Impedimenta | Camila Batlles | 2022 | 455 págs.
#Narrativa #Irlanda #1974
La vida es absurda y en su mayor parte, cómica. Cuando la comedia falla, lo que nos queda es la desgracia, no la tragedia.
La máquina del amor sagrado y profano, Iris Murdoch
Una tragicomedia de pasiones, culpa y gente demasiado inteligente para su propio bien.
Hay novelas que te hacen reír, otras que te hacen pensar, y algunas que te dejan con la sensación de que te han arrojado a una piscina metafísica sin flotador. «La máquina del amor sagrado y profano», de Iris Murdoch, logra las tres cosas a la vez, y con una frialdad británica tan elegante que uno no sabe si está siendo iluminado o ligeramente insultado.
¿De qué va esto?
La trama gira en torno a Blaise Gavender, un profesor de ética que, paradójicamente, toma decisiones morales bastante cuestionables a lo largo de la novela. Blaise tiene una esposa estable, Emily (una especie de santa doméstica con nervios de acero), pero se embarca en una tórrida —y sinceramente, bastante incómoda— aventura con Harriet, una joven rubia, encantadora y totalmente inapropiada para su edad y posición. Por si fuera poco, Blaise también tiene que lidiar con Monty Small, un excéntrico filósofo con una barba al estilo Diógenes y una especie de mística irritante, que actúa como conciencia ambulante, aunque a veces uno desearía que se callara un rato.
Y si esto suena a drama romántico, no te dejes engañar. Esto no es «Los puentes de Madison», esto es Murdoch. Aquí nadie se salva fácilmente. Hay niños molestos, madres neuróticas, discusiones filosóficas sobre el bien y el mal en medio de cenas incómodas, y, por supuesto, mucha lluvia.
¿Y la estructura? ¿Cómo está narrado esto?
Murdoch adopta una narrativa en tercera persona con un enfoque casi clínico, como si observara a sus personajes a través del microscopio de un biólogo que ha estudiado demasiado a Platón. No hay sentimentalismo gratuito. Cada escena parece cargada de una tensión soterrada, como si en cualquier momento alguien fuera a lanzar una taza de té… o una cita de Kant.
La novela avanza de forma pausada, casi exasperantemente a ratos, pero eso no es un defecto, sino parte del juego. Murdoch nos obliga a convivir con sus personajes, a entender sus contradicciones, sus miserias y, de vez en cuando, sus destellos de auténtica humanidad. Lo que parece una historia de adulterio se convierte lentamente en un viaje por los meandros del alma humana, donde el lector empieza odiando a Blaise, luego compadeciéndolo, y finalmente… bueno, queriendo que alguien lo abofetee con un manual de ética.
El estilo Murdoch: Filosofía disfrazada de culebrón victoriano
Iris Murdoch no escribe novelas para leer en la playa, a menos que tu idea de vacaciones incluya reflexionar sobre el concepto de lo sublime mientras tus gafas se llenan de arena. Su prosa es densa pero brillante, cargada de ironía, observaciones agudas y un sentido del humor tan seco que uno podría usarlo para secar la ropa.
Hay pasajes enteros dedicados a discusiones filosóficas sobre el amor, la virtud, la autenticidad, y todo eso que en manos de otro autor sería insoportable, pero que en Murdoch es deliciosamente incómodo. Ella no te da respuestas. Te lanza preguntas como dardos y te deja sangrando, pero agradecido.
Los personajes: gente rota con doctorado
Blaise, como ya hemos dicho, es el clásico hombre educado y razonable que no tiene ni idea de lo que siente o por qué hace lo que hace. Es una víctima de sí mismo, y su evolución no es una redención hollywoodense, sino más bien un lento y doloroso desmoronamiento del ego. Harriet, la amante, podría haber sido una caricatura de juventud desequilibrada, pero Murdoch la dota de cierta ternura trágica: no es una femme fatale, sino una joven perdida buscando algo parecido al amor en un hombre que claramente no tiene ni para sí mismo.
Emily, la esposa, representa el «amor sagrado» del título: paciente, maternal, inmensamente fuerte. Pero también es ambigua. ¿Es una santa? ¿Una mártir? ¿O simplemente alguien que ha aprendido a sobrevivir en un mundo donde los hombres tienen crisis existenciales mientras ellas hacen las compras?
Monty, por otro lado, es lo más cercano a un oráculo que veremos aquí: insoportable, brillante, y, por momentos, el único que realmente entiende de qué va todo esto.
Los temas: amor, culpa y la imposibilidad de ser bueno
Murdoch explora el amor en todas sus formas: el romántico, el sexual, el platónico, el espiritual, el desordenado, el que se cree puro pero huele a ego. Y lo hace desde una perspectiva casi cruel, como una científica que observa a sus ratones sentimentales tropezar una y otra vez con la misma trampa.
Pero el gran tema de fondo es el problema del bien. ¿Se puede ser bueno sin hacer daño? ¿Puede uno amar sin destruir algo (o a alguien) en el proceso? Y, sobre todo, ¿puede un profesor de ética tener una aventura sin volverse un cliché andante? Murdoch no responde directamente, pero sugiere que el amor verdadero es menos un sentimiento y más un acto de atención y sacrificio. Lo sagrado y lo profano se entrelazan, como los personajes, de forma dolorosa y, a veces, ridícula.
¿Recomendada? Solo si te gustan los líos morales y la lluvia existencial
La novela no es para todos. Requiere paciencia, ganas de pensar, y tolerancia hacia personajes que a veces querrías meter en terapia de grupo. Pero si disfrutas de las novelas que diseccionan el alma humana con bisturí filosófico y humor negro, esta es una joya. Una joya densa, irónica, incómoda y brillante.
Al final, «La máquina del amor sagrado y profano» no es tanto una historia de infidelidades como una exploración de lo frágiles que somos cuando amamos, y de lo poco que sabemos sobre lo que significa realmente amar bien. Lo cual, francamente, no es algo que un manual de ética te vaya a enseñar. Pero una novela de Iris Murdoch, sí.