Anagrama | Ángel Luis Hernández | 1988 | 204 págs.
#Narrativa #Japón #1986
Aunque un hombre trabaje y se entregue a un lugar determinado, al final lo que desea es volver al lugar que le vio nacer.
Pálida luz en las colinas, Kazuo Ishiguro
Empecemos con una advertencia: si lo que buscas es una novela con respuestas claras, emociones bien etiquetadas y tramas que van del punto A al B sin salirse del camino… bueno, será mejor que te compres otro libro. Uno con dragones, asesinatos o, en su defecto, una guía de autoayuda que no te mire con desaprobación desde la mesita de noche. Porque «Pálida luz en las colinas», la primera novela de Kazuo Ishiguro (sí, ese Ishiguro, el del Nobel y el de «Los restos del día»), es más bien una niebla en la que uno se adentra con una linterna rota y la sospecha de que alguien ha cambiado las señales del camino.
La narradora, Etsuko, vive en Inglaterra, en una casa probablemente muy ordenada y muy silenciosa (como casi todo en este libro), y acaba de perder a su hija mayor, Keiko, que se ha suicidado. A partir de ahí, y sin previo aviso, Etsuko empieza a recordar un verano vivido décadas atrás en Nagasaki, después de la Segunda Guerra Mundial. Pero estos recuerdos no son precisamente un álbum de fotos familiares. Son más bien como mirar diapositivas antiguas a través del humo de una fogata emocional: todo está allí… pero no del todo.
En esa Nagasaki posbélica aparece Sachiko, una mujer solitaria con una hija, Mariko, que es entre extraña y francamente inquietante (vamos, como sacada de una peli de terror japonesa, pero sin los efectos especiales). Sachiko dice que va a irse a América con un hombre misterioso que quizá existe y quizá le ha prometido matrimonio, estabilidad y lavadoras automáticas. O no. Ishiguro nunca confirma nada. Porque claro, la memoria —como bien dice Etsuko— es una cosa delicada:
Ya sé que no se puede confiar del todo en los recuerdos. A menudo las circunstancias en que los rememoramos los tiñen de matices diferentes…
Y ahí está la trampa, y también la maestría. Nada de lo que Etsuko recuerda parece 100% fiable, y uno empieza a sospechar que Sachiko y Etsuko no son tan distintas. ¿O tal vez son la misma persona? ¿Tal vez todo es una especie de representación teatral para no enfrentarse a la culpa? O más bien, ¿he perdido el hilo y necesito un café con leche calentito para pensar con claridad?
La novela está plagada de escenas aparentemente triviales pero cargadas de simbolismo. Como una estatua medio derretida que representa a un dios griego musculoso con los ojos cerrados en oración, señalando al cielo (donde cayó la bomba atómica) y espantando las fuerzas del mal con la otra mano.
La estatua parecía un dios griego musculoso… Tenía los ojos cerrados en oración.
Sí, la metáfora no se molesta en disimular: destrucción, fe ciega y el gesto inútil de espantar lo inespantable.
En medio de todo esto, aparece también una especie de reflexión sobre la maternidad. Etsuko intenta convencerse (¿o convencernos?) de que lo importante para criar a un hijo no es tanto el entorno como, atención, la actitud.
Lo que importa es la actitud. Materialmente, una madre puede darle a su hijo todo lo que le haga falta, pero lo que necesita para criarlo es tener una actitud positiva.
Claro, porque nada hay mejor que tener «actitud positiva» para criar a tu hija en un país extranjero donde todo le resulta hostil, y luego no hablar del tema jamás.
Y no olvidemos el ajedrez. Porque sí, incluso hay tiempo para hablar de ajedrez, como si los personajes estuvieran tratando de encontrar sentido a sus vidas moviendo torres y alfiles mientras todo a su alrededor se derrumba.
El ajedrez sólo consiste en mantener jugadas coherentes… hay que poner en funcionamiento el siguiente plan.
Una frase que es casi un resumen de la novela: no importa si tu vida (o tu memoria) ha quedado hecha pedazos, lo importante es que parezca que tienes un plan. Aunque lo estés improvisando sobre la marcha
En definitiva, «Pálida luz en las colinas» no es un libro para todos los públicos. Hay que leerlo con paciencia, sin buscar certezas, y aceptando que lo más importante no es lo que se dice, sino lo que se calla. Es como sentarse frente a un lago al amanecer y escuchar a alguien contar una historia en susurros, con largos silencios entre frase y frase. Cuando terminas, no sabes muy bien qué ha pasado, pero sientes que algo dentro de ti se ha movido. Lentamente. Como una colina pálida que cambia de forma según la luz.
¿Recomendaría leerlo? Si te gusta que un libro te acaricie con guantes de terciopelo mientras te clava un puñal existencial por la espalda, entonces sí. Y si no, al menos puedes usarlo como ejemplo perfecto de cómo lo implícito puede ser más potente que mil confesiones.
Ishiguro ya empezaba aquí a demostrar que la literatura no siempre está para resolver misterios… a veces solo está para hacer que mires los tuyos con otra cara. Y si esa cara es una mezcla de melancolía, ironía y una pizca de «¿pero qué acabo de leer?», entonces enhorabuena: entraste en su mundo.