Impedimenta | Mauricio Wacquez | 2022 | 224 págs.
#Narrativa #Guadalupe #1986
Y es que ahí era donde residía el problema. Yo deseaba a aquel hombre más que nada en el mundo. Deseaba su amor como nunca había deseado el amor de ningún otro.
Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, Maryse Condé
Tituba: una mujer, muchas heridas y ninguna gana de callarse.
I. Introducción: ¿Y si la historia la contaran las que nunca tuvieron voz?
Querido lector incauto: si alguna vez te cruzaste con la historia de los juicios de Salem y pensaste «¡ah, sí, aquellas mujeres histéricas que quemaban por brujas en el siglo XVII!», esta novela viene a decirte, con elegancia y veneno, que no has entendido nada. Y lo hace a través de la figura de una mujer que suele pasar como nota a pie de página: Tituba. Negra, esclava, mujer y, para colmo, bruja. ¿Se puede ser más culpable?
Maryse Condé, una de las grandes voces de la literatura francófona caribeña y ganadora del Premio Nobel Alternativo en 2018, toma ese rastro mínimo de Tituba en los archivos coloniales y lo convierte en una protagonista inmensa, que narra su vida desde el ultramundo con una mezcla de humor ácido, dolor contenido y una lucidez que asusta. Porque sí, «Yo, Tituba, la bruja negra de Salem» no es una simple novela histórica: es un ajuste de cuentas.
II. Estructura narrativa: Desde el más allá con amor (y rencor)
La novela está narrada por la propia Tituba desde la muerte. Porque no, ella no se fue en silencio. Nos habla con ese tono sarcástico que solo pueden permitirse los fantasmas que ya lo han perdido todo. El relato es lineal en apariencia —desde su nacimiento en Barbados hasta su regreso a la isla tras pasar por la América puritana—, pero el estilo de Condé desobedece cualquier rigidez cronológica. Tituba recuerda, reflexiona, se indigna, se ríe de sí misma y de todos los demás.
El ritmo de la novela es ágil, punzante, con capítulos breves que funcionan como bofetadas bien distribuidas. No hay piedad para nadie: ni para los colonos blancos, ni para los esclavistas negros, ni siquiera para la propia Tituba, que se reconoce a veces ingenua, a veces contradictoria, pero siempre humana.
III. Estilo: Ironía, lirismo y un toque de picante caribeño
Condé escribe con una pluma que podría pinchar globos de ego a cien metros de distancia. Su estilo mezcla lirismo con coloquialismo, tragedia con sarcasmo, espiritualidad con deseo carnal. La voz de Tituba no pretende complacer al lector, sino incomodarlo. Nos arrastra a través de su dolor, pero también de su inteligencia, su humor, su capacidad de amar y odiar con igual intensidad. ¿Ejemplo?
La cárcel me dejó una huella imborrable. Aquella flor tenebrosa del mundo civilizado me envenenó con su perfume y nunca más, por su causa, pude respirar de la misma forma.
Poesía oscura, sí, pero con un tufillo a puñetazo existencial. Porque en esta novela, hasta las metáforas sangran.
IV. Trama: Más que brujería — esclavitud, amor y traición
La historia comienza en Barbados, donde Tituba nace del vientre de una esclava violada. Su madre, Abena, es ahorcada por defender su dignidad. Tituba crece en el margen más marginal que puedas imaginar. Aprende los saberes curativos y espirituales de Mama Yaya, y con ellos, el arte de sanar… y de resistir. Luego se enamora de un esclavo llamado John Indian (con el carisma de una piedra mojada, todo sea dicho) y se deja llevar por esa pasión que, como muchas pasiones, resulta bastante cara.
Juntos son llevados a Boston y luego a Salem, donde ella es acusada de brujería por niñas puritanas con exceso de imaginación y escasez de afecto. Aunque logra salir con vida del proceso, el paso por la cárcel la marca para siempre. Y aquí Condé no se anda con rodeos:
La maldad es un don que se recibe al nacer. No se adquiere.
Y con eso, deja claro que el sistema está podrido desde el principio.
V. Temas: Feminismo, racismo, espiritualidad y un poquito de revolución
Condé no escribe desde el resentimiento, sino desde la conciencia. Y esa conciencia atraviesa la novela en todos sus temas: el racismo estructural, la misoginia brutal, la hipocresía religiosa, el imperialismo disfrazado de civilización. Pero también hay espiritualidad, maternidad elegida, amistad entre mujeres, resistencia y hasta una pizca de humor entre tanta desgracia.
Tituba no es solo víctima. Es bruja, sí, pero también sanadora, compañera, protectora, y a veces vengadora. Ella observa el mundo con una mezcla de cansancio y claridad:
La verdad llega siempre demasiado tarde porque camina más despacio que la mentira.
Y en tiempos donde las fake news no paran, esta frase debería estar bordada en las cortinas de todos los ministerios.
VI. Personajes: Humanos, demasiado humanos
- Tituba es el alma de la novela, y vaya alma. Su evolución va de la inocencia al desencanto, de la entrega al escepticismo. Pero nunca pierde su dignidad. Es contradictoria, pasional, clarividente, y sí, algo ingenua. Por eso duele más.
- John Indian, su pareja, encarna la figura del hombre colonizado que ha interiorizado el discurso del amo. Se adapta para sobrevivir, incluso si eso implica traicionar.
- Las niñas de Salem, la comunidad puritana, los jueces, los carceleros… todos son retratados como caricaturas grotescas de un sistema enfermo. Pero incluso ellos tienen sus grietas: la novela no demoniza tanto como desnuda.
VII. Reconocimiento y legado: ¿Una joya oculta? No, una joya a secas
Publicada originalmente en 1986, la novela ha sido traducida a varios idiomas y reconocida como una de las obras más importantes de Maryse Condé, quien recibió en 2018 el Premio Nobel Alternativo de Literatura por su obra comprometida y su capacidad de «descolonizar las mentes».
Aunque «Yo, Tituba, la bruja negra de Salem» no es su única gran novela, sí es quizás la más accesible, la más sarcástica y, al mismo tiempo, la más dolorosa. Una combinación peligrosa… y adictiva.
VIII. Conclusión: Tituba no ha muerto (aunque lo intentaron)
«Yo, Tituba, la bruja negra de Salem» no es solo una novela, es una resurrección. Condé le devuelve a Tituba no solo la voz, sino el derecho a contar su historia con sus propias palabras, con sus propias contradicciones y heridas. Como dice ella misma:
Los muertos solo mueren si dejamos que perezcan en nuestros corazones.
Y después de leer esta novela, es imposible dejar que Tituba muera. Porque su voz —tierna, furiosa, sabia— se queda con nosotros, sus lectores vivos, como un susurro que incomoda, conmueve… y despierta.