«Sobre los huesos de los muertos», Olga Tokarczuk

Puntuación: 3.5 de 5.

Los niños siempre me han atraído más que los adultos, porque yo también soy un poco infantil. No hay nada de malo en ello. Lo bueno es que lo reconozco. Los niños son dúctiles y tiernos, abiertos y sencillos. Y no hablan de banalidades, como ocurre la mayor parte del tiempo con los adultos.

Sobre los huesos de los muertos, Olga Tokarczuk

Voy a empezar esta reseña con una confesión algo temeraria: «Sobre los huesos de los muertos» ha sido mi primera novela de Olga Tokarczuk. Y sí, lo digo con ese tono entre la curiosidad del principiante y la cautela del que no quiere ofender al comité del Nobel ni a los fans de la autora que —seguramente— están ahora mismo preparando una ceremonia de desagravio literario por lo que viene a continuación.

La verdad es que no sabía muy bien qué esperar. Tokarczuk tiene ese halo de escritora-maga-filosofa que tanto se alaba en entrevistas de suplemento cultural, y yo llegaba a esta novela como quien entra por primera vez en una tienda esotérica: con la esperanza de encontrar sabiduría ancestral… pero también con la sospecha de que igual acabo pagando caro un saquito de sal con olor a incienso.

Y lo cierto es que me ha gustado. Pero —y aquí viene el giro— también me ha decepcionado un poco. No me malinterpreten: la historia es interesante, la prosa es muy buena (y a veces brillante), y hay momentos realmente memorables. Pero no encontré ese «clic», esa chispa única, esa gravedad extra que uno, quizás ingenuamente, espera encontrar en cada párrafo de una Nobel. O sea, sí, hay calidad… pero ¿dónde está la revelación? ¿Dónde está ese destello que te obliga a mirar al vacío y susurrar «ah, claro… así es la vida»? Espóiler: en mi caso, no apareció. O al menos no con la intensidad que me habían prometido.

La protagonista, Janina Duszejko, es el alma de esta novela y probablemente su mejor hallazgo. Una señora mayor, excéntrica, astróloga, amante de los animales, y enemiga pública número uno de los cazadores del pueblo. Vive en una aldea remota de Polonia, rodeada de niebla, nieve y machirulos armados. Cuando empiezan a aparecer cadáveres de algunos de estos personajes tan entrañables (léase con ironía helada), ella desarrolla una teoría un tanto… peculiar: los animales podrían estar vengándose. A partir de ahí, todo se convierte en una mezcla entre novela negra ecológica, monólogo existencial, y fábula vegana con tintes esotéricos.

Hay momentos deliciosos, como cuando dice:

Es precisamente al anochecer cuando suceden las cosas más interesantes, porque entonces se borran las diferencias simples. Yo podría vivir en un crepúsculo eterno.

Y uno piensa: «sí, yo también podría». Al menos en el crepúsculo literario que Tokarczuk describe con tanta sensibilidad. Pero también hay otros momentos en los que me sentí un poco arrastrado por reflexiones demasiado alargadas o teorías que no me acababan de importar tanto como a Janina.

Una de las cosas que más me hizo sonreír (o más bien arquear una ceja) fue encontrarme con esta joyita sobre la ironía:

Ése es uno de los rasgos que más detesto de la gente: la ironía helada. Ella revela una actitud muy cobarde […] La ironía es la principal arma de Urizén. La armadura de la impotencia.

Ahí, en ese párrafo, sentí que Tokarczuk me estaba mirando fijamente desde la página. Como si supiera que yo —pobre lector postmoderno, sarcástico y adicto a los gifs— me resguardo en la ironía para no implicarme demasiado. Y es posible que tenga razón. Pero también es posible que el libro abuse de lo contrario: de una pasión tan intensa por ciertas causas que a veces se vuelve… extenuante. Quiero decir: admiro el activismo, pero en la ficción prefiero que me seduzcan con sutileza, no que me golpeen con un cartel que diga «LOS ANIMALES TIENEN DERECHOS, ¿ES QUE NO LO VES?».

También subrayé esta frase:

Aquella pregunta fue tan repentina que me dejé llevar por los recuerdos. Estos desfilaron ante mis ojos y, como suele pasar con los recuerdos, todos ellos parecían ser mejor, más bonito, más feliz que en la realidad.

Y ahí Tokarczuk me ganó. Porque eso sí que es universal. Todos tenemos ese desfile de recuerdos maquillados que vuelve una y otra vez como si la memoria fuera una directora de arte obsesionada con la nostalgia.

Entonces, ¿qué me pasa con «Sobre los huesos de los muertos»? Pues que es un buen libro, sí. Que tiene momentos hermosos, reflexiones poderosas y una protagonista que no se parece a ninguna otra. Pero también creo que, si no me hubieran dicho que la autora tiene un Nobel, lo habría leído con expectativas más razonables, y seguramente habría salido más contento. En cambio, con el aura Nobel encima, no pude evitar buscar ese «algo más» que, para mí, no apareció del todo.

¿Volveré a leer a Tokarczuk? Sí, seguramente. No es una ruptura, es solo una primera cita que no fue tan mágica como esperaba. Tal vez su «Los errantes» me lleve por caminos más emocionantes. Pero por ahora, me bajo del bosque, sacudo la nieve de mis botas, y sigo buscando ese libro que me deje realmente patas arriba.