«Después de Julius», Elizabeth Jane Howard

Puntuación: 5 de 5.

—Me refiero a que siempre actuaba, o lo intentaba, movido por principios más grandes, no por lo que sentía por la gente, ni por ninguna persona en particular, sino por lo que creía que había que sentir por… la humanidad. No le interesaban las personas de manera individual.

Después de Julius, Elizabeth Jane Howard

Cuando el duelo se vuelve decoración y el pasado se acomoda en el sofá del salón

I. De qué va, pero sin espóiler (bueno, casi)

«Después de Julius» arranca con una premisa que huele a drama británico con porcelana fina y emociones contenidas: Julius Martello, un respetable poeta inglés (sí, uno de esos que mueren con dignidad y sin molestar mucho) se lanza voluntariamente a una misión suicida en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. Han pasado veinte años desde su gloriosa desaparición, y su familia sigue tan emocionalmente paralizada como si el tiempo se hubiese detenido.

El libro se centra en un fin de semana, en la casa familiar en Sussex (por supuesto), al que acuden Esme (la viuda), sus dos hijas, Emma y Cressida (quienes se odian cordialmente y se desprecian en silencio) y un invitado inesperado: Dan, el joven que estuvo con Julius en sus últimas horas, y que llega como quien no quiere la cosa a remover toda esa sopa emocional que lleva dos décadas sin calentarse.

II. Estructura narrativa: ¿Y si les damos voz a todos… pero sin que se maten?

Howard utiliza una narración en tercera persona focalizada que va saltando de personaje en personaje con una soltura que da gusto. La historia se desarrolla casi en tiempo real (un par de días, con algún flashback estratégicamente colocado), lo que da una sensación de inmediatez y encierro muy teatral. Uno puede imaginar a los personajes girando lentamente en una especie de salón victoriano mientras la tensión se cuece en silencio, como un pudin emocional.

La estructura funciona muy bien porque te mete de lleno en las cabezas de los personajes sin que te des cuenta. Es como ver una obra de teatro de Pinter, pero sin tanto silencio incómodo. O bueno, con silencios, pero de esos que gritan por dentro.

III. Estilo: sobrio, elegante, británico… con una ironía fina como el té de las cinco

Si no lo sabes, te lo digo ya, Elizabeth Jane Howard es una de mis autoras (y autores) favoritas. La señora Howard no escribe para impresionar, sino para desarmar. Su prosa es limpia, precisa y sutilmente venenosa. No hay grandes descripciones ni fuegos artificiales estilísticos: su talento está en cómo revela el carácter de los personajes a través de pequeños gestos, frases casuales y observaciones que parecen triviales, pero que en realidad son puñaladas envueltas en terciopelo.

Hay ironía, mucha. Pero de esa que uno tarda medio párrafo en detectar y cuando lo hace ya ha soltado una carcajada amarga. Si te gustan las novelas que te clavan una daga entre las costillas mientras te preguntan con educación si te apetece un poco más de té, esta es la tuya.

IV. Personajes: una familia que se quiere mal

Esme, la viuda, es una mujer atrapada en el recuerdo de un hombre idealizado, y que ha convertido el luto en un estado del alma. Está tan anclada al pasado que uno tiene la sensación de que se desintegraría si alguien moviera una foto de Julius del aparador.

Emma, la hija mayor, es una abogada exitosa (y por tanto, sospechosa de infelicidad estructural), inteligente, decidida y emocionalmente bloqueada. Tiene una relación con un hombre casado que no le ofrece nada excepto el beneficio de no tener que comprometerse realmente. En resumen: una reina de hielo con los pies fríos y el corazón encerrado en una caja fuerte.

Cressida, la menor, es una aspirante a actriz con alma de niña y tendencias autodestructivas. Llora, se victimiza, y lanza indirectas como si fueran confeti en Año Nuevo. Uno quiere abrazarla y sacudirla al mismo tiempo.

Dan, el invitado, es el catalizador. Un personaje ambiguo, fascinante y casi novelesco en sí mismo. Viene a traer un poco de verdad… y caos. Y lo logra.

Cada uno de ellos está perfectamente delineado y evoluciona sutilmente a lo largo de la novela. Nadie sale indemne del fin de semana. Pero tampoco se lanzan platos: esto es Inglaterra.

V. Temas: duelo, memoria, frustración y ese arte británico de evitar decir lo que uno siente

Howard nos habla del duelo no resuelto, del peso del pasado, de lo que significa idealizar a los muertos y construir una vida entera alrededor de lo que ya no está. Pero también trata temas como:

  • el amor (más bien su ausencia o su imposibilidad)
  • la frustración femenina (sobre todo en una sociedad que ofrecía pocas salidas emocionales o profesionales)
  • el autoengaño (¡bendita negación!)
  • y la comunicación fallida entre padres e hijos, entre hermanas, entre amantes.

En el fondo, es una novela sobre lo que no se dice. Y eso es lo más devastador.

VI. ¿Fue premiada?

Curiosamente, no. «Después de Julius» no ganó ningún premio literario importante, lo cual es una de esas pequeñas injusticias del mundo editorial que hacen que uno quiera escribir cartas con tinta verde a los jurados de los años 60. Sin embargo, ha ganado una cosa aún más valiosa: el estatus de novela de culto entre lectores exigentes y críticos literarios que saben que lo sutil a veces vale más que lo espectacular.

Howard sería realmente celebrada décadas más tarde gracias a su famosa saga de los Cazalet, pero «Después de Julius» ya mostraba la genialidad contenida que explotaría plenamente en esas novelas posteriores.

VII. En resumen (por si tienes prisa):

Lo mejor de «Después de Julius» está, sin duda, en sus personajes: profundamente humanos, contradictorios, llenos de silencios y cicatrices, con una complejidad psicológica que no se grita, pero se respira. Howard los construye con un estilo elegante, irónico y sutil, ese tipo de escritura que no necesita levantar la voz para decir verdades incómodas. A través de ellos, la novela aborda temas universales —el duelo, el amor frustrado, la comunicación fallida— con una inteligencia serena y punzante. Es una lectura ideal para quienes disfrutan del drama silencioso y sofisticado, para los admiradores de Virginia Woolf, Elizabeth Bowen o Ian McEwan, y para cualquiera que valore una literatura que se desliza como seda… y luego te estrangula con ella.

En definitiva, «Después de Julius» es como tomar un té con alguien que ha reprimido todas sus emociones durante décadas… y de pronto empieza a hablar. Una novela sutil, mordaz y profundamente humana, que deja una sensación extraña: la de haber sido testigo de algo triste, íntimo y verdadero.

No es un libro que te grite al oído. Es un libro que te susurra desde el otro lado del salón… y tú no puedes dejar de escucharlo.