Las afueras | 2020 | 144 págs.
#Western #Argentina #2016
Y nos contó que a él también le costó reconocerlo, no solo porque estaba más viejo, sino porque lo encontró achicado, como si sus batallas le hubieran consumido el cuerpo y lo hubieran dejado así, con el mero esqueleto envuelto en esa piel marchita. Y dice que al final lo reconoció donde se reconoce la gente: lo encontré en los ojos, dijo, los tiene gastados, pero al fondo de la mirada todavía se lo encuentra.
Como si existiese el perdón, Mariana Travacio
Hay libros que uno lee por placer, otros por costumbre, algunos por recomendación, y luego están esos que uno empieza a leer por curiosidad y termina abrazando en posición fetal, con la esperanza de que nadie le pregunte «¿Estás bien?» porque no, no lo estás. «Como si existiese el perdón», de Mariana Travacio, pertenece descaradamente a este último grupo. Una novela breve —pero letal— que entra en el lector como una espina invisible: molesta, punza, duele, pero uno no se la puede (ni quiere) sacar.
La historia es sencilla en apariencia: un hombre —de esos que no tienen nombre, pero sí una tonelada de pasado encima— vuelve a la casa donde creció, empujado por la noticia de que su padre está muriendo. ¿Y uno pensaría que esta es la clásica trama del reencuentro, el perdón, el cierre de heridas? Ja. Ingenuo tú. Este es un libro donde el perdón es tan esquivo como la paz interior en un día de trámites públicos. El título ya lo avisa: «como si existiese». Espóiler sin ser espóiler.
Un viaje hacia atrás (aunque parezca hacia adelante)
La novela tiene forma de viaje. Literal y emocional. El protagonista cabalga —sí, cabalga, como en el Viejo Oeste, porque acá no hay trenes ni GPS ni mapas sentimentales— hacia la casa paterna, mientras por dentro, y casi sin que se note, desanda su propia historia. Lo que se despliega en esas páginas no es tanto lo que ocurre fuera (poco y seco, como el paisaje), sino lo que se cuece dentro del narrador. El tiempo parece suspendido, los diálogos escasean, los recuerdos se superponen y la realidad es un eco del pasado que no termina de irse.
La estructura es fragmentaria pero no caótica. Travacio tiene un pulso narrativo afinadísimo: sabe cuándo cortar, cuándo callar, cuándo repetir una palabra para que te golpee como un mantra doloroso. No hay capítulos, apenas descansos entre bloques de texto, como si la respiración misma del personaje se volviera la puntuación de la novela. Esto no es casual: estamos ante un texto que se lee rápido pero se digiere lento. Como un licor fuerte: dulce de entrada, pero ardiente después.
Rencores que se arraciman
Los rencores se tejen lento y a veces se arraciman
Dice en un momento. Y uno entiende exactamente de qué habla. Porque en esta novela todo está tejido con hilo de resentimiento, de traición y de secretos familiares tan densos que uno agradecería no haberlos descubierto nunca. El protagonista arrastra consigo un pasado silenciado: una madre desaparecida, un padre que nunca lo fue del todo, una hermana —Luisa— que aparece como figura borrosa, pero dolorosamente presente, y una tía que hace las veces de madre sustituta, con más o menos éxito.
Y aquí un momento brillante del texto:
Me pedía siempre que la dibujara a ella. Pero yo le explicaba que no. No, Luisa, no puedo dibujarte. Solo dibujo el rencor.
Este diálogo no es solo bellísimo en lo poético, sino que encapsula la lógica emocional del personaje: él no está hecho para recordar lo bello, sino para trazar con tinta lo que duele. Y en ese trazo, el lector queda atrapado.
Casas, miedos y paredes enteras
En medio del horror —porque hay mucho— aparecen pequeñas islas de ternura o de consuelo. Una de las más memorables:
Cuando el miedo apretaba, me calmaba mirar esas paredes. Nunca había soñado con una casa tan entera.
Y de nuevo, uno se detiene. Porque en un mundo de relaciones rotas, de afectos incompletos, que alguien se calme mirando una casa entera tiene un peso simbólico gigante. En esta novela, la entereza no viene de las personas, sino de las paredes.
La prosa: pura orfebrería del dolor
Mariana Travacio escribe como quien afila cuchillos. Su lenguaje es minimalista pero preciso, cargado de imágenes que se quedan rebotando en la cabeza. No hay adornos innecesarios, ni frases grandilocuentes: todo está medido, cortado al ras, con una economía poética brutal. En algún momento uno se pregunta si la autora estudió literatura o anatomía humana, porque sabe exactamente dónde cortar para que duela más.
Y no todo es tragedia solemne: hay una ironía subterránea, una especie de humor seco y resignado que flota en algunas frases. No para reírse, claro, pero sí para entender que el dolor a veces se narra mejor cuando se lo mira de costado, con una ceja levantada.
El perdón que no llega (y quizás nunca tenga que llegar)
¿Hay evolución de los personajes? Sí, pero no esperes redenciones hollywoodenses. El protagonista se transforma, pero no para convertirse en alguien mejor, sino quizás en alguien que puede mirar el pasado sin que se le cierre la garganta. Y eso, en este universo, ya es un avance monumental.
Yo quería volver, pero desde que supe la historia de mis padres, quería volver con más ganas, como si el nudo que tenía en el estómago se transformara en viento y me soplara por dentro.
Ese «viento por dentro» es, posiblemente, lo más cerca que la novela nos deja del perdón. Y con eso hay que conformarse.
¿Vale la pena leerla?
Sí. Pero con advertencia. Este libro no es para leer en el subte, ni en la playa, ni como lectura ligera entre dos series de Netflix. Es un libro para sentarse a leer con respeto, con pausa, con una copa de vino y quizás una mantita, por si al terminar necesitás consuelo. No te va a abrazar: te va a decir la verdad.
Y aunque no haya perdón, hay belleza. Una belleza áspera, silenciosa, que te acompaña incluso cuando cerrás la tapa del libro y te quedás ahí, mirando al vacío, preguntándote cómo puede doler tanto una historia tan breve.