Impedimenta | Jose C. Vales | 2011 | 320 págs.
#NovelaNegra #ReinoUnido #1946
«Esto está pasando de comedia a farsa», dice Fen
La juguetería errante, Edmund Crispin
Cadáveres, jugueterías y catedráticos: el caos exquisito de Edmund Crispin
Edmund Crispin no escribe novelas de misterio. Te lanza rompecabezas envueltos en bromas literarias, persecuciones inverosímiles, guiños al lector y diálogos que parecen sacados de una conversación entre dos catedráticos borrachos de Oxford discutiendo si Shakespeare podía haber sido una mujer.
El tono es descaradamente autorreflexivo. A ratos, la novela se ríe de sí misma, del lector, del género detectivesco… y aun así logra construir un crimen que de verdad intriga. El resultado es una mezcla deliciosa entre Agatha Christie, P.G. Wodehouse y un episodio de Doctor Who escrito bajo los efectos de una sobredosis de té inglés.
Crispin rompe ocasionalmente la cuarta pared y se permite juegos con la estructura narrativa que te hacen exclamar: «¿pero esto es una novela de misterio o una performance posmoderna con cadáveres?».
I. Trama (o cómo perderse en Oxford con un cadáver imaginario)
Todo comienza con Richard Cadogan, un poeta con tiempo libre (como todos los poetas en las novelas, aparentemente), que decide visitar Oxford para estirar las piernas y quizá el alma. Por supuesto, como en toda buena historia británica, se tropieza con un cadáver en una juguetería. El problema es que, al volver con la policía, la juguetería ha desaparecido. Como si fuera parte de un truco de magia… o una mudanza exprés.
¿Delirios del poeta o una conspiración criminal digna de Shakespeare (con menos muertos pero más sarcasmo)? Entra en escena Gervase Fen, profesor de literatura inglesa, detective aficionado, y un personaje cuya excentricidad oscila entre lo entrañable y lo maniático.
Juntos, Fen y Cadogan se embarcan en una investigación llena de pistas literarias, disfraces improbables, persecuciones a pie, en tren y en bicicleta, identidades equivocadas, desapariciones sospechosas y una lista de personajes secundarios que harían sonrojar al elenco completo de Cluedo.
II. Estructura narrativa
La novela avanza a paso de comedia más que de thriller. Cada capítulo parece estar escrito con una mezcla de lógica deductiva y puro capricho lúdico. La acción es rápida, casi frenética por momentos, y se alterna con escenas en las que los personajes se detienen a discutir poesía, filosofía o la estructura de las novelas policiacas. Literalmente.
La historia sigue un esquema bastante lineal (no nos volvamos locos), pero no duda en desviarse con escenas aparentemente innecesarias que, milagrosamente, terminan siendo cruciales o, al menos, tremendamente entretenidas.
Es un caso donde la forma vale tanto como el fondo. La estructura se pliega al ritmo del diálogo, a la lógica del disparate, y al placer de ver a dos intelectuales resolviendo un crimen mientras critican a Milton o discuten la moral de Sherlock Holmes.
III. Personajes: una galería de británicos al borde del colapso cómico
Gervase Fen no es un detective al uso. No fuma pipa, no tiene bigote, y no recita monólogos oscuros sobre el alma humana. En su lugar, cita poesía, hace chistes malos, pierde la paciencia constantemente y es absolutamente brillante. Tiene una especie de entusiasmo infantil por el crimen, que contrasta deliciosamente con su profesión académica.
Richard Cadogan, por su parte, es el típico poeta británico de ficción: torpe, idealista y ligeramente fuera de lugar en todo momento. Sirve de contrapunto perfecto para Fen, como un Watson más literato y menos útil.
Los secundarios son igualmente pintorescos: tenderos, colegas oxonienses, policías confundidos, posibles asesinos con nombre de planta ornamental… todos ellos con más carácter que profundidad, pero absolutamente memorables.
La evolución psicológica, seamos sinceros, no es el fuerte de esta novela. Nadie sale cambiado por el crimen, nadie sufre una epifanía emocional. Y eso está bien. No vinimos aquí a sanar, vinimos a resolver el asesinato de una mujer que quizá nunca murió en una juguetería que quizá nunca existió.
IV. Temas
- La naturaleza ilusoria de la realidad (¿existió la juguetería o es todo una alucinación literaria?)
- La sátira del género policial (Crispin se burla amorosamente de los clichés detectivescos)
- El papel de la literatura como herramienta de interpretación (las pistas están escondidas en citas, libros y referencias culturales)
- El caos de la vida académica británica, que según esta novela, es indistinguible del crimen organizado salvo por el té.
V. Conclusión (o moraleja)
«La juguetería errante» no es una novela para leer esperando oscuridad psicológica, detectives introspectivos ni giros sangrientos. Es un crimen envuelto en ironía, con aroma a biblioteca polvorienta y té con leche. Una carta de amor al género detectivesco, con todas sus rarezas, vueltas de tuerca y cadáveres fuera de lugar.
¿Es una sátira? Sí.
¿Es un misterio bien construido? Sorprendentemente, también.
¿Te hará reír? Seguro.
¿Te sentirás más listo después de leerla? Posiblemente no, pero te sentirás más feliz.