«Lonesome Dove», Larry McMurtry

Puntuación: 4.5 de 5.

El ayer se fue río abajo y ya no puedes recuperarlo.

Lonesome Dove, Larry McMurtry

Leer «Lonesome Dove» es como subirse a un caballo que no sabes montar, en dirección a un lugar que no sabes ubicar en el mapa, en compañía de dos viejos que discuten por todo, pero que, de alguna manera, se respetan profundamente. Y cuando crees que te has acostumbrado al trote, Larry McMurtry desmonta tus expectativas con una historia tan vasta como las llanuras de Texas y tan profunda como una cantimplora vacía en medio del desierto.

Esta novela, que ganó el Pulitzer en 1986 (por razones más que justificadas), no es simplemente un western. Sí, hay ganado, hay duelos, hay bandidos, y sí, se atraviesan ríos infestados de serpientes, tormentas de arena y almas desorientadas. Pero todo eso es solo el decorado. El corazón del libro está en sus personajes: en Augustus «Gus» McCrae y Woodrow F. Call, dos ex-rangers texanos que deciden llevar un rebaño desde la polvorienta y calurosa Lonesome Dove hasta las verdes (y no tan idílicas) tierras de Montana.

Gus es probablemente uno de los personajes más entrañables que me he encontrado en la literatura. Un filósofo de bar y porche, un hedonista cansado que, sin embargo, aún guarda reservas de ternura y humor para repartir. Dice cosas como:

—Seguro que disfruto mucho de la tarde —dijo Augustus—. La tarde y la mañana. Si no tuviéramos que pasar el resto del maldito día, sería mucho más feliz.

Y uno no puede evitar asentir con la cabeza, quizás con un café en mano, suspirando porque alguien entienda tan bien cómo funciona el reloj biológico de los que odiamos las obligaciones de media jornada.

Call, en cambio, es un muro. Literal. Un muro que trabaja de sol a sol, que no muestra emociones (ni siquiera cuando le lanzan amor, muerte o paternidad a la cara), y que se mueve por un sentido del deber tan inquebrantable que dan ganas de gritarle: «¡Tómate un descanso, hombre, que te va a estallar la cabeza!». Pero McMurtry nunca lo ridiculiza, porque sabe que ese tipo de rigidez también es una forma de protegerse del mundo.

Y hablando del mundo… qué lugar tan bello y tan cabrón es el Oeste en esta novela. Como dice uno de los personajes:

Es un mundo hermoso, aunque a veces lleno de dificultades.

Qué forma tan sencilla y demoledora de resumir la vida en general. McMurtry tiene esa habilidad: pone palabras a cosas que uno siempre ha sentido, pero nunca supo nombrar.

La novela está plagada de momentos que alternan lo épico con lo ridículo. No es raro pasar de una muerte trágica a una conversación absurda en cuestión de páginas. Y lo mejor es que funciona. Porque así es la vida: hermosa, cruel, y con espacio para la risa. Gus lo dice con una sabiduría que ojalá nos enseñaran en la escuela:

—Me alegra haberme equivocado lo suficiente como para seguir practicando… No se puede evitar, hay que aprender a manejarlo.

Y uno se ríe, sí, pero también lo subraya con rabia, porque ahí está todo el truco de ser adulto: equivocarse a diario, como quien se afeita en seco.

El viaje a Montana, que es el núcleo narrativo, se convierte en una odisea personal para todos los personajes, incluso para aquellos que no llegan al final del camino. Porque «Lonesome Dove» es, también, una meditación sobre la muerte, pero mayormente sobre cómo se vive antes de que llegue. Como dice Gus, con esa mezcla de sabiduría y descaro que lo define:

—No hablo de morir, sino de vivir. Dudo que importe dónde mueres, pero sí importa dónde vives.

McMurtry no idealiza el Oeste, ni convierte a sus personajes en héroes de cartón. Hay violencia, machismo, racismo, y decisiones morales difíciles que no se resuelven con un disparo certero. Pero también hay ternura, belleza, y una inesperada sensibilidad en medio del polvo y los resoplidos del ganado. Como bien dice Gus,

—Cuanto más viejo es el violín, más dulce es la música.

Y en este libro, cada personaje tiene sus cuerdas un poco gastadas, pero todos emiten melodías inolvidables.

En resumen, «Lonesome Dove» no es solo una novela del Oeste. Es una novela sobre los errores que cometemos, sobre los amores que no nos atrevemos a vivir, sobre la amistad como último refugio y sobre cómo el polvo del camino no siempre es sinónimo de derrota.

Léanla si quieren embarcarse en un viaje largo, impredecible y lleno de humanidad. Pero ojo, se empieza con la idea de leer un capítulo y se acaba dejando el café frío, ignorando notificaciones del móvil, y considerando (seriamente) la posibilidad de comprarse un caballo.