Impedimenta | Joanna Orzechowska | 2011 | 296 págs.
#CienciaFicción #Polonia #1972
Por fuera estaba tranquilo, pero en el fondo, y de forma no del todo consciente, esperaba algo. ¿El qué? ¿Que ella regresara? ¿Acaso era posible? Todos sabemos que somos seres materiales, sometidos a las leyes de la fisiología y de la física y que la fuerza de todos nuestros sentimientos juntos no puede luchar contra esas leyes, únicamente puede odiarlas. La eterna fe de los enamorados y de los poetas en el poder de un amor más fuerte que la muerte, aquellas finis vitae sed non amoris que nos habían inculcado durante siglos, son mentira. Pero dicha mentira es solo inútil, no ridícula. Sin embargo, ¿es acaso mejor ser un reloj que marca el paso del tiempo y se ve constantemente roto y recompuesto? Cuando su fabricante pone en marcha sus engranajes, ya con el primer movimiento se generan la desesperación y el amor, y uno es consciente de que el martirio se irá volviendo más doloroso y cómico a medida que crezcan sus repeticiones. Está bien que se repita la existencia humana, pero no a la manera de un borracho que va echando monedas en la gramola, para escuchar, repetida hasta la saciedad, la misma melodía.
Solaris, Stanisław Lem
Cuando el espacio te devuelve la mirada (y no te gusta lo que ves)
I. Trama (sin muchos spoilers, pero tampoco con guantes de seda)
La premisa suena bastante típica si te has paseado por la ciencia ficción de los 50 y 60: una expedición científica es enviada a estudiar un misterioso planeta cubierto por un océano gigantesco. Nuestro héroe (aunque ya hablaremos de si se merece ese título), el psicólogo Kris Kelvin, aterriza en una estación espacial que más que centro de investigación parece una mezcla entre sanatorio mental y casa del terror. Allí se encuentra con dos científicos al borde de la histeria y, muy pronto, con un «visitante» inesperado: una manifestación física de su trauma más personal.
A partir de ahí, olvídate de la típica lucha entre humanos y alienígenas. Aquí no hay rayos láser, ni batallas galácticas, ni siquiera un intento mínimamente funcional de comunicación con una civilización extraterrestre. En lugar de eso, «Solaris» nos lanza una pregunta demoledora: ¿qué pasa cuando el «otro» no es otra cosa que un reflejo monstruoso de ti mismo?
II. Personajes: humanos, demasiado humanos
Los personajes de «Solaris» no evolucionan… o mejor dicho, se descomponen psicológicamente en cámara lenta. Lem no está interesado en héroes carismáticos, ni en líderes visionarios. Aquí tenemos a gente rota intentando mantener la cordura en una estación que parece diseñada por Kafka tras una noche de insomnio y absenta.
- Kris Kelvin, nuestro protagonista, es un psicólogo que necesita urgentemente un psicólogo.
- Snaut, el ingeniero, oscila entre el cinismo y el agotamiento nervioso, como quien ya ha visto demasiado y se ha rendido a entender algo.
- Sartorius, el científico encerrado en su laboratorio, representa la ciencia llevada al límite del aislamiento, donde el conocimiento ya no ilumina, sino que quema.
Y después están los «visitantes» —apariciones hechas carne, creadas por el océano en base a los recuerdos (o traumas) más oscuros de cada científico. En el caso de Kelvin, su visitante es Harey, una figura trágica que plantea las preguntas más dolorosas sobre el amor, la culpa y la identidad. ¿Es real? ¿Es humana? ¿Es solo un reflejo? ¿Y si amamos a un reflejo, qué dice eso de nosotros?
III. Estilo: ciencia ficción con bata de filósofo
Leer a Lem es como sentarse a tomar café con alguien que sabe mucho, muchísimo… y tiene el raro talento de hacerte sentir fascinado y un poco estúpido al mismo tiempo. Su prosa —en la excelente traducción directa del polaco, ojo, no la de segunda mano desde el francés— alterna entre la descripción clínica, la especulación científica, y párrafos cargados de filosofía existencial como quien no quiere la cosa.
Esto no es lectura ligera. Esto es ciencia ficción que exige, que lanza párrafos como:
El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atrancadas.
Y uno se queda en silencio, mirando la página, sabiendo que Lem no está hablando del espacio exterior sino del que tenemos en la cabeza.
IV. Estructura narrativa: entre el diario y el tratado
«Solaris» no es un thriller. Es un relato introspectivo que combina momentos de inquietud emocional con largos (y a veces laberínticos) pasajes de historia solarística: informes científicos, hipótesis absurdas, fracasos acumulados de intentos de comunicación. Si te gusta el lore, aquí hay para empaparte. Si no, es probable que te preguntes por qué estás leyendo diez páginas sobre cómo el océano de Solaris produce estructuras llamadas mimoides. (Espóiler: vale la pena. Lem es así. Te mete por los túneles para que aprecies el abismo.)
V. Temas: el gran espejo cósmico
Lem no nos da aliens. Nos da un espejo bioplásmico de 20.000 kilómetros de diámetro que reproduce nuestras neurosis con forma y textura. Su crítica va directamente al corazón de la arrogancia humana: la idea de que el universo está ahí fuera esperándonos, listo para darnos respuestas. Pero Lem nos responde:
No buscamos nada, salvo personas. No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Con uno, ya nos atragantamos. Aspiramos a dar con nuestra propia e idealizada imagen: habrá planetas y civilizaciones más perfectas que la nuestra; en otras, en cambio, esperamos encontrar el reflejo de nuestro primitivo pasado. Mientras, al otro lado subsiste algo que no aceptamos, de lo que nos defendemos, ¡pero si de la Tierra no hemos traído más que un destilado de virtudes, la heroica estatua del Hombre! Hemos llegado aquí tal como somos en realidad y cuando la otra parte, la parte que silenciamos, nos muestra esa verdad ¡no somos capaces de aceptarlo!
¿Y qué vemos cuando esos espejos no reflejan la estatua heroica del Hombre, sino nuestros traumas, errores, y heridas? Pues lo que pasa en «Solaris»: nos desmoronamos. Porque enfrentarse al Otro es difícil, pero enfrentarse a uno mismo lo es aún más.
VI. Premios y legado
Curiosamente, «Solaris» no ganó muchos premios en su momento —posiblemente porque Lem nunca fue parte de los clubes literarios anglosajones, y porque la ciencia ficción “dura” de la época no sabía qué hacer con tanta introspección filosófica. Pero con el tiempo, la novela se convirtió en un clásico incontestable, inspirando dos adaptaciones cinematográficas principales (la de Tarkovski en 1972, hipnótica y lenta como un sueño, y la de Soderbergh en 2002, con George Clooney y menos filosofía). También generó toneladas de ensayos, estudios académicos y debates en foros donde la gente se grita sobre metafísica a las tres de la mañana.
VII. ¿Vale la pena?
Si estás buscando acción, huidas desesperadas o el clásico «los humanos salvan el día», huye. Pero si quieres una lectura que te incomode con inteligencia, que te haga reflexionar sobre quién eres, por qué amas, de qué huyes… entonces «Solaris» es tu novela. Eso sí, entra con paciencia, con curiosidad, y sin miedo a lo que puedas encontrar en tu propio reflejo.
Porque como bien dice Lem:
El destino de un solo hombre puede significar mucho, es difícil abarcar el destino de varios centenares, pero la historia de miles, o millones de seres humanos, en realidad no significa nada.
Quizá, después de todo, «Solaris» no sea sobre lo que hay allá afuera, sino sobre lo que nunca terminamos de entender aquí adentro.