Alba | Catalina Martínez | 2005 | 416 págs.
#Narrativa #EstadosUnidos #1928
Cuando un hombre amaba a una mujer ésta siempre tenía la edad que él quisiera; y cuando dejaba de amarla se convertía en demasiado vieja para los hechizos o en demasiado joven para la técnica.
Los niños, Edith Wharton
Leer «Los niños» de Edith Wharton es como entrar en una elegante sala de estar eduardiana, con sus alfombras persas, retratos de antepasados en las paredes y una señora con impecable peinado y mirada afilada que, mientras te sirve el té, te arruina la vida con una sola frase. Porque Wharton no da puntada sin hilo, ni en los salones de la alta sociedad neoyorquina ni en esta novela que, aunque se aleja geográficamente de sus escenarios habituales, mantiene intacto su bisturí literario.
Publicada en 1928, «Los niños» es una novela que muchos pasan por alto en el canon whartoniano, quizá porque no trata de mansiones ni de bailes de debutantes, sino de una pandilla de niños ricos que andan por Europa como un grupo de cachorros descarriados, y de un hombre —Martin Boyne— que comete el error, imperdonable en cualquier novela de Wharton, de tener buenas intenciones.
Martin Boyne, nuestro protagonista, es un caballero respetable, un ingeniero con una vida más o menos encarrilada, que está a punto de comprometerse con una mujer absolutamente correcta y absolutamente aburrida. Pero entonces, en un viaje a Europa, se topa con Judith Wheater, una adolescente encantadora, decidida y sensiblemente precoz, que lidera una banda de seis hermanos y medio (sí, medio, porque hay uno tan pequeño que apenas cuenta). Estos niños son el resultado de varias uniones matrimoniales fallidas entre millonarios hedonistas, unos padres tan ocupados en sus affaires y escapadas a Cannes que apenas recuerdan cuántos hijos tienen.
Boyne, naturalmente, se siente conmovido. Atraído. Fascinado. Y ahí empieza el embrollo. Porque Judith no es una niña del todo, pero tampoco una mujer. Tiene catorce años, una inteligencia vibrante, un sentido de la responsabilidad superior al de cualquiera de los adultos de la novela, y una belleza apenas esbozada que pone al lector —y al propio Boyne— en un terreno moral tan resbaladizo como una pista de hielo.
Y aquí es donde entra la magia (o más bien el veneno sutil) de Wharton. Con una elegancia casi británica, teje una historia profundamente incómoda sin nunca nombrar lo innombrable. No hay escándalos ni conductas explícitas, pero hay algo mucho más inquietante: la ambigüedad. Esa sensación constante de que Boyne no sabe —y nosotros tampoco— si su devoción por Judith es paternal, fraternal, idealista o algo más que no se puede (ni se debe) decir en voz alta. Wharton, con su clásica ironía social y su punzante análisis psicológico, hace que el lector se retuerza, no porque rompa las reglas, sino porque las bordea con maestría.
Estilísticamente, «Los niños» tiene todo lo que se espera de Wharton: una prosa refinada, descripciones precisas, diálogos que parecen pequeños duelos verbales, y un ritmo pausado que oculta una tensión emocional constante. Y por supuesto, el tono. Ah, el tono. Irónico, sobrio, elegante. La autora mira a sus personajes como entomóloga aburrida pero fascinada: los observa, los disecciona, y luego los deja hacer el ridículo con una sonrisa apenas perceptible.
Y los temas… los temas son una maravilla. La infancia como territorio perdido, el abandono emocional, la frivolidad de la clase alta, las consecuencias de las decisiones adultas sobre los más pequeños (que aquí son más adultos que nadie), y sobre todo, la imposibilidad del amor puro en un mundo que está podrido hasta la médula de hipocresía. También está ese tema tan whartoniano de la renuncia: la idea de que a veces lo más noble —o lo menos escandaloso— es no hacer nada. Y vaya si Boyne se pasa el libro haciendo justo eso: no haciendo nada. O mejor dicho, haciendo justo lo que nadie le ha pedido.
«Los niños» es una novela inclasificable. No es exactamente una historia romántica, aunque hay una tensión emocional feroz. No es un drama social al uso, aunque hay una crítica de la élite que hace que «The Crown» parezca un programa infantil. No es una novela psicológica en el sentido freudiano, aunque cada página es una mina de análisis emocional. Es, como todas las grandes obras, un poco de todo y mucho de sí misma.
Si uno espera encontrar aquí una historia sencilla, lineal, con buenos y malos claramente delimitados, que se abstenga. Esta novela es como una taza de té inglés con un chorrito de arsénico: reconfortante al principio, pero con un regusto final que deja pensando durante días.
¿Recomendable? Absolutamente. Pero no para leerla con prisas ni esperando moralejas claras. «Los niños» es una obra incómoda, brillante, a ratos cruel y siempre profundamente humana. Una joya escondida en la obra de Wharton que demuestra que, incluso lejos de Nueva York, y con un grupo de mocosos como protagonistas, su mirada crítica y elegante no pierde ni un ápice de fuerza.
Y al final, claro, queda Judith. Esa Judith inolvidable, heroína trágica y precoz, que hace que Martin Boyne —y nosotros— nos preguntemos si alguna vez fuimos realmente adultos.