Valdemar | Marta Lila | 2019 | 432 págs.
#Western #EstadosUnidos #1975
Oh, me he alimentado de melaza. De vino, whisky, champán, la tierna carne blanca de las mujeres, la ropa fina, el respeto de los hombres fuertes, el miedo a los débiles, las cartas, los buenos caballos, el crujiente billete verde, el frescor de las mañanas y todo el espacio que Dios o el hombre pudieran desear. He tenido momentos de gloria. Pero los mejores momentos fueron después, justo después, con el arma caliente en la mano, el olor a humo en la nariz, el sabor a muerte en la lengua, el corazón en la garganta, el peligro pasado, y luego el sudor, de repente, y la nada, y la dulce y limpia sensación de haber nacido.
El pistolero, Glendon Swarthout
Leí «El pistolero» con una ceja arqueada y una taza de café que, por respeto a John Bernard Books, debería haber sido whisky (aunque él probablemente me habría juzgado por no tener una pistola al cinto mientras bebía). Esta novela, escrita por Glendon Swarthout en 1975, es lo que pasa cuando el western clásico se encuentra con el existencialismo, se cruzan miradas en un saloon lleno de vaqueros jubilados y deciden morir con estilo. Y vaya si lo hacen.
La premisa es simple: John Bernard Books, legendario pistolero, el último de su especie, descubre que el enemigo final no es un forajido con nombre ridículo, sino el cáncer. Sí, el cáncer, ese villano que no puedes encarar en un duelo al atardecer. Así que Books, con más balas que tiempo, decide instalarse en El Paso (no porque le guste el sitio, sino porque el médico más honesto que pudo encontrar estaba allí) y morir con la misma dignidad con la que solía matar.
Pero aquí está el truco: Books no es solo un pistolero. Es un caballero de principios duros como una piedra y flexibles como un yunque. Tiene su propio código de honor, un manifiesto personal que suena tan noble como intimidante:
No permitiré que me hagan daño. No permitiré que me insulten. No permitiré que me toquen. No hago estas cosas a los demás y exijo lo mismo de ellos.
Es decir, puedes ser Dios, el alcalde o el mismísimo presidente Roosevelt: si lo insultas, te mete un tiro en la cara (con dignidad, eso sí).
Lo que hace grande esta novela no es solo la historia de un pistolero que se enfrenta a su final con la arrogancia del que ya no tiene nada que perder. Es el humor negro, el desdén ante la grandilocuencia, y esa manera maravillosamente sarcástica en la que Books desafía incluso a Dios en uno de los monólogos más gloriosamente insolentes que he leído en mi vida:
¡Dios! ¿Me oyes, Dios? […] Yo mato a los malos, tú a los buenos. Yo tengo razón, tú no. Me estás matando a una velocidad infernal, y no merezco ese trato. […] ¡Maldito seas, Dios, lánzate sobre mí y mátame ahora o déjame vivir!
¿Quién le habla así al Todopoderoso? Un pistolero con cáncer terminal y absolutamente cero interés en la cortesía celestial. Y honestamente, lo respeto.
A medida que la novela avanza, vemos cómo Books, más allá de su reputación letal, es también un hombre cansado, lúcido, consciente del circo mediático que representa su propia muerte. Sabe que todos —la prensa, los pistoleros de medio pelo, incluso los adolescentes con ínfulas de valientes— quieren un pedazo de su leyenda. Pero él, en vez de ceder, planea su final como quien organiza una última gran fiesta… o más bien, una última gran masacre.
Y hablando de fiestas, uno de los momentos más gloriosos (y delirantes) es cuando imagina su cumpleaños ideal, que es básicamente la versión western de un videoclip de los Rolling Stones:
[…] me desnudaré y me sumergiré en [una bañera de champán] con una rubia con el culo al aire, una pelirroja y un octogenario, y los cuatro nos pondremos completamente persignados, reiremos, nos tiraremos largos y burbujeantes pedos al infierno y nos bautizaremos mutuamente en nombre del Truco, el Pinchazo y el Piper-Heidsick.
¿Hace falta decir más? Este hombre no tiene filtros. Ni tiempo para ellos.
Swarthout escribe con una prosa limpia, seca, sin florituras innecesarias, pero con una ironía tan afilada como la navaja de afeitar que Books probablemente usaría para defenderse si se le acabaran las balas. No es una novela de acción trepidante (aunque hay pólvora), sino una elegía del oeste, un réquiem para los tiempos en que los hombres resolvían los problemas a tiros y las ciudades aún olían a estiércol y tabaco.
En resumen: «El pistolero» es como Clint Eastwood en «Sin perdón», pero con más verbo, menos culpa y un cáncer que no da tregua. Es la despedida perfecta para un tipo que se resiste a volverse mito porque sabe que ser humano —con todo el dolor, el orgullo y la mala leche que eso implica— es mucho más interesante.
Mi veredicto: Si alguna vez vas a leer un western crepuscular con monólogos contra Dios, ideas de fiestas imposibles y una filosofía de vida basada en no dejar que te toquen… que sea este.