Siruela | Celia Montolío | 2020 | 468 págs.
#Narrativa #ReinoUnido #1991
Por mucho que queramos a otras personas, no podemos convertirnos en ellas. La gente solo hace lo que puede. Quizá sea más de lo que podríamos hacer nosotras, quizá menos, pero las más de las veces será diferente.
Tiempo de espera, Elizabeth Jane Howard
Cómo sobrevivir a la guerra sin moverse del salón
I. La guerra según los Cazalet (y Howard)
Leer «Tiempo de espera», la segunda entrega de la saga Crónica de los Cazalet, es como colarse por una rendija en la mansión familiar de una familia inglesa de clase acomodada… y quedarse allí atrapado durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, ojo, no en el frente, ni en Londres bajo las bombas, sino en el campo, donde los dramas no tienen que ver con fusiles ni trincheras, sino con los silencios, las cartas que no llegan, los deseos reprimidos y los matrimonios infelices que, como los árboles del jardín, no caen aunque estén podridos por dentro.
Elizabeth Jane Howard no escribió una novela histórica de guerra, sino una novela de gente viviendo la guerra, que es mucho más incómodo y, paradójicamente, mucho más apasionante. Y eso lo hace con una precisión quirúrgica, una ironía británica que ya quisiera Jane Austen en tiempos de crisis, y una sensibilidad que logra que incluso una conversación sobre mermelada se convierta en un momento existencial.
II. Estructura narrativa: la telaraña Cazalet
Howard estructura «Tiempo de espera» como una orquesta de voces: salta de personaje en personaje con agilidad y sin perder el hilo (cosa que tú, lector, harás varias veces, especialmente si te niegas a hacerte un esquema genealógico). La narrativa alterna puntos de vista con tanta fluidez que uno acaba sabiendo lo que piensan todos… menos lo que sienten, porque en este mundo la emoción explícita es de mala educación.
La novela no se construye a base de grandes giros, sino de microconflictos, de esos que ocurren en los pasillos, en el desayuno o en las cartas sin respuesta. El efecto acumulativo de estas escenas es devastador: cuando algo por fin sucede, duele el triple.
III. Los personajes: mujeres que se rebelan en voz baja (pero con efectos sísmicos)
Aquí es donde Howard brilla con más fuerza. En esta novela, los personajes evolucionan más por lo que no dicen que por lo que hacen. Louise, Polly y Clary —las chicas Cazalet— han dejado de ser niñas y están atrapadas en ese purgatorio emocional llamado «adolescencia en tiempos de guerra». Y aunque la casa familiar siga funcionando con tarta de frutas y sábanas bien planchadas, ellas empiezan a hacerse preguntas incómodas.
Clary, por ejemplo, reflexiona con una lucidez brutal:
¿Qué pienso de la guerra ahora que ya ha pasado un año y medio? Una parte de mí quiere estar en contra, y otra piensa que, ya que hay guerra, a las mujeres deberían dejarlas combatir igual que a los hombres…; me refiero a combatir de verdad, no solo encargarse de asuntos secretariales o domésticos vestidas de uniforme. A fin de cuentas, las mujeres están muriendo en bombardeos y no pueden contraatacar, así que no sirve de nada que los hombres sigan diciendo que la guerra es cosa de hombres.
El fragmento no tiene desperdicio: en un solo párrafo, Clary cuestiona el género, el rol social, la guerra y el absurdo del sistema. Todo mientras sigue atrapada en una casa donde no la dejan ni ir sola al pueblo.
La guerra aquí no es una épica masculina, sino una guerra doméstica, en la que las mujeres resisten desde las cocinas, las camas vacías, las cunas abandonadas, y los cuadernos íntimos donde escriben verdades demasiado peligrosas para decir en voz alta.
IV. Evolución psicológica: crecer o romperse
Los personajes no «maduran» de forma lineal, como en una novela de formación. Aquí los adultos están tan perdidos como los jóvenes. Los matrimonios hacen aguas. La represión sexual es una nube permanente sobre la casa. Y el deseo —sobre todo el deseo de otra vida, de otras posibilidades— es como una corriente subterránea: siempre a punto de estallar, siempre contenida por las buenas formas.
Hay momentos en que el peso de la conciencia —de la muerte, del tiempo, del sinsentido— se cuela con una fuerza poética inesperada. Como cuando un personaje, al sentir su propia mortalidad, se obsesiona con el clima:
Cuando comprendió o, mejor dicho, cuando pensó por primera vez que iba a morir, se había obsesionado con el clima, con las estaciones.
Es una frase que define muy bien el tono del libro: cuando ya no puedes controlar tu destino, miras al cielo a ver si al menos va a llover.
V. Temas: la espera, el silencio, el deseo… y las espuelas de caballero
«Tiempo de espera» trata sobre lo que su título sugiere: el tiempo en suspenso. Todo está congelado: los personajes esperan la paz, las cartas del frente, la muerte del padre, el nacimiento de un hijo, el final de una infidelidad, el momento de decir lo que llevan años callando.
El miedo, la ira contenida, el autoengaño y la conformidad son temas omnipresentes. En un momento especialmente intenso, Howard escribe:
El miedo, como una esquirla de hielo, la había atravesado, y lo disolvió en una oleada de ira candente y silenciosa: la falta de sinceridad, la condescendencia, cómo las detestaba.
Este tipo de observación aguda y casi cruel es lo que convierte a Howard en una autora prodigiosa: nunca romantiza a sus personajes, pero tampoco los juzga. Solo los deja vivir (o sobrevivir) en su ambigüedad.
VI. Estilo: ironía elegante con bisturí emocional
Howard escribe con una elegancia que no grita, pero que hiere. Su estilo es contenido, preciso, y está lleno de observaciones demoledoras que llegan sin que uno se dé cuenta. Si algo caracteriza su prosa es la mezcla de ternura y bisturí emocional: te enternece con una escena de familia y, en la siguiente frase, te lanza un dardo sobre la crueldad disfrazada de cortesía.
Hay también mucho humor —a veces negro, a veces involuntario— en la forma en que los personajes se aferran a las apariencias mientras todo se desmorona. Leer a Howard es como ver a alguien poner flores frescas sobre una casa en llamas.
VII. Conclusión: la guerra también se libra en los salones
«Tiempo de espera» no es una novela bélica. Es una novela de guerra sin bombas, pero con explosiones internas, con mujeres que se atreven a pensar por primera vez que el mundo no está bien así como está, y con adolescentes que empiezan a romper el cascarón del deber y la tradición.
Leerla es entrar en un universo donde el tiempo avanza como una gota de té sobre un mantel de lino. Pero qué maravilla de gota. Howard consigue que lo aparentemente banal —una conversación en la cocina, una carta no enviada, una flor que se marchita— revele las capas más profundas de una familia, de una sociedad y de nosotros mismos.
Si en el primer libro («Los años ligeros») nos enamoramos del escenario, en este segundo empezamos a sospechar que ese hermoso decorado esconde grietas. Y lo mejor es que aún queda mucho por descubrir.