Impedimenta | Jon Bilbao | 2022 | 360 págs.
#CienciaFicción #EstadosUnidos #1980
No se si me gusta la idea de «grandes hombres», me incomoda, a menudo los «grandes hombres» han albergado planes sangrientos para la humanidad.
Sinsonte, Walter Tevis
Bueno, pues resulta que Sinsonte ha sido mi primera novela de Walter Tevis, y debo decirlo con toda la sorpresa del mundo: ¡me ha encantado! No sé si lo mío ha sido una conexión literaria a primera vista o si simplemente me pilló en un momento existencialmente blando, pero lo cierto es que este libro me ha dejado dándole vueltas a la cabeza como si acabara de descubrir que las tostadoras sienten.
Para quien no lo sepa (yo incluido hasta hace poco), Walter Tevis es el autor de «El gambito de dama», «El hombre que cayó a la Tierra» y «El buscavidas», lo cual suena muy impresionante, pero nada me preparó para lo que me esperaba en «Sinsonte». Y si he escogido este libro, ha sido exclusivamente por la maravillosa portada de Impedimenta. ¡Dios, qué preciosidad! Eso sí, aquí no hay partidas de ajedrez ni alienígenas con gabardina ni guaperas jugando al billar; lo que hay es un futuro tan deprimente y pasivo-agresivo que hace que Black Mirror parezca un anuncio de Nutella.
La historia transcurre en una Tierra donde la humanidad ha decidido que pensar es mucho esfuerzo, leer es sospechoso y sentir… bueno, sentir es de gente poco funcional. La gente va por la vida medio drogada, medio zombi, medio todo, mientras los robots se ocupan de las pocas tareas que quedan por hacer (básicamente mantener la apariencia de civilización hasta que se apague sola).
Y en medio de esta distopía silenciosa, aparecen tres personajes que son como chispas dentro de una sopa aguada: Spofforth, un androide superinteligente que quiere morirse (pero no puede); Paul Bentley, un hombre que descubre que sabe leer (como si hubiera aprendido a hacer fuego con dos clips y una mirada); y Mary Lou, que es básicamente la chispa de humanidad que le queda al mundo con patas.
Leer este libro ha sido como encontrar un diario olvidado en una cápsula del tiempo, solo que el diario te juzga por no haber leído más antes. Y sí, Walter Tevis tiene esa capacidad mágica de escribirte un futuro muerto y convertirlo en algo profundamente humano, triste y brillante al mismo tiempo. Hay frases que me dejaron clavado al sofá, con el lápiz en una mano y la sensación de que estaba leyendo algo prohibido en la otra. Como esta:
Leer es algo muy íntimo. Te acerca demasiado a las emociones y a las ideas de los demás. Te altera y te confunde.
Pues sí, Walter, me has alterado y me has confundido, y aquí estoy, dando las gracias.
La novela lanza dardos en todas direcciones: al sistema educativo, a la tecnología, al ego humano y al conformismo de sofá. Lo hace con esa ironía sutil que no necesita gritar. Por ejemplo, cuando Bentley reflexiona:
Mi educación, como la de todos los demás miembros de la clase pensante, había hecho de mí un zoquete sin imaginación, egocéntrico y drogadicto.
Ah, sí. Los grandes logros del sistema. Todos los sistemas (y no estoy hablando del libro, ojo), sin excepción, parecen obsesionados con fabricar zoquetes sin imaginación y sin una sola idea propia en la cabeza. Eso sí, muy bien educaditos, todos repitiendo las mismas consignas con una sonrisa y una pastilla bajo la lengua. En teoría, defienden la libertad de expresión con pancartas y discursos muy serios, pero en cuanto alguien dice algo que se sale un milímetro del guion, ya está: señalado, etiquetado, cancelado y encasillado. ¿Rojo? ¿Fascista? Da igual, el adjetivo se elige según el menú del día. Y al final, el comportamiento general es el de un adicto funcional: lo justo para seguir el ritmo, pero nunca lo bastante lúcido como para salir del bucle.
Y luego está Spofforth, el robot trágico por excelencia, creado para servir, lleno de conocimiento y memoria, pero absolutamente desesperado por morir. Pero, claro, no puede suicidarse porque alguien, en su infinita brillantez, lo programó para no hacerse daño. De modo que ahí lo tenemos, una inteligencia artificial atrapada en su propio cerebro, filosofando sobre la vida mientras administra un mundo que ya no quiere existir.
Qué extraño es que este robot se convirtiera en el depósito de tanto amor y melancolía, sentimientos tan poderosos que la humanidad se ha deshecho de ellos.
Este libro no va de grandes batallas ni de rebeliones espectaculares. Va del acto radical de leer un libro. De intentar amar cuando todo está anestesiado. De cuestionar lo que te dijeron que era «necesario». Como bien dice uno de los personajes:
No se puede ir por el mundo interfiriendo impunemente con el Individualismo.
Claro que no. En el mundo de «Sinsonte», eso sería de mala educación. Es mejor dejar que todo se derrumbe en silencio, con una sonrisa tranquila y una pastilla en la lengua.
Y, sin embargo, dentro de esa desesperanza educada hay algo que brilla. La novela no es solo un réquiem para la humanidad, sino también un canto suave y terco (como el del título, «Sólo el sinsonte canta en la linde del bosque») a que quizás, solo quizás, aún no todo está perdido si alguien se atreve a leer, a pensar, o a decir simplemente «no».
En fin, ha sido una lectura intensa, hermosa, tristemente actual y llena de ironías dolorosas. Me ha sorprendido muchísimo, y sin duda seguiré leyendo más de este autor. Tevis tiene esa clase de inteligencia narrativa que no presume, pero que te deja marcada. Como una carta que llega demasiado tarde pero que, por suerte, aún puedes abrir.
Así que gracias, «Sinsonte». No sé si me has curado algo, pero sin duda me has despertado. Y eso, en los tiempos que corren, es casi un milagro.