«El hombre sentimental», Javier Marías

Puntuación: 4 de 5.

Pensaba tanto por entonces que llegué a estar harto de mí mismo. Era, además, un pensamiento irreflexivo, no guiado, fluctuante, sin meta ni punto de arranque, insoportable; y hacía ya algún tiempo que me resultaba totalmente insoportable — y este es no solo un rasgo más, sino el que caracteriza principalmente a los pesimistas: no soportar lo que es irremediable

El hombre sentimental, Javier Marías

Una ópera del tedio emocional, o cómo enamorarse mientras uno canta con peluca blanca

I. ¿Qué me he leído? ¿Y por qué me ha gustado tanto?

«El hombre sentimental» no es una novela, es un estado mental. Si crees que el amor es acción, chispa, aventura y pasión desatada, Javier Marías te toma del brazo, te sienta en una butaca de terciopelo polvoriento, baja las luces, y te dice: «escucha cómo duele recordar». No se lo digan a nadie, pero disfruté muchísimo esta novela. No porque pase gran cosa (no pasa), sino porque Marías hace que pensar —rumiar, imaginar, sufrir por anticipado y arrepentirse retroactivamente— sea más emocionante que cualquier persecución en coche.

La novela, publicada en 1986, consolidó a Marías como un autor de culto, de esos que amas o abandonas en la página 20. Para los que se quedan: enhorabuena, sois parte de un club de masoquistas emocionales con buen gusto literario.

II. Argumento (o lo que se puede contar sin estropear la niebla narrativa)

El narrador —que no tiene nombre, porque así de discreto y evasivo es— es un cantante de ópera español que rememora un amorío tan fugaz como trascendente con Natalia Manur, una mujer bellísima, elegante y (por supuesto) casada con un hombre influyente y enigmático. El narrador nos relata desde París, años después de los hechos, lo que vivió en Milán, donde conoció a Natalia y al «matrimonio» (con mayúsculas debería escribirse, casi como entidad mitológica).

Y sí, cito aquí la brillante observación del narrador:

Tratar con un matrimonio es como tratar con una sola persona contradictoria y desmemoriada.

¿Puede decirse algo más acertado? En esta novela, los vínculos humanos son difusos, maleables y, sobre todo, desesperantes. Nada es lo que parece, ni siquiera lo que uno siente. Y eso, por cierto, lo sabe muy bien nuestro protagonista: que cree estar enamorado, pero también cree que quizá no.

III. Estilo narrativo: Marías en estado puro (o el arte de divagar con elegancia)

Leer a Marías es como oír a alguien que lleva hablando solo toda la tarde y de pronto te incluye en su monólogo. Hay algo hipnótico en sus frases larguísimas, llenas de comas, incisos, retrocesos, giros especulativos. Y tú, como lector cómplice, vas asintiendo y dejándote arrastrar por ese flujo de conciencia elegante, obsesivo, deliciosamente neurótico.

La novela no tiene capítulos, sino una estructura en bloques continuos, como si lo que estuvieras leyendo fuera una ópera mental sin intermedio: la voz del protagonista canta, piensa, recuerda, se interrumpe, y sigue. Y tú ahí, atrapado, preguntándote si esta introspección interminable sobre un amor breve no es, en el fondo, el retrato perfecto de cualquier amor real.

IV. Temas: el amor, la memoria, la culpa, la incomunicación… lo de siempre, pero mejor contado

Aquí no hay acción, sino retrospección. El narrador no nos cuenta lo que hizo, sino lo que pensó mientras lo hacía, y lo que pensó después de haberlo pensado. Una matrioshka de pensamientos.

El amor es uno de los ejes centrales, pero es un amor enfermizo, más literario que carnal. El narrador no parece conocer realmente a Natalia, sino una versión idealizada de ella. Se enamora del aura, no de la persona. Y eso le tortura (¡cómo no!).

También hay mucho de soledad, de extranjería. El narrador vive en ciudades que no lo acogen, y eso lo amarga de forma deliciosa. Véase su queja existencial al caminar por Madrid:

Me exasperaba no poder confundirme con la población local más que en lo puramente físico y accesorio […] Me irritaba no ser uno de ellos; me irritaba no poder compartir sus almas.

