Impedimenta | Ana Bustelo | 2010 | 192 págs.
#Narrativa #ReinoUnido #1978
Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles.
La librería, Penelope Fitzgerald
Cómo vender libros en un pueblo donde se prefiere el arenque ahumado a la literatura
I. Una librería, una viuda y un pueblo que huele a humedad (y a hostilidad)
Penelope Fitzgerald publicó «La librería» en 1978, cuando tenía ya más de sesenta años y una biografía tan interesante como sus novelas: trabajó en la BBC, enseñó en escuelas públicas y vivió durante un tiempo en una casa-barco que se hundía con marea alta (y no es una metáfora). Este pasado se cuela, con mucha sorna y melancolía, en sus libros. «La librería», en particular, bebe de su propia experiencia: Fitzgerald intentó montar una librería en la costa inglesa… y no acabó muy bien. Spoiler: en la novela tampoco.
La novela fue finalista del prestigioso Booker Prize y, aunque no se lo llevó, la crítica reconoció su sutileza, su tono irónico y su capacidad para condensar una historia demoledora en apenas 160 páginas. Porque sí, es breve, pero muerde donde más duele.
II. Trama: Abrir una librería. ¿Qué podría salir mal? (Todo)
La premisa parece sencilla y encantadora: Florence Green, una viuda sin experiencia empresarial pero con entusiasmo y unos modestos ahorros, decide abrir una librería en Hardborough, un pueblo costero de esos que parecen detenidos en el tiempo… o más bien, agarrados al pasado con uñas y dientes. Encuentra un edificio húmedo y medio en ruinas, «The Old House», que nadie quiere (salvo, casualmente, la mujer más influyente del pueblo), y lo convierte en su local. Hasta ahí, todo bien. O no.
A partir de ahí, lo que Fitzgerald construye no es una historia heroica de emprendimiento ni una comedia feel-good de autosuperación, sino un retrato afilado de la mezquindad social, de las alianzas invisibles, del poder pasivo-agresivo de las élites locales y del coste de hacer algo distinto en un lugar que no está interesado en lo distinto. Es David contra Goliat, solo que en este caso David tiene reumatismo, Goliat lleva sombrero de encaje y el público está más preocupado por la pesca.
III. Estructura y estilo: La flema británica en su máxima expresión
Fitzgerald escribe con una economía de palabras admirable. No hay grandes discursos ni momentos épicos: lo devastador está en lo pequeño, en lo que no se dice. Los diálogos son joyas de ironía, muchas veces atravesados por un humor seco y devastador. Y cuando hay descripciones, no son para lucirse, sino para clavar una estaca con una sonrisa.
Tampoco hay capítulos al estilo convencional, sino escenas hiladas con una narración omnisciente muy cercana al punto de vista de Florence. La autora nos permite entrar en su cabeza, en su lógica sencilla, sin adornos. Florence no tiene aspiraciones mesiánicas ni ínfulas de heroína literaria; solo quiere vender libros. Lo trágico es que eso, en Hardborough, ya es una ofensa.
IV. Personajes: Gente que prefiere los arenques a las truchas… y a los libros
Florence Green es uno de esos personajes que te caen bien desde la primera página. Es prudente, tímida, testaruda y tiene algo de dignidad melancólica. No es una revolucionaria, ni una visionaria, ni una mártir; es simplemente una mujer que cree que los libros podrían enriquecer la vida de los demás… aunque ellos no lo sepan. Cuando alguien le pregunta por qué quiere abrir una librería en un pueblo así, ella responde al viento:
¿Por qué cree que abrir una librería es inverosímil? ¿La gente de Hardborough no quiere comprar libros?
A lo que el señor Raven, un personaje secundario pero sabrosísimo, responde con una comparación brutal:
Han perdido el deseo por las cosas raras. Se venden más arenques ahumados, por ejemplo, que truchas que están medio ahumadas y tienen un sabor más delicado. Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos.
Y ahí está la clave de la novela: los libros como rareza, como lujo innecesario, como molestia. En Hardborough, lo excepcional es sospechoso, y lo que huele a cultura… mejor que no huela.
Otros personajes son pequeñas obras maestras de la caricatura sutil. Violet Gamart, la antagonista, es una mujer que no necesita levantar la voz para destruirte. Con educación exquisita y sonrisas heladas, va deshaciendo el proyecto de Florence paso a paso. También está Christine, la niña que ayuda en la librería y que es posiblemente la más lúcida del elenco. Su relación con Florence es una de las pocas notas realmente cálidas de la historia. Y luego está el recluso señor Brundish, amante de la buena literatura y de la correspondencia educada, que se convierte en inesperado aliado… hasta que lo bajan de escena de forma tan elegante como devastadora.
V. Temas: La derrota como forma de resistencia
Sí, hay libros, librerías, autores (Florence se atreve incluso a vender «Lolita», lo que provoca un sismo en la moral del pueblo), pero lo que realmente trata esta novela es el poder. El poder de las clases dominantes, de la inercia social, del qué dirán, y cómo todo ello aplasta a cualquiera que intente alterar el equilibrio.
Fitzgerald no cae en el sentimentalismo. Florence pierde. Y lo sabe. Pero su derrota no es amarga, sino digna. En un momento del final, leemos:
No le importó tanto como creía. Suponía una derrota, pero la derrota es mejor recibida cuando al menos uno está cansado.
¿Puede haber una frase más honesta sobre la vida adulta? Quizás otra que aparece antes en el libro:
La antigüedad no es lo mismo que el interés histórico. De lo contrario, nosotros dos seríamos más interesantes de lo que somos.
Humor británico en su forma más pura.
VI. Conclusión: No es un libro amable, pero es necesario
«La librería» no te acaricia. No hay redención, ni justicia poética, ni lágrimas dramáticas. Pero es justamente por eso que resulta tan poderosa. Penelope Fitzgerald nos muestra cómo la inteligencia, la bondad y la cultura no siempre ganan… pero al menos resisten el tiempo suficiente para dejar una huella. Aunque sea en forma de librería abandonada y humedad en las paredes.
Con una ironía finísima, una estructura contenida y personajes memorables, Fitzgerald nos recuerda que a veces, en la vida, ser decente ya es un acto revolucionario. Aunque no vendas ni una trucha medio ahumada.