Impedimenta | Alicia Frieyro | 2021 | 336 págs.
#NovelaNegra #ReinoUnido #2013
Las personas mentían por inercia y ni aun acreditando la inverosimilitud de sus falsedades daban su brazo a torcer.
La desaparición de Adèle Bedeau, Graeme Macrae Burnet
Crimen sin cadáver, detective sin fe y hombre sin escapatoria.
I. El crimen (¿o no?) que vino del aburrimiento
Hay novelas de misterio que arrancan con un cadáver, otras con un detective brillante, y unas pocas —las más osadas— con un camarero tímido y sudoroso que frecuenta siempre el mismo restaurante, pide lo mismo y tiene la expresividad emocional de un pez hervido. Así comienza «La desaparición de Adèle Bedeau», una obra que no es exactamente una novela negra ni una novela psicológica, sino un cóctel de ambas servido en copa vieja, con un hielo que se derrite lentamente mientras uno observa, fascinado y un poco incómodo, cómo se deshace.
Graeme Macrae Burnet, el escocés que ya nos dejó con la boca abierta con «Un plan sangriento», juega aquí a ser Simenon, pero con una vuelta de tuerca. Esta novela no ganó grandes premios, pero debería haber ganado uno solo por lograr que la ansiedad social de un contable resulte más inquietante que cualquier escena del CSI.
II. Trama: Un misterio sin prisa (pero con pausa)
La historia se sitúa en Saint-Louis, un pequeño pueblo francés donde nunca pasa nada… hasta que desaparece Adèle, una camarera joven y aparentemente sin historia. La policía empieza a investigar, y enseguida todas las miradas se dirigen a Manfred Baumann, ese cliente solitario, callado, un poco extraño, que tiene el encanto social de una piedra y una colección de secretos que ni él mismo entiende del todo.
El detective Gorski, que arrastra su propia historia de errores pasados, se obsesiona con el caso como si pudiera, a través de él, redimirse de todo lo que no ha logrado en su vida (espóiler: no va a salirle bien). La novela gira en torno a ellos dos: dos hombres atrapados en sus culpas, sus recuerdos y una vida gris, sin saber bien si están resolviendo un crimen o simplemente intentando escapar de sí mismos.
III. Estructura y estilo: Cuando lo cotidiano se convierte en sospechoso
La estructura de la novela es lenta, minuciosa y deliciosamente opresiva. Burnet no se precipita en dar respuestas —ni siquiera en sembrar preguntas claras—, sino que va metiéndote poco a poco en la mente de sus personajes. Al principio uno se pregunta: ¿Pero va a pasar algo?, y luego, sin darte cuenta, estás completamente enganchado viendo cómo Manfred elige qué mesa ocupar o si se atreve o no a saludar a alguien.
La narración está plagada de ironía soterrada y observaciones agudas sobre lo patético (y profundamente humano) de los pequeños gestos. La frase:
El hombre que no se aferra a un clavo ardiendo se ahoga.
Podría resumir la vida entera de Manfred, un tipo que se aferra a rutinas absurdas porque lo otro —la espontaneidad, el cambio, el afecto— le da pánico.
IV. Los personajes: Perdidos y avergonzados
Manfred Baumann es uno de los antihéroes más incómodamente reales que he leído en mucho tiempo. Su evolución psicológica no es una curva sino una espiral descendente: a medida que la novela avanza, vamos desenterrando los traumas de su adolescencia, la manera en que su sexualidad reprimida y su necesidad de pasar desapercibido lo han convertido en un espectro social. No es culpable de nada (¿o sí?), pero cada paso que da parece incriminarlo más.
Uno de los momentos más elocuentes es cuando se dice:
Lo que Manfred escogiera hacer no tenía trascendencia para nadie salvo para él mismo. Y a pesar de todo, incluso mientras caía en la cuenta de ello, ¿no había buscado un bar sin ventanas en una calle apartada donde no pudieran verle?
Esa frase es todo un tratado sobre la culpa silenciosa, sobre la invisibilidad autoimpuesta y sobre cómo el miedo al juicio social puede convertirse en una prisión sin barrotes.
Georges Gorski, por su parte, es un inspector que ya ha tenido su «gran fracaso profesional» en la vida y parece cargar con él como quien arrastra un cadáver emocional. Su proceso es el inverso al de Manfred: se convence de que resolver este caso lo redimirá, aunque él mismo sabe (como el lector) que eso es una fantasía. Lo mejor: su desencanto con la imagen romántica del detective sagaz. Como dice en un momento:
Allí aprendió una lección: el trabajo de detective nada tenía que ver con la intuición o la inspiración. Mayormente consistía en seguir cual esclavo los procedimientos. Lo demás era suerte.
Sí, Sherlock, tápate los oídos.
V. Temas: La culpa, la represión y la tristeza crónica
La novela explora la represión (emocional, sexual, profesional), la culpa como motor vital y la necesidad humana de encontrar sentido incluso en lo absurdo. La desaparición de Adèle es el catalizador de una especie de psicoanálisis colectivo, donde todos los personajes (y quizás también el lector) empiezan a preguntarse qué están haciendo con su vida.
Aquí no hay grandes discursos ni monólogos existencialistas: todo está en los gestos pequeños, en las miradas evitadas, en los silencios. Burnet sugiere que vivir con miedo al error es una forma de castigo que puede ser más cruel que cualquier condena oficial.
VI. Conclusión: Una joya para lectores pacientes, neuróticos y felices de serlo
«La desaparición de Adèle Bedeau» no es para quienes buscan una historia de acción trepidante ni una resolución clara y contundente. Es para quienes disfrutan de la incomodidad, de los personajes profundamente humanos (léase: rotos), de los diálogos indirectos, de la ironía fina y del hecho de que a veces el crimen no está en lo que se hace, sino en lo que se reprime.
Graeme Macrae Burnet logra construir una atmósfera tensa sin necesidad de sangre, y eso, en el panorama actual de thrillers exagerados, es casi revolucionario. Si te atrae Simenon pero te gustaría que sus personajes tuviesen más traumas contemporáneos, esta novela es para ti.