Esa angustia por no pertenecer, por ser siempre un observador invisible, se extiende a todas sus relaciones. Ni Natalia, ni el marido de Natalia, ni sus amigos, ni siquiera las ciudades lo acogen. Él está siempre a punto de estar en el mundo, pero sin conseguirlo. Y claro, uno se pone a escribir novelas cuando no encuentra dónde meterse.

V. Personajes: sombras bien vestidas

El narrador, como ya hemos dicho, es un cantante de ópera. Lo cual, más que una profesión, es casi una alegoría: interpreta emociones en escenarios, se disfraza, canta en lenguas ajenas… Todo encaja con su carácter elusivo. ¿Es sincero? ¿Nos manipula? ¿Se manipula a sí mismo?

Natalia, la mujer fatal con corazón melancólico, es a la vez real y espectral. Parece querer, pero también huye. Parece pertenecer al narrador, pero siempre vuelve a su marido. ¿Por amor? ¿Por dependencia? ¿Por seguridad? Nunca lo sabremos del todo.

El marido de Natalia, Dato, es frío, elegante y algo siniestro, como un mafioso venido a menos con aura de coleccionista de porcelana. Es fascinante precisamente porque no hace gran cosa, pero uno no puede evitar sentir que es peligroso incluso cuando está sentado. Es uno de esos personajes que Marías dibuja con pocos trazos, pero que se clavan en la memoria.

VI. Madrid y Milán: ciudades como estados de ánimo

Marías no sólo disecciona personas; también ciudades. Madrid aparece descrita con una crueldad tan precisa que uno no puede evitar reírse… y asentir:

Madrid (…) parece tener prisa por decirlo todo, como si fuera consciente de que su sola posibilidad de conquistar al viajero reside en el aturdimiento y la vehemencia sin freno.

La ciudad es, según el narrador, ruidosa, chabacana, sin misterio. Y eso es un drama para alguien que vive mejor en lo no dicho que en lo evidente. Madrid no se puede idealizar, y por eso lo repele. En cambio, Milán es la ciudad de la música, del amor prohibido, del pasado brillante. Es, digamos, la ciudad de los sentimientos (aunque también algo rancia, como buena ciudad italiana de ópera).

VII. Premios y reconocimiento: porque hasta los existencialistas necesitan medallas

Aunque «El hombre sentimental» no sea el tipo de novela que grita para llamar la atención (más bien suspira en un rincón con mirada nostálgica), lo cierto es que no pasó desapercibida. Fue la obra que catapultó a Javier Marías al olimpo de la literatura seria-seria, esa donde los personajes apenas actúan pero piensan tanto que casi queman el papel.

En 1986, la novela ganó el prestigioso Premio Herralde de Novela, lo cual no es poca cosa: es como que te den una copa de vino carísimo y te digan «brinda, que has entrado en el club de los escritores que importan». Y no se quedó ahí: catorce años más tarde, en el 2000, «El hombre sentimental» recibió el Premio Internazionale Ennio Flaiano de Novela, uno de esos galardones que suenan a ópera italiana y que probablemente harían muy feliz al protagonista de la novela, tan fan de Italia y sus aires decadentes.

Así que sí: por mucho que Javier Marías cultivara la imagen del escritor al margen, ajeno a los focos, lo cierto es que los premios lo perseguían igual que los pensamientos persiguen a su narrador: sin descanso y sin posibilidad de escape.

VIII. Conclusión: ¿vale la pena leer «El hombre sentimental»?

Depende. Si buscas una novela de acción, huye. Si necesitas personajes que evolucionen de forma clara, cambia de estantería. Pero si te gustan las novelas que diseccionan el alma como un cirujano japonés con bisturí emocional; si gozas con frases largas que serpentean como pensamientos reales; si te gusta más el eco de una emoción que la emoción misma… entonces «El hombre sentimental» es para ti.

Es una novela sobre lo que no se dice, sobre lo que se imagina más que lo que se vive. Y sobre cómo el amor, cuando se recuerda, es mucho más interesante (y soportable) que cuando se sufre en tiempo real.