Trotalibros | Miguel Ángel Pérez | 2021 | 320 págs.
#Narrativa #Escocia #1932
La maldición de la raza humana siempre ha sido hacer caso a los consejos.
Canción del ocaso, Lewis Glassic Gibbon
Si alguna vez alguien pensó que la vida en una aldea escocesa a principios del siglo XX era un festival de gaitas, whisky y pastores sonrientes, Lewis Grassic Gibbon viene con «Canción del ocaso» a darte un bofetón literario con aroma a turba mojada y tristeza ancestral. ¡Pero qué bofetón tan hermoso!
A ver, no nos engañemos: esta novela no es una lectura ligera para pasar la tarde con un chocolate calentito y una magdalena (aunque puedes intentarlo, claro). Es una obra densa, lírica, profundamente triste y a la vez tierna, honesta y conmovedora. Es como si Emily Brontë hubiese cogido una azada, se hubiese mudado a los campos de Escocia y hubiese decidido contarte la historia de una muchacha que lo pierde todo… menos la capacidad de seguir adelante.
La protagonista, Chris Guthrie, es, cómo decirlo… la definición perfecta de contradicción humana. Tiene una cabeza llena de libros y un corazón lleno de tierra. Quiere escapar del campo, pero el campo la llama. Quiere ser libre, pero ama a su familia. Quiere ser ella misma, pero también le toca sobrevivir siendo lo que se espera de una mujer en su época (espóiler: no es mucho).
Un día odiabas la tierra y el habla vulgar de la gente y pensabas que aprender estaba muy bien, pero al otro te despertabas con las avefrías chillando por las colinas, chillando cada vez más dentro de tu corazón y con el olor de la tierra en la cara, y casi llorabas por tanta belleza y por el encanto de la tierra y el cielo escoceses.
¡Y ahí está todo! Chris, como muchos de nosotros, está atrapada entre la belleza y la pesadez del lugar al que pertenece. Chris es a la vez fuerte y vulnerable, soñadora y práctica, y su evolución a lo largo del relato es uno de los puntos más poderosos del libro. Y Gibbon no se anda con paños calientes. Si el romanticismo del campo escocés te parece idílico, prepárate para ver cómo esa misma tierra puede tragarse tus sueños a la misma velocidad con la que se traga a los bueyes en un día de lluvia.
Además, «Canción del ocaso» tiene una capacidad especial para mostrar la evolución emocional de Chris. Hay un momento en el que se da cuenta, de forma tan poética como dolorosa, de que ya no hay vuelta atrás:
Por un instante supo que estaba asustada y apenada por haberse hecho mujer, nunca volvería a soñar cosas sino que las viviría.
¿Quién no ha sentido eso alguna vez? Ese instante en el que dejas de ser un personaje de tu cuento y te das cuenta de que la vida no tiene narrador omnisciente ni arco de redención garantizado. Se acabó soñar: ahora toca vivir, y vivir duele.
Y luego llega la guerra, claro. Porque si algo faltaba en esta epopeya rural era una buena dosis de horror histórico. Algunos personajes, como el idealista Chae, aún se atreven a encontrar esperanza en el caos:
Y Chae juró que todavía creía que la guerra traería algo bueno […] Y Rob dijo: No le des vueltas, la gente corriente cuando no son ovejas son cerdos, Chae; tú eres la excepción, ya que eres una cabra.
Este momento es oro puro. Gibbon logra mezclar sarcasmo político y desencanto humano en una sola frase utilizando una analogía rural que se integra totalmente con la atmósfera del libro. Es una tragicomedia condensada en pocas líneas: la ingenuidad de creer que el sufrimiento colectivo generará un mundo mejor, y la amarga certeza de que, en realidad, los humanos tienden más a ser cerdos que revolucionarios.
Pero lo que más me marcó de «Canción del ocaso» fue la sensación constante de que todo se desvanece. No hay nada permanente, nada sólido. La alegría es efímera, el amor se evapora, los recuerdos se erosionan como las piedras bajo la lluvia. Solo permanece la tristeza… y la música. Como dice Chris:
La alegría y la bondad pasaban, se vivían y olvidaban, y era la Escocia de la niebla, la lluvia y el mar lloroso la que hacía las canciones…
Y sí, esta novela es una canción. Una canción escocesa: melancólica, rota, hermosa. Una canción que canta la tierra cuando nadie la escucha, una canción de ocaso. No hay fuegos artificiales aquí, pero sí una llama lenta que te acompaña mucho después de cerrar el libro.
En resumen, «Canción del ocaso» es de esas novelas que parecen hablar solo de campos y vacas al principio, pero que acaban contándote la historia de tu alma. Te desafía a no llorar, a no reír con amargura, a no mirar tu propia vida con nuevos ojos. Y si al acabarla no sientes que tienes un poquito de barro escocés en el corazón… probablemente no la leíste con el alma abierta.
Más allá de su belleza literaria, «Canción del ocaso» es también una crítica velada a la rigidez de las estructuras sociales y al efecto devastador de la guerra sobre las comunidades rurales. La nostalgia por un mundo que desaparece, la melancolía por lo que pudo haber sido y la resiliencia ante la pérdida son temas constantes a lo largo de la obra.
¿Recomendarla? Sí. ¿A cualquiera? No. Solo a los que no temen ensuciarse un poco el alma.