«Todas las almas», Javier Marías

Puntuación: 3.5 de 5.

La fidelidad (lo que así se llama para referirse a la constancia y exclusividad con que un determinado sexo penetra o es penetrado por otro igualmente determinado, o se abstiene de ser penetrado o penetrar en otros) es producto de la costumbre principalmente…

Todas las almas, Javier Marías

Una ópera del tedio emocional, o cómo enamorarse mientras uno canta con peluca blanca

I. Oxford, esa novela que no parece una novela

¿Se puede escribir una novela donde prácticamente no pasa nada, los personajes desaparecen sin despedirse y el narrador parece más interesado en hablar de libros, recuerdos y obsesiones personales que en ofrecernos una trama?

Sí, si te llamas Javier Marías, y no sólo puedes, sino que haces de eso una obra brillante, melancólica y absurdamente entretenida para quienes disfrutan de las buenas digresiones, las frases larguísimas y las ironías discretas.

«Todas las almas» es la crónica —o la antinovela, si queremos ponernos snobs— de un profesor español en Oxford que pasa dos años enseñando (aunque eso apenas se menciona), leyendo libros raros, observando a los ingleses con una mezcla de fascinación y desdén, y, sobre todo, recordando.

La acción principal, si es que puede llamarse así, se reduce a un par de cenas, un affaire con una mujer casada, paseos entre tumbas victorianas y muchas, muchas vueltas por la cabeza del narrador. No parece gran cosa, y sin embargo, Marías convierte esa nada en literatura.

II. Trama: ¿Dónde está el argumento y por qué no lo he visto?

Decir que «Todas las almas» tiene una «trama» es como decir que Pessoa escribía novelas de acción. La historia es la excusa, o mejor dicho, el decorado de una reflexión mucho más amplia y ambiciosa sobre la memoria, el deseo, el paso del tiempo, la soledad y la literatura.

El narrador (que nunca se nombra, aunque sospechosamente se parece a Marías) llega a Oxford para ejercer de lector en la universidad. Allí se ve envuelto en una relación secreta con Clare Bayes, una mujer elegante y reservada que es, por decirlo suavemente, un enigma con abrigo.

Pero el romance —si puede llamarse así a un encuentro semanal que ocurre más en la mente del protagonista que en las sábanas— acaba y se disuelve con la misma facilidad con que empezó, dejando al narrador entregado a lo que realmente le interesa: recordar y fabular.

Hay una subtrama peculiar que merece mención: la obsesión del narrador con John Gawsworth, un poeta menor, olvidado, excéntrico, que sirve como símbolo de lo que nos espera a todos: la desaparición progresiva de nuestra relevancia. Una metáfora discreta pero demoledora.


III. Estilo: El arte de la digresión (y de escribir una frase de dos páginas sin perder el hilo)

Leer a Marías es como escuchar a alguien muy inteligente que no tiene ninguna prisa en llegar al punto, si es que hay uno. Su estilo es hipnótico, serpenteante, elegante y maravillosamente irritante para quienes buscan acción o diálogos ágiles. Aquí las frases se alargan, se desdoblan, retroceden, y al final —milagrosamente— caen de pie.

El narrador va de una anécdota trivial a una observación aguda sobre la muerte, la infancia o la inutilidad del amor, y lo hace con una prosa que a veces parece un susurro conspirador y otras veces un monólogo shakespeariano con ironía de sobremesa.

Un ejemplo perfecto de su tono lo encontramos en frases como:

Nuestra misión no es durar mucho, no persistir, no permanecer, porque si duramos un poco más de lo debido entonces se acaba la gracia y empiezan los sufrimientos y vienen tragedias. Tragedias imbéciles, tragedias evitables, tragedias buscadas.

¿Quién necesita una historia cuando puedes leer cosas así y asentir en silencio mientras el café se enfría?

IV. Temas: El tiempo, los muertos, y lo molesto que es el amor cuando ya ha pasado

Uno de los grandes placeres de «Todas las almas» es cómo Marías aborda temas universales desde lo más particular, desde lo cotidiano, sin necesidad de ponerse solemne.

La infancia, por ejemplo, es vista como un momento en que el mundo tenía sentido, densidad y sustancia. Como dice en una de sus frases más citadas:

Es durante la infancia cuando más instalado se está en el mundo, cuando el mundo es más mundo, y el tiempo tiene mayor sustancia, y los muertos aún no se han convertido en la mitad de la vida.

Y el amor… ¡ay, el amor! Aquí no es una aventura romántica sino una molestia emocional de la que uno se va deshaciendo con resignación. El narrador reflexiona con lucidez y veneno sobre los celos retrospectivos:

Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquéllos. Mucho más que las desafecciones, aunque éstas estén muy presentes y vivas y sean un engorro para lo práctico.

En resumen: el pasado molesta, el presente desconcierta, y el futuro… bueno, el futuro probablemente consista en ser olvidado, como John Gawsworth.

V. Personajes: sombras que piensan (y desaparecen)

Los personajes en esta novela no evolucionan, ni estallan, ni cambian. Más bien, se desvanecen con estilo. Clare Bayes, la amante elegante, es una esfinge: sabemos poco de ella y se va sin grandes despedidas. Toby Rylands, un viejo excéntrico, parece un personaje secundario, pero termina robándose las mejores páginas con su sabiduría desganada y su colección de rarezas. El propio narrador es el protagonista más pasivo de la literatura española: observa, recuerda, juzga en silencio y se pasea por Oxford como un fantasma en vida.

Pero ése es el punto: aquí los personajes no están para actuar, sino para ser contemplados, como figuras en una pintura de Edward Hopper bajo una niebla británica muy literaria.

VI. ¿Y entonces qué es esta novela?

Pues es un libro que:

  • No tiene trama, pero engancha.
  • No tiene grandes escenas, pero está lleno de momentos inolvidables.
  • No tiene personajes redondos, pero sí pensamientos afilados.
  • No da respuestas, pero te deja lleno de preguntas.

En definitiva, «Todas las almas» es una novela sobre el recuerdo y el olvido, la fugacidad de los vínculos humanos y la certidumbre de que todo lo que parece durar se desvanece al final, incluso nosotros.

Puede parecer triste, pero Marías lo cuenta con tanto humor seco, tanta ironía y tanta belleza que, por momentos, uno se siente agradecido de haber leído un libro donde no pasa casi nada… excepto la vida misma.

VII. Veredicto final

¿Es para ti? Sí, si te gustan las novelas que piensan más de lo que actúan, o si disfrutas de la ironía fina y la prosa exquisita, o si te emociona una frase bien escrita más que una batalla épica.

Sin embargo, si necesitas que haya un clímax, una trama clara, o diálogos vivos, este no es tu libro.

VIII. Cierre

Con «Todas las almas», Javier Marías construyó un universo entero a partir de casi nada. Es una novela que no parece una novela, pero que, una vez leída, deja algo flotando: una voz, una atmósfera, un pensamiento que se repite mientras uno camina solo bajo la lluvia, como si hubiera estado en Oxford alguna vez, aunque no haya salido del sofá.