrisa torcida y esa frase inevitable: «Maldito Leroux… me engañó otra vez».