Nova | 2023 | 432 págs.
#CienciaFicción #EstadosUnidos #1985
Yo no creo en la existencia de una única verdad, pero cuando se permite la discusión de las distintas opiniones, cuando cualquier escéptico puede practicar un experimento para verificar su teoría allí tiende a surgir la verdad. Esto lo ha experimentado la ciencia en toda su historia. No es un método perfecto, pero sí el único que parece dar resultado.
Contacto, Carl Sagan
Lo primero que hay que decir de «Contacto» es que no es una novela. Bueno, sí lo es, en el sentido técnico: hay personajes, una trama, algo de tensión dramática y un final que puede leerse como catártico si uno ha tomado café suficiente. Pero lo que en realidad ha hecho Carl Sagan —sabio planetario, defensor del cosmos y azote de crédulos— es disfrazar una tesis filosófico-científica de novela, con el claro objetivo de colarnos un tratado sobre el método empírico mientras creemos que estamos leyendo ciencia ficción.
Y lo cierto es que le sale bastante bien.
La protagonista, Eleanor «Ellie» Arroway, es el vehículo de Sagan para decirnos todo lo que piensa sobre religión, ciencia, escepticismo, comunicación extraterrestre, política, sexismo en la academia, nacionalismo, y —porque ya estaba lanzado— incluso sobre el papel de las matemáticas como idioma universal. Ellie es brillante, testaruda, racional y profundamente humana. No tiene tiempo para dogmas. De hecho, en uno de sus momentos más lúcidos, le suelta a un sacerdote:
Las principales religiones de la tierra se contradicen unas a otras, y no todas pueden ser correctas. ¿Y si estuvieran todas equivocadas? […] En mi profesión, se las denomina hipótesis, no revelación ni inspiración.
Boom. Un aplauso para Ellie. Y para Sagan, que escribe como quien te lanza una taza de café caliente a la cara para despertarte del letargo místico.
La historia arranca con Ellie liderando un programa SETI en busca de señales alienígenas. Años de estática, dudas institucionales y muchos dardos académicos después, captan una señal de la estrella Vega. Pero no es un simple «Hola, humanos». No. Los extraterrestres envían un mensaje codificado, con un nivel de detalle que haría llorar de emoción al más cínico criptógrafo. Y entonces la humanidad entra en modo pánico/exaltación/conspiranoia. Políticos, científicos, militares y, cómo no, religiosos, se suben al escenario como si Sagan hubiera decidido meter a toda la humanidad en una misma sala para ver cómo reaccionamos ante el Misterio con mayúsculas.
Pero aquí viene la trampa —y la genialidad— de «Contacto»: lo extraterrestre no es lo importante. El foco real está en cómo reaccionamos nosotros, los humanos, ante lo desconocido. Qué necesitamos para creer. Qué entendemos por «prueba». Qué significa la verdad en un mundo donde la fe y el método científico compiten por darle sentido a lo que no comprendemos.
Sagan, como buen astrónomo con alma de poeta escéptico, se detiene a preguntarse —y preguntarnos— si no estamos rodeados ya de suficientes maravillas como para tener que inventar más. Ellie lo resume así:
Todos tenemos ansias de asombro […] pero pienso que no es necesario inventar historias; no hay por qué exagerar. El mundo real nos proporciona suficientes motivos de admiración y sobrecogimiento.
¡Toma ya! Como para subrayarlo con rotulador fluorescente intergaláctico.
En cuanto al estilo, hay que admitirlo: Sagan no es novelista de oficio, y se nota. A veces la narración se convierte en una conferencia extendida, y los personajes hablan como si hubieran hecho un doctorado en física cuántica, teología comparada y filosofía moral. Todo al mismo tiempo. El ritmo es irregular y hay momentos en los que uno se siente en una clase magistral más que en una aventura de ciencia ficción. Pero si uno entra en el juego, si acepta que esto es una novela con neuronas, el viaje merece la pena.
Hay también humor soterrado, momentos de ternura (¡sí, Carl Sagan era tierno cuando quería!) y un final que es como un guiño cósmico al lector: revelador, pero sin dártelo todo masticado. Porque, claro, como buen defensor del pensamiento crítico, Sagan quiere que pienses. Que dudes. Que no te lo creas todo. Ni siquiera lo que él mismo te ha contado.
Cuando cualquier escéptico puede practicar un experimento para verificar su teoría, allí tiende a surgir la verdad.
Y ahí está el corazón de «Contacto». No en los aliens, ni en la máquina, ni en los discursos en Naciones Unidas. Está en la defensa apasionada de la duda como virtud. En la idea de que el conocimiento no es una respuesta, sino un camino. Un camino que —y aquí viene la parte bonita— podemos recorrer con el telescopio en una mano y una pregunta en la otra.
¿Lo recomendaría? Sí, con entusiasmo y un par de advertencias. Si buscas acción a lo Independence Day, esto no es lo tuyo. Si te interesan los dilemas éticos, el pensamiento escéptico, las tensiones entre ciencia y religión, y si estás dispuesto a que un científico te hable desde las páginas como si fueras su alumno favorito (pero un poco lento), «Contacto» es una joya. Una novela imperfecta, sí. Pero también necesaria.
En definitiva, me ha encantado porque el cosmos es fascinante, y aunque la prosa a veces se pone densa como una estrella de neutrones, aun así, Contacto brilla. Brilla como Vega. O como una buena pregunta lanzada al cielo